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Cuaderno de Arsuaga

LOS OSOS DE LA SIERRA DE LA DEMANDA Miércoles 30 de Abril, 2008 Por Juan Luis Arsuaga
(Nota: La imagen que ilustra el texto se puede ver y descargar en http://www.atapuerca.tv/imagenes/otros)

Se le atribuye a Estrabón, un griego de la época de Jesús, el dicho de que una ardilla podía atravesar la Península Ibérica sin bajarse del árbol: tan continuo era el bosque en la época de los romanos. ¿Pero de verdad era cierto lo que decía el gran escritor clásico? La respuesta es ambigua: si y no, o mejor, según qué ruta tomara la ardilla. Desde que se cultivan los campos ibéricos y se pastorean ganados, es decir, desde la llegada del Neolítico, el paisaje se ha ido transformando, y las selvas se han ido aclarando, sobre todo en las tierras llanas. Los pueblos prerromanos de la Meseta, que estaban en la Edad del Hierro, ya habrían hecho retroceder el bosque en una gran extensión. Sus campos producían mucho grano, que despertaba la codicia de los pueblos, más pobres en producción agrícola, del norte peninsular, que frecuentemente bajaban a la Meseta a robarles. Los romanos tomaron cartas en el asunto para poner fin a esas incursiones.

El Paleolítico terminó con la fusión de los hielos, cuando acabó la última glaciación, hace unos 10.000 años. Era tan áspero el clima en la Edad del Hielo, por seco y por frío, que los bosques estarían reducidos a los rincones más cálidos y próximos al mar, en las solanas de las faldas de montañas, o en los valles más profundos y abrigados. El resto del territorio, incluyendo gran parte de la Meseta, sería una estepa, o un monte muy abierto. Esos eran los tiempos de la época llamada en geología Pleistoceno. Luego, el clima mejoró y entramos en el cálido Holoceno, la época actual, en el que el bosque recuperó el terreno perdido a causa de la última glaciación. Durante unos miles de años, según las regiones, los humanos siguieron cazando y recolectando. También hacían mucho aprovechamiento de los recursos de la costa, sobre todo del marisco, los pueblos que vivían cerca del mar. Este periodo se conoce en Prehistoria como Epipaleolítico o Mesolítico, que fue el que dio paso al Neolítico. Los primeros agricultores y ganaderos del mediterráneo ibérico tienen más de 7.000 años.

Después del Neolítico vienen en Prehistoria las Edades de los Metales, que comienzan con el Eneolítico o Edad del Cobre, y siguen con la Edad del Bronce y la del Hierro. A pesar del impacto humano sobre los ecosistemas, algunas especies de la llamada gran fauna paleolítica sobrevivieron un tiempo, como los uros y los caballos salvajes. El uro es el antepasado salvaje del toro, y Julio Cesar lo conoció en las Galias. Las fuentes romanas hablan de caballos salvajes en España, y de su caza. De los últimos bisontes no hay noticias.

El castor, que nos parece tan exótico, siguió nadando en las aguas del río Arlanzón hasta hace relativamente poco; en el yacimiento conocido como El Portalón, de la Cueva Mayor de Atapuerca, se han encontrado restos de la Edad del Bronce.

Los grandes félidos, los leones y los leopardos, y las hienas, se extinguieron en la Península Ibérica al final de la glaciación, o poco después, pero nos quedaron tres grandes depredadores: el lince, el lobo y el oso. El lince ibérico es un especialista en conejos, y su suerte es muy incierta; podría desaparecer en pocos años. El lince boreal, más grande y más fuerte, ha habitado quizás el norte de la Península hasta fechas muy recientes; hay datos de presencia de lince en las regiones cantábricas y en los Pirineos, pero no se sabe seguro de cuál de las dos especies. El lobo no es escaso al norte del Duero y ha extendido recientemente por el sur hasta el Sistema Central. Hay además un núcleo aislado en Sierra Morena. El oso pardo casi ha desaparecido de los Pirineos pero aún existen poblaciones en la Cordillera Cantábrica, sobre todo en Asturias. Precisamente el oso nos permite conocer la extensión de la masa forestal española en la Baja Edad Media.

Resulta que un rey castellano, Alfonso XI, escribió (o quizás sería mejor decir dirigió) un libro sobre caza, llamado El Libro de la Montería, un poco antes de que se cumpliera la mitad del siglo XIV. En él se hace un recuento de todos los montes en los que se hacían cacerías al ojeo, o sea, dando batidas, de jabalí y de oso. Para cada caso describe el lugar donde se situaba “la vocería”, que son los ojeadores, y “la armada”, o sea, los puestos de los monteros, en aquella época arqueros y sobre todo ballesteros.

El ilustre geólogo y prehistoriador Eduardo Hernández Pacheco situó los montes de caza descritos en El Libro de la Montería en un mapa, y observó que la distribución de los bosques era en aquel entonces más o menos la actual. No había, como ahora, bosques en las tierras llanas de las dos mesetas, ni en el valle del Gadalquivir, y por lo tanto no se organizaban en esos parajes monterías de jabalí ni de oso. A pesar de ello, y como decía o se le hace decir a Estrabón, una ardilla podría entonces sortear las grandes llanadas para llegar desde Pirineos hasta Cádiz. Hoy también lo podría hacer, o casi.

Podemos acudir a esa fuente tan detallada, El Libro de la Montería, para ver dónde había cazaderos, o sea, montes, por los alrededores de Atapuerca en el siglo XIV. La propia Sierra no aparece mencionada, pese a que hoy son abundantes el jabalí y el corzo en ella. Pero en San Juan de Ortega había un buen monte de jabalí, igual que ahora. Dice El Libro de la Montería en el capítulo “de los montes de tierra de Burgos et de Sant Millán de la Cogolla”: “La Mata de Sant Illan, que es cerca de Sant Johan de Ortega, es buen monte de puerco en ivierno, et aun en tiempo de los panes. Et es la vocería en el camino que va de Sant Johan de Ortega á Val de Fuentes, et es la armada en Val de Carros”. Toda la zona de los Montes de Oca era boscosa, y rica en jabalíes, pero no en osos. Remontando el río Arlanzón, más arriba del pueblo del mismo nombre, se citan montes de jabalí en la zona de Uzquiza, e incluso se menciona un Val de Osos, pero no se cazaban estas fieras por la época. En la cabecera del río, sí que se hacían monterías de osos en los tiempos de Alfonso XI: “El Haedo de sobre Pineda es buen monte de oso, et de puerco en verano. Et es la vocería desde el rio, camino arriba, que vá para Eglesia Pinta fast la sierra; et sierra ayuso fasta Sant Cristóbal del Foyo”. Y por otro lado había cazaderos de osos en los parajes del tramo alto del ferrocarril minero que atraviesa la Sierra de Atapuerca: “Rio Cabado es buen monte de oso”, “la Garganta Polvorosa de sobre Barbadiel de Herreros es buen monte de oso”, “Rio Puercos de Monte Rubio es buen monte de oso”. Una gran parte de la Sierra de la Demanda estaba pues cubierta de bosques, como ahora. Sólo falta el oso.


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