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Cuaderno de Arsuaga

LOS HADZA. LOS ÚLTIMOS CAZADORES Jueves 24 de Abril, 2008 Por Juan Luis Arsuaga. Publicado en Historia Natural, Nº 5, febrero 2004: 17-22
(Nota: La imagen que ilustra el texto se puede ver y descargar en http://www.atapuerca.tv/imagenes/otros)

“Tú fuiste el último que recibió una imagen prístina de los Tindiga. No reconocerías el paisaje o a la gente, puedes estar contento de no haber vuelto a visitar a tus amigos.
“Ahora hay una carretera que lleva a Mangola, donde se cultivan extensos campos. Al sur, y con permiso del gobierno, se corta el bosque, que los Iraku convierten en pastos para su ganado. En el tercio inferior del río Matete, casi hasta su desembocadura, se han instalado los Mangati (“Tatoga”), a los que el gobierno británico les ha dado permiso para quedarse en esta área. [...]

“Si se calcula en 500 en número de todos los desplazados, entonces, incluyendo a los Mangati, 1300 personas ocupan el hábitat de los Tindiga. [...]

“Lo que es peor para la existencia de los Tindiga es que sus mujeres ya no les pertenecen, porque las toman los inmigrantes. Y respecto de la vida silvestre, difícilmente verías un rinoceronte, que tan numerosos eran en tus tiempos. Los Mangati cazan el rinoceronte y el león porque, como sabes, necesitan ese trofeo de caza para poseer una mujer.

“En lugar de 5000 km2 de tierra para la caza y la recolección, a los Tindiga solo les quedan 2000 km2, así que se puede decir que la última hora de los Tindiga ya está llegando.”
Quien esto decía era un informante de Ludwig Kohl-larsen, en enero de 1956. A su vez, Ludwig Kohl-larsen era un antropólogo alemán que realizó dos expediciones a África, de 1934 a 1936 y de 1937 a 1939, en las que tuvo la oportunidad de conocer bien a los Tindiga.

Después de que Ludwig Kohl-larsen recibiera las tristes noticias de su informante (que a pesar de la terrible destrucción que anunciaban solo eran posteriores en unos pocos años a su última visita a África), escribió:
“Cuando oímos estas palabras supimos con certeza que el nombre Tindiga (Kindiga) o Hadzapi, como ellos se llaman a sí mismos, solo aparecerá en leyendas, contadas por los Mangati y los Iraku alrededor de los fuegos de campamento, y delante de sus chozas.”

Pero nosotros viajamos al lago Eyasi en octubre de 2003, y conocimos a los Hadza o Tindiga, que todavía cazan y recolectan allí, a pesar de que ahora son muchos miles las personas que ocupan sus antiguos territorios. Y su nombre aún se respeta entre los agricultores y ganaderos de la región. Cuando en Olduvai, muy al norte del lago Eyasi, una mujer Masai nos preguntó de quiénes eran los collares y pulseras que llevábamos, y respondimos que eran Hadza, la Masai hizo un gesto muy expresivo de rechazo, desplazándose hacia atrás, y con los brazos simuló el movimiento de un arco que se tensa y de una mortífera flecha que se dispara.

En el otoño pasado llevamos a cabo una pequeña excursión científica a Tanzania, que en nuestras románticas y soñadoras cabezas tenía el aroma de las grandes expediciones científicas de la época de la Ilustración. Al menos, se parecía en la composición del equipo. Los científicos éramos Milagros Algaba y yo, del Centro de Evolución y Comportamiento Humanos (UCM-ISCIII), y Santiago Castroviejo, del Jardín Botánico de Madrid. Viajaban también Javier Trueba y Daniel Vilar, con sus cámaras, ocupando el lugar de los ilustradores de las expediciones clásicas de naturalistas. Para que no faltara nada, el embajador de España en Tanzania, José María Castroviejo, nos allanó el camino y acompañó en la aventura. Y por si fuera poco, ¡hasta contábamos con un misionero!: Miguel Ángel, nuestro anfitrión en Mangola Chini, introductor e intérprete con los Hadza.

Hacía mucho tiempo que me interesaba por los Hadza, pero todo lo que conocía de ellos eran números. Prácticamente no quedan en nuestros días pueblos cazadores y recolectores, por lo que hemos perdido una oportunidad única de saber en qué consiste esa economía y ese estilo de vida. Para ellos ha sido mucho peor, claro. Ellos lo han perdido todo.

Desde siempre, en los estudios de prehistoria y evolución humana se prodigan las alusiones a los “primitivos modernos”, como se decía antes; o sea, a los pueblos que tienen una economía que no está basada en la producción del alimento, sino en la explotación de los recursos naturales. Los exploradores y viajeros, primero, y de una manera más rigurosa luego los etnógrafos han informado sobre la cultura de los últimos cazadores y recolectores, pero apenas se han hecho estudios sobre lo que podríamos llamar su biología. En relación con la prehistoria, estos trabajos de antropología social interesan sobre todo al arqueólogo, pero menos al paleoantropólogo. Con los bosquimanos del Kalahari, los Ache del Paraguay y los Hadza se ha llegado a tiempo, aunque por los pelos, de conocer detalles de su biología, y de ahí el interés de estos pueblos para un investigador de la evolución humana.

Un aspecto muy importante de una población es su demografía. Existe la creencia generalizada de que en la Prehistoria la gente no pasaba de los treinta años, o que los que llegaban a los treinta eran ya viejos. Precisamente nosotros veníamos de observar a los chimpancés del Parque Nacional del Gombe, en la orilla oriental del lago Tanganika, y allí habíamos visto en plena forma a la famosa Fifí, una hembra de 45 años (nacida en 1958). ¿Es que los chimpancés viven en plena naturaleza más que nuestros antepasados de Altamira o que los cazadores actuales? Eso es muy difícil de admitir porque nuestro desarrollo, una variable biológica, es más lento y más largo que el de los chimpancés.

Los datos estadísticos de los Hadza demuestran que el tópico sobre la brevedad de la vida en los “primitivos modernos”, como también en los hombres prehistóricos, carece de fundamento, y que la demografía concuerda con la biología: el 15% de la población tiene 5 años, la mitad tiene menos de 20 años, y las tres cuartas partes menos de 40 años, por lo que hay una cuarta parte de más de 40 años. Los de más de 60 años, que también los hay entre los Hadza, son una décima parte. Curiosamente, la estructura de la pirámide demográfica de los Hadza indica que la población no está en equilibrio, sino en crecimiento, recuperándose después de haber atravesado una crisis.

Esos eran los fríos números que yo sabía, pero en el grupo Hadza que visitamos tuvimos la fortuna de conocer a varias personas ancianas y escuchar el emocionante relato de sus vidas, que jamás olvidaremos. Cada una de esas biografías es una novela cargada de emoción, de aventuras y de sentimientos. ¡Una vida desarrollada en plena naturaleza, entre leones y búfalos! Hablamos largo rato con Dedé y con su marido Oja, ambos en torno a los 60 años. Le preguntamos a Oja si aún salía a cazar, y nos contestó que no, que ahora acompañaba a las mujeres en sus desplazamientos en torno al campamento. Por cierto, ambos lucían una espléndida dentadura. También conocimos a dos mujeres mayores que Dedé, una de unos 65 años y la otra de unos 70 años. Las dos conservaban la movilidad y se unían a las otras mujeres en la búsqueda de productos vegetales.

Entre los Hadza la mortalidad infantil, antes de los 5 años, es muy elevada, como en los demás pueblos de su economía ahora y en el pasado. La mortalidad desciende en los niños mayores y adolescentes y sube luego en los adultos, sobre todo a partir de los 40. Para compensar esa brutal mortalidad infantil las mujeres Hadza tienen en promedio 6,15 hijos.

Hay otro tema por el que los Hadza aparecen en los estudios de evolución humana y tiene que ver con la menopausia y la participación de las mujeres en la economía del grupo. A partir de los estudios en este pueblo se ha elaborado la famosa “hipótesis de la abuela”. Intentaré explicarla brevemente.

Resulta que la vida fértil de una hembra de chimpancé y de una mujer tiene una duración bastante parecida. Y por cierto, el número de hijos, y la separación entre ellos, también coincide en promedio, aunque por supuesto hay diferencias entre unos individuos y otros. Por poner un ejemplo de cada especie, Dedé había tenido diez hijos y Fifí, la chimpancé del Gombe, nueve, el último de los cuales (Furaha), cumplía un año, nació el año 2002. A Dedé le vivían la mitad de los descendientes. Fifí había tenido más suerte y sólo se le murió uno, pero es un caso excepcional entre los chimpancés (en una población demográficamente estable de cualquier especie, o sea, que no crece, cada hembra tiene en promedio dos descendientes reproductores).

Fifí es, como era su madre Flo (otra hembra famosa del Gombe, nacida hacia 1929 y muerta en 1972), una excelente progenitora, y también como Flo ocupa una alta posición jerárquica, lo que favorece, y mucho, el éxito reproductor. Fifí se las arreglaba muy bien en la selva, y su hija Furaha se cría estupendamente. Pero Fifí no vivirá muchos más años, y Furaha quedará huérfana pronto. Si eso ocurriera mientras aún necesita mamar, y la lactancia dura unos tres años, sus posibilidades de supervivencia son nulas. Si Fifí muere después del destete de Furaha, ésta podría ser adoptada y sobrevivir.

Pero el caso es que las mujeres pueden vivir, incluso en pueblos cazadores y recolectores como los Hadza, mucho más de 50 años, y no siguen teniendo hijos a partir de esa edad. Debido quizás a la lentitud del desarrollo humano, y para no dejar huérfanos desvalidos, es más rentable (en términos de genes) para las mujeres mayores no ejercer de madres, y renunciar a tener hijos (portadores de la mitad de sus genes); a cambio ejercen de abuelas, colaborando en la supervivencia de los hijos de sus hijas (con los que comparten la cuarta parte de sus genes).

Las mujeres Hadza son, como pudimos ver nosotros, muy activas en la búsqueda de alimento vegetal, que supone una aportación importante a la alimentación del grupo. Aquí tenemos, en la economía, otro tópico de la prehistoria abatido por los Hadza. La idea tradicional de que el protagonista de la Prehistoria es exclusivamente el hombre cazador, se desmorona ante la evidencia de que la mujer recolectora proporciona muchas calorías, y de un modo más regular que la caza. En particular, hay un tubérculo llamado ekwa que las mujeres desentierran con un palo de cavar y que tiene una enorme importancia económica.

Cuando estuvimos nosotros en el lago Eyasi terminaba la estación seca, y prácticamente los Hadza carecían de recursos vegetales. Vendrán las bayas y se hincharán las raíces y los tubérculos cuando lleguen las lluvias, nos decían. Pero las lluvias no llegaban y los Hadza pasaban mucha hambre, aunque sonreían todo el tiempo.

Otra cuestión que interesa mucho a un paleoantropólogo es la densidad de población humana entre los cazadores y recolectores. ¿Cuánta gente con esa economía soporta un ecosistema como la sabana del este del Lago Eyasi? Pues 0,3 Hadza/km2, unas 30 personas en 100 km2 (o sea, en un cuadrado de 10 km de lado).

No es poco lo que nos han enseñado los Hadza, pese a que ahora viven en un mundo amenazado. Pero siguen construyendo sus sencillísimas chozas al modo tradicional, y fabricando arcos y flechas y utilizándolos en la caza de las cada vez más escasas presas. Continúan haciendo fuego haciendo girar un palo sobre otro. Tienen nombres para todas las plantas y conocen sus usos. Y aún pintan en sus viejos santuarios. Aparentemente nada ha cambiado en su cultura material y espiritual desde los tiempos de Ludwig Kohl-larsen.

Por todo lo que nos han enseñado y lo que aún podemos aprender de ellos merecen protección y ayuda. Cuando estuvimos con los Hadza en el bosque nos dimos cuenta de que nosotros, los científicos, ¡sabemos tan poco de la naturaleza!

Pero sobre todo, se merecen todo nuestro respeto hacia su modo de vida y al hábitat que la hace posible porque conocen perfectamente nuestro estilo de vida (encendedores, relojes, móviles, cámaras digitales, ciudades coches, etc.)...y han decidido ser libres.


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