Atapuerca - Patrimonio de la humanidad

English

English

Español

Español
Buscar

Cuaderno de Arsuaga

COMO CABRAS Viernes 03 de Abril, 2009
Por Juan Luis Arsuaga.

Ahora que las cabras montesas han vuelto a la sierra, podemos poner nuestra imaginación a jugar un rato con los grandes mamíferos que la habitaron en el pasado y con los que todavía la pueblan. Ellos, y no los humanos, son los verdaderos dueños de cumbres y faldas. Para un madrileño o un segoviano, la sierra solo puede ser la de Guadarrama, la que vemos indolentemente desde la ventana de casa, o la que odiamos, pero sólo por un rato, cuando maldecimos (¿o sería más realista decir “agonizamos”?) en las cuestas del Esquinazo, de la Silla del Rey o de Peñalara, por no hablar de la del Reventón, de tan expresivo nombre. Pero en realidad la amamos mucho, aunque nos haga pasar tan malos ratos, porque hay que estar como una cabra para trepar por esos canchales y asperezas donde no se nos ha perdido nada (salvo ver el piorno en flor y serpientes de niebla deslizarse lentamente por el fondo de los valles).

El proyecto de recuperación de la cabra montesa ha tenido éxito en la Pedriza de Manzanares, y desde ahí se han extendido por la Cuerda Larga, en la Comunidad de Madrid. No tengo idea de cuando se extinguió la especie en la zona, pero debe de ser hace varios siglos. También se han corrido desde el puerto de Navafría o del Lozoya (donde fue reintroducida la especie en la vertiente segoviana) hacia el histórico puerto de Malagosto, y esperemos que lleguen mucho más allá. Así podríamos al menos dar una explicación cuando nos preguntan a qué vamos, un año más, a Peñalara: ¡a ver las cabras pastando en la laguna!

Tenemos otros grandes mamíferos en estado salvaje, no muy difíciles de contemplar, como los jabalíes y los corzos. De estos últimos hay unos cuantos, casi mansos, en Los Jardines de La Granja. Los cochinos son el paradigma de lo ancestral, de lo rudo y de lo salvaje. Y los corzos son, sin discusión, los príncipes del bosque. Lo dice su aterciopelada y melancólica mirada. El gran escritor gallego Alvaro Cunqueiro asistió a una cacería de corzos, y escribió que jamás había visto algo tan muerto, tan irremediablemente muerto. Y es que estos pequeños y ágiles cérvidos son la vida misma.

La cima de Peñalara en la Sierra de Guadarrama (Madrid) Sabemos por los yacimientos del Calvero de la Higuera, en Pinilla del Valle, y de la Cueva del Búho y de la Zarzamora, en Segovia, que en la prehistoria hubo en la sierra caballos y uros, o toros salvajes. Ya no están, pero su lugar en la naturaleza lo siguen ocupando sus descendientes domesticados, que pasan en el monte gran parte del año en régimen de ganadería extensiva. Para los ecosistemas casi es lo mismo. La raza vacuna de las montañas es la serrana, que forma parte de nuestro patrimonio natural (y cultural) y debe conservarse a toda costa. Tienen estas negras y escurridas vacas todavía un punto de desconfianza y de fiereza, y nos imponen respeto. No parecen de la misma especie que las razas de carne importadas. Una vaca autóctona recién parida es una madre muy celosa, y hay que cederle siempre el terreno. Después de todo es suyo.

¿Y qué decir de los grandes depredadores? Después de la fusión de los hielos solo quedaron dos: el lobo y el oso. Del primero se tiene memoria reciente, pero para el segundo hay que acudir a los viejos libros. Lobos y lobadas se han conocido después de la guerra, cuando había ovejas en El Esquinazo, y le queda mucha vida a quien fue testigo impotente de una de ellas, con las ovejas corriendo hacia La Granja y los lobos detrás, mordiendo y mordiendo. Y luego la madre del pequeño pastor cosiendo las heridas en los cuellos de las supervivientes.

Los lobos desaparecieron, pero están volviendo. Hay núcleos reproductores al sur del Duero, que viven en las llanuras cerealistas y ya no hacen daño a los ganados porque comen carroña, conejos y liebres. Algunos individuos merodean por el Sistema Central, más bien al este del puerto de Somosierra, y terminarán por asentarse. Ya no hay rebaños de ovejas durmiendo en la montaña, por lo que no producirán estragos entre esos animales domésticos.

Pero algún conocimiento tengo de la difícil convivencia, en plena naturaleza, de lobos con vacas cansinas y caballos asturcones en régimen extensivo en Asturias, y se puede predecir lo que pasará. Los lobos no matan adultos sanos, pero sí crías. Con los terneros lo tienen difícil, porque sus madres los protegen bien. Nuestras encastadas vacas serranas también lo harán. En cambio, las yeguas salen corriendo y dejan a sus retoños atrás, por lo que son muchos los potros que caen. Seguramente en la prehistoria ocurría lo mismo. Por eso, entre otras cosas, urge que se declare la sierra de Guadarrama Parque Nacional, y que se preparen medidas para indemnizar pronto y bien a los ganaderos, si queremos tener lobos a menos de cien kilómetros de la capital de España.

Oso pardo cantábrico El oso estaba muy extendido en la Península Ibérica. ¿Quién lo diría ahora? Felipe II los cazaba a las afueras de Madrid. Para el oso en la sierra es útil, y muy divertido, consultar el Libro de la Montería, un tratado de caza de jabalíes y osos, sobre todo, que escribió (aunque seguramente solo dirigiría su redacción) Alfosonso XI hacia la mitad del siglo XIV. Es un magnífico informe sobre la extensión de los bosques en el reino de Castilla. De nuestra sierra también habla, claro, y dice cosas tan sabrosas como ésta: “Valsavin es muy real monte de oso, et de puerco en verano, et á las veces en ivierno. Et son las vocerías, la una por el camino de la Fuent Fria fasta Peña Caballera: et la otra desde Peña Caballera fasta por encima del puerto de Manzanares, et la otra al collado de Lozoya, et como tiene la cumbre fasta Peña Citores, et que llegue sobre arroyo Cabrones. Et son las armadas la una á la Vaqueriza, et la otra á la Cabeza del Puerto, et la otra en Navalosa: et la otra en la Nava del Pinganillo, et la otra en Navas de Rio”. Las vocerías eran los ojeadores y la armada la línea de puestos de tirador, armados sobre todo con ballestas en esa época.

En fin, nos hemos paseado un poco por la naturaleza a lo largo de estas líneas. Pero no perdamos ni un minuto más con papeles, que el corzo estará de amores y si le cogemos bien el viento podremos acercarnos sin que se dé cuenta.


Aviso Legal | Política de Privacidad | Optimizada para 1024x768 | Hacer de este sitio mi página de inicio | Mapa Web | Contacto | © Atapuerca.tv

¡CSS Válido! ¡XHTML Válido!