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Cuaderno de Arsuaga

UNA MONTAÑA CAMPESINA Y CULTA Lunes 24 de Mayo, 2010
Por Juan Luis Arsuaga
Publicado en Peñalara (I Trimestre 2010)

Antaño -y eso era “antes de la guerra”-, todos los bosques de España estaban animados, y no solo la fraga gallega de la novela de Wenceslao Fernández Flórez (*). La mayor parte de los españoles -nuestros abuelos- vivían en pequeñas aldeas y pueblos. Lo que hoy llamamos en Madrid “naturaleza” -para distinguirla del jardín urbano- era para ellos, simplemente, el “campo”. Lo que estaba fuera de las casas. Se cultivaba todo lo que podía dar frutas, semillas, granos, tubérculos o verdura y se pastaba y ramoneaba el prado y el monte bajo. Con el monte alto se hacía leña y carbón. Y hasta los insectos –industriosas abejas- trabajaban para el hombre.

Había mucha gente afanándose al aire libre y las personas se conocían y se saludaban en las veredas como hoy lo hacemos -o quizás ya no lo hacemos- en las calles. Una red de caminos unía caseríos dispersos y núcleos con su iglesia parroquial, y en las fiestas patronales se bailaba, se bebía, los mozos hacían un poco el burro y se formaban las parejas para el resto de la vida.

Cuando venía el frío recio se abrigaban todo lo que podían para no helarse. Ponían todo su cuidado en evitar perderse en la nevisca, o despeñarse con la mula, o que les partiese un rayo en la tormenta. Esas cosas pasaban de verdad. Protegían a sus ganados de los lobos y de los osos, porque la pérdida de un animal era un grave quebranto económico. Las alimañas eran respetadas por su astucia y por su fuerza, aunque no traían nada bueno.

En la primavera y el otoño millones de ovejas -sí, millones-, con sus pastores, se movían entre las montañas y las tierras bajas. En los agostaderos de altura -desde finales de mayo hasta mediados de octubre- el blanco de los rebaños cubría literalmente las majadas y cuando caía el sol innumerables fuegos acribillaban la noche. Ya no se ve ninguno, pero todavía las negras avileñas -de mirada atenta- y sus compañeros de crin pasan la época favorable en la montaña, a su aire, como lo hacían sus antepasados salvajes de la Edad de Piedra cuyos huesos fosilizados encontramos en los yacimientos pleistocenos de Pinilla del Valle.

Pinar de Valsaín (Sierra de Guadarrama, Segovia), años 20 Y atención a este detalle importante para los planes de conservación: gracias a vacas y caballos domésticos, paradójicamente, la montaña es más “natural”, más ancestral y parecida a lo que hubo antes, que si no estuvieran esas bestias (siempre, claro, que la carga ganadera no sea excesiva). Lo que no puede decirse, para que nadie se llame a engaño, de los coches, ni del asfalto, ni del ladrillo, ni de los telesillas, ni de las muchedumbres. Y si regresaran los ciervos al pinar -en el que aún vivían hace poco más de dos siglos, en el reinado de Carlos IV-, como han vuelto las cabras monteses al Guadarrama, todo sería más armonioso (hemos de renunciar al oso, que se extinguió en el siglo XVII, pero no al lobo). No hace falta nada más que asomarse al valle del Eresma desde el puerto de Navacerrada para comprender que esa gran mancha verde –tan continua que tiene aires de selva prerromana- merece ella sola ser declarada parque Nacional… y sin embargo la dejan fuera.

Pero volvamos al mundo aquel desaparecido. Era fácil saber donde estaban trabajando los carboneros porque el humo que producían se elevaba sobre “las matas” (como se llama en Valsaín y la Granja al robledo). Los leñadores apeaban los altos pinos de recto fuste y las yuntas de bueyes los arrastraban hacia el aserradero.

Y del pinar con su carga de leña muerta sabiamente dispuesta sobre las caballerías bajaban los gabarreros, porque el aprovechamiento de los pastos y las leñas secas nunca dejaron de pertenecer a la Comunidad de Ciudad y Tierra de Segovia. Es difícil que alguien que no sea serrano sepa cómo se llama el oficio que nos muestra la foto. Es una imagen vieja –qué sombrero y qué faja- y ya no vivirán los que salen en ella, pero sí sus hijos, y nos podrían decir quiénes eran aquellos hombres de Valsaín aquí retratados en un día de invierno, cuando ya no quedaban hojas en los robles y la nieve blanqueaba el pinar. La foto me la regaló la R.S.E.A. Peñalara por nada, por una conferencia que les di, y después de que José Luis González, “Tote”, la restaurara digitalmente, deseaba compartirla con vosotros.

La enumeración de arquetipos que he hecho antes -agricultores, colmeneros, pastores, leñadores, carboneros, etc.- vale para cualquier montaña, pero en nuestro “bosque animado” haría falta incluir dos tipos humanos más, ambos sustanciales para entender su presente. Por un lado, derrochando energía, los montañeros, con su extraña indumentaria, su cuerdas, sus mochilas y sus piolets; también sus mapas y libros. Y por otro, más graves, los intelectuales y científicos. En la sierra de Guadarrama un gabarrero podía saludarse en el pinar con un entomólogo que llevase su manga de cazar mariposas –qué imagen tan curiosa-, un geógrafo desplegando su mapa, un botánico con su lupa mirando una flor, un geólogo con su martillo, o simplemente un profesor seguido por sus discípulos. ¡Y vive Dios que pasaron por el pinar serranos duros y personajes eminentes!

La sierra de Guadarrama era -desde las encinas de las rampas segoviana y madrileña, hasta donde más trepan los piornos-, un paisaje creado por la naturaleza y modelado por el hombre (pero no domeñado). Era “campo”, lo que no le resta valor, sino que se lo suma. ¡Qué maravilla, una montaña a la vez campesina y culta! Aquellos oficios del monte ya han desaparecido, y los grandes sabios con los que se encontraban los montañeses han pasado a la Historia (con mayúsculas). Nos queda un paisaje sin figuras, que las añejas fotografías que impresionaron hace casi cien años en los cristales de sus primitivas cámaras los socios de Peñalara -¡qué tesoro!- nos ayudan a entender.

(*) Ingresó en Peñalara en 1917 con el nº de socio 673 y permaneció en nuestra sociedad hasta su fallecimiento, en 1964.


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