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Cuaderno de Arsuaga

ZAKOUMA: EL LATIDO DE ÁFRICA Jueves 10 de Abril, 2008 Por Juan Luis Arsuaga. Publicado en el número 16 del suplemento Natura de El Mundo, el 14 de Julio de 2007
(Dibujo: "Ferrik" de Gara, de Fernando Fueyo. Esta imagen se puede ver y descargar en la sección "Archivo de imágenes - Fernando Fueyo")

Esta mañana he estado en la Pedriza del Manzanares, cerca de Madrid, en la Sierra (así la conocemos aquí, como si fuera la única del mundo). Me gustan mucho sus perfiles, pero tanto o más me emocionan los nombres de sus relieves graníticos, palabras que parecen también hechas de piedra. Unas con sonidos redondos, como las formas que designan: tolmo, bola, canto, berrocal. Otras que le sugieren a mi imaginación superficies más planas: laja, lancha o llambria, que con sus dos letras iniciales, erizadas, ya me da idea de que se trata de una peña muy inclinada. La torre se yergue y el risco se dirige recto al cielo, pero elevándose por encima de todas las palabras y de todas las rocas están los canchos, las recias cúpulas del gran edificio montañoso, y El Yelmo es la más grande de todas. La Pedriza de Manzanares tiene gracias a sus pináculos (aquí los llaman “pinganillos”), que a mí me parecen minaretes, a sus lomos abovedados, a sus domos, y a la enorme giba que los domina a todos, un aire vagamente oriental.

Recorriendo sus castizas veredas, paradójicamente, he pensado mucho en Chad. Y es que allí, para mi sorpresa, he visto muchas Pedrizas como ésta del río Manzanares y he sentido con fuerza la llamada de Oriente en pleno centro de África. Porque ocurre que no se ven apenas “tipos orientales” en las calles de Damasco o de Alepo, pero la influencia árabe hace que en cada poblado y en cada aguadero de camellos del Chad aparezcan jinetes con lanza o espada, tocados con turbantes blancos al estilo sahariano y vestidos con largas camisolas que les llegan, por encima de los pantalones, hasta las rodillas. Si no fuera por el color negro de las pieles uno creería encontrarse en una escena de las Mil y Una Noches o ante un cuadro “orientalista” de Fortuny. Las mujeres, elegantes, esbeltas, se envuelven en jubilosas telas de colores que les cubren también la cabeza.

Y por si fuera poco, en el “ferrik” de Gara, el campamento de los nómadas rayano con el parque, el “harmatán”, el viento cargado de polvo del Sahara, difumina la escena y sumerge a los árabes negros en una atmósfera intemporal.

Todo empezó en una comida entre Juan José Cerrón, Fernando Fueyo y yo. Juanjo es el director de la FIDA, una fundación de la Comunidad de Madrid para la investigación y el desarrollo ambiental, y nos habló de Zakouma, un parque nacional del Chad que nos invitaba a visitar para darlo a conocer y fomentar el turismo. Y es que el responsable del parque es un español: Luis Arranz.

Fernando Fueyo es un gran pintor de la naturaleza y no me extiendo en elogios porque en estas páginas se pueden ver algunos de sus apuntes. Rápidos, vivaces, casi impresiones. Me gustaría que de pronto se transformara este periódico en un cuaderno de viajero en el que Fernando pone la luz.
Esta mañana diluviaba en la Pedriza de Manzanares y lo mismo puede estar pasando en las salvajes y desérticas pedrizas del Chad porque allí es temporada de lluvias. Pero cuando fuimos nosotros, entre marzo y abril, la estación seca se acercaba a su fin, y la tierra gritaba de pura sed. El agua se concentraba en unos pocos puntos, sobre todo en el cauce del río Salamat y en algunos pantanos, y allí se reunían la mayor parte de los herbívoros y de sus depredadores.

Las pedrizas del Chad son montes-isla, las ruinas que han quedado de la demolición a lo largo de muchísimo tiempo de las antiguas mesetas. Los grandes domos, los yelmos, que sobresalen en esos roquedos se van pelando, casi a ojos vista, como las capas de una cebolla, porque las grietas (las diaclasas) que los exfolian son curvas. En el centro queda enhiesto el gran cancho y a su alrededor se acumulan los bloques del berrocal como las ruinas de un gran monumento, sus sillares derribados.

En el camino a Zakouma, antes de llegar al parque, nos tropezamos con la primera de estas pedrizas en Ab Toujour, donde hay un gran pitón de granito veteado por los regueros blancos que dejan los buitres. El nombre del pueblo significa en árabe “el lugar de los pájaros”. Me pregunto si alguien habrá escalado esa buitrera tan vertical. A la dificultad técnica debe sumarse que la piedra arde.

Dentro de Zakouma solo hay un poblado, que se llama Bon, al pie de una gran pedriza con un enorme yelmo. Es el único asentamiento al que se le permitió permanecer dentro de los límites del parque, en atención a que sus habitantes creen en los dioses que moran en su montaña sagrada. Se dice de estos chadianos, ni cristianos ni musulmanes, que son animistas, pero yo prefiero expresarlo de otra manera: los espíritus y relatos en los que creen no caben en un solo libro.

En el límite del parque, otro pueblo llamado Ibir tiene también su cancho mítico. En estas pedrizas se refugiaban los aldeanos cuando venían los árabes a llevárselos como esclavos. Desde el yelmo de Ibir se contempla una sabana interminable salpicada de montes-isla.

Cuando llegan las lluvias, todo se inunda en Zakouma y el paisaje cambia por completo. El agua expulsa a los elefantes y a los grandes ungulados y los árboles y los pastos se regeneran, preparando el terreno para la siguiente estación seca. Y con ella llegarán, esperemos, nuevos visitantes humanos. Allí estarán solos, en un país que apenas a cambiado por la influencia del “hombre blanco”, y sentirán latir el corazón de África. No verán las caravanas de coches de los grandes parques nacionales de África oriental y del sur, sino las de los nómadas, que desfilan orgullos y ajenos, montados en sus camellos sobre sillas recamadas de blanquísimas conchas.

Verán, claro, al elefante, al búfalo, al león. Pero no se pierdan algunos personajes más sutiles, como los enjoyados abejarucos, el decidido martín pescador, el garboso secretario, y mi favorita: un águila negra y blanca, moñuda, fría, elegante y profesional como la misma muerte (Lophaetus occipitalis)... Saluden de mi parte a la herrumbrosa "Acacia seyal", a la "Acacia sieberana" de ramas amarillas, a los blancos "Anogeissus" de las riberas del Salamat, que tanto nos recordaban a los familiares chopos, a las "Kigelia" con sus flores colgantes y sus frutos como salchichones, a los grandes "Ficus", y a Luis Arranz. Vayan.


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