Atapuerca - Patrimonio de la humanidad

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Cuaderno de Arsuaga

NACE UNA VIEJA ESTRELLA Lunes 31 de Marzo, 2008 Por Juan Luis Arsuaga. Publicado en El País (30/3/2008)
(Nota: La imagen que ilustra el texto se puede ver y descargar en http://www.atapuerca.tv/imagenes/atapuerca)

“Tras cada hombre viviente se encuentran treinta fantasmas, pues tal es la proporción numérica con que los muertos superan a los vivos. Desde el alba de los tiempos, aproximadamente cien mil millones de seres humanos han transitado por el planeta Tierra.
“Y es en verdad un número interesante, pues por curiosa coincidencia hay aproximadamente cien mil millones de estrellas en nuestro universo local, la Vía Láctea. Así, por cada hombre que jamás ha vivido, luce una estrella en ese universo”.

Confieso que las palabras con las que comienza la novela “2001. Una Odisea Espacial” me emocionan cada vez que las leo. Ese prólogo lo firman el recientemente fallecido Arthur C. Clarke y Stanley Kubrick. Las primeras imágenes de la película de este último, con los homínidos y la música de Richard Strauss “Así habló Zaratustra” también me marcaron, como a toda una generación. Me pregunto si al verlas algo muy dentro de mí decidió que quería ser paleontólogo y explorar el pasado. No lo sé. Pero cada vez que descubro un fósil humano pienso en la estrella que brilla por él en la noche.

En el año 1994, la mayor parte de los prehistoriadores opinaba que la llegada del hombre a Europa no sobrepasaba mucho en antigüedad el medio millón de años. Estábamos excavando desde hacía años fósiles humanos en el yacimiento de la Sima de los Huesos, en la Sierra de Atapuerca, que tenían esa edad geológica. Un año antes, la revista Nature les había concedido los honores de la portada (y ese artículo fue clasificado más tarde entre los diez más importantes de la historia de esa publicación en relación con la evolución humana). Pero también se practicaba un sondeo en el cercano yacimiento de la Gran Dolina. Pensábamos que se podía encontrar en la base de la secuencia estratigráfica de la cueva las pruebas de que la colonización de Europa se había producido hace casi un millón de años. No recordábamos entonces la frase del Premio Nobel Niels Bohr: “Su teoría es insensata… más no lo bastante para ser verdadera”.

Aparecieron fósiles humanos de hace 800.000 o 900.000 años en el sondeo de la Gran Dolina, y se creó con ellos una nueva especie: "Homo antecessor". Esta especie fue discutida por otros y su antigüedad puesta en duda. Nada que objetar. Nuestro trabajo, el de los científicos, consiste en cuestionar todos los datos y todas las teorías. Confirmar el trabajo de los investigadores anteriores es tranquilizador, pero tirarlo por tierra es más excitante. La cronología fue comprobada, y ya nadie la discute. Pero los fósiles de la Gran Dolina, aunque más antiguos que la mandíbula de Mauer y que los fósiles de la Sima de los Huesos, podrían ser de su misma especie, que se llama "Homo heidelbergensis". Habíamos, decían algunos, encontrado a los pioneros, a las avanzadillas de la especie, unos “heidelbergensis” antiguos y primitivos.

El pasado verano los hechos dieron la razón a Niels Bohr. Había humanos mucho tiempo antes en la Sierra de Atapuerca y la mandíbula de uno de ellos fue encontrada. Ahora, la revista Nature le acaba de dar la portada. Los rasgos que se pueden estudiar en esa pieza indican que está muy lejos del "Homo heidelbergensis" y que lo razonable es atribuirla a la misma especie de la Gran Dolina, el "Homo antecessor".

¿Qué tiene de particular esta especie y qué lugar ocupa en la evolución humana? Cuando se analizan los rasgos de los diferentes restos recuperados en la Gran Dolina (y en cada campaña se amplía la colección) se ve que son primitivos. Faltan los caracteres específicamente modernos, es decir, las señas de identidad del "Homo sapiens", nuestras singularidades, aquello en lo que somos distintos de cualquier otro homínido de la historia. Pero tampoco aparecen especializaciones propias de los neandertales, que sin embargo ya se apuntan en el "Homo heidelbergensis".
En el caso del "Homo antecessor" se trata, concluimos nosotros, de una especie que no es antepasada exclusivamente del "Homo sapiens", ni tampoco lo es solo del Homo neanderthalensis, porque vivió antes de que se separasen las líneas evolutivas que condujeron a las dos especies hermanas. En esto parece haber acuerdo entre paleontólogos y genéticos: tal bifurcación se produjo después.

Pero una cosa son los rasgos, tomados uno por uno, y otra es la robustez general, la cantidad de hueso. Nosotros, los humanos de hoy, nos caracterizamos por tener un esqueleto aligerado, grácil, delicado. Y, al desaparecer sustancia ósea, surgen rasgos nuevos en la cara y en el esqueleto del cuerpo, como si un escultor hubiera modelado una masa de arcilla, quitando barro en algunos puntos con la espátula y hundiendo su dedo en otros. De este modo, nuestra cara está más “esculpida” que en las demás especies del género Homo (neandertales incluidos), a las que se agrupa bajo el calificativo general de “humanos arcaicos” (mientras que nosotros somos los “humanos modernos”). Comparados con nuestro esqueleto facial, lleno de relieves, los de los “humanos arcaicos”, con su pobre topografía, parecen una máscara (en el caso de los neandertales, una máscara apuntada, con forma de cuña).

Pues bien, lo interesante es que, en cuanto a robustez, el "Homo antecessor", o mejor, lo que de momento sabemos de él, se acerca a nosotros. Miramos por eso en el registro fósil para ver dónde hay otras caras delicadas, deprimidas en algunos puntos clave, “talladas”, y las encontramos en algunos fósiles del registro chino, que por cierto, tampoco están muy completos ni se conocen bien.
¿Qué se saca de todo esto? En primer lugar que hace falta descubrir más fósiles. Son poquísimos los que tenemos para estas cronologías antiguas. En segundo lugar, que hay que ir pensando en cambiar algunas teorías.

La ciencia busca siempre el camino más recto, aplicando un principio que se conoce como el de “la navaja de Occam”: en caso de duda, debe preferirse la explicación más simple. Un esquema sencillo de la evolución humana, muy popular en los últimos tiempos, le daba todo el protagonismo al continente africano. Como los primeros homínidos y el propio "Homo sapiens" proceden de allí, se podría generalizar este patrón a toda la historia humana. África sería así el motor de nuestra evolución, la fábrica de especies, que habrían ido saliendo, a partir de cierto momento, hacia Eurasia, una detrás de otra, sustituyéndose sucesivamente conforme surgían en África y se extendían como las ondas concéntricas que produce una piedra al caer a un estanque.

Ahora empezamos a sospechar de este modelo. ¿No podría también haber pasado lo contrario? ¿Se debe descartar que hayan aparecido especies en Eurasia que se hayan extendido luego hacia África? ¿Fue el "Homo georgicus" la primera de ellas y el "Homo antecessor" la segunda? ¿Cayeron piedras en varios puntos del estanque?


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