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Cuaderno de Arsuaga

LOS PRINCIPIOS DE LA BELLEZA Viernes 20 de Febrero, 2009
Por Juan Luis Arsuaga. Publicado en El Cultural de El Mundo, el 6 de Febrero de 2008.

Un argumento que se ha utilizado a menudo para probar la necesidad de una Creación, o incluso de un Creador, es el de la belleza del mundo natural. O de la armonía, porque lo bello en el arte suele estar bien proporcionado (hasta que llegó Picasso). Cuando Darwin se embarcó en el Beagle, el geólogo Charles Lyell acaba de explicar convincentemente el origen de la sublime majestuosidad del mundo inorgánico, y lo hizo por medio del actualismo (o uniformismo), que quiere decir que las causas del sobrecogedor espectáculo que nos ofrece la naturaleza con sus monumentos geológicos son las mismas que actúan cada día, aunque pasen desapercibidas por ser tan humildes. Solo hace falta mucho tiempo para que se noten sus efectos. El libro de Lyell que Darwin consultaba al subir a bordo era la primera parte (publicada en enero de 1830) de los Principios de Geología y lleva, por cierto, la siguiente inscripción a mano: From Capt FitzRoy. Se lo pasó el comandante del Beagle, que también se interesaba, y mucho, por las ciencias naturales, aunque donde Darwin veía tierras levantadas desde el fondo del mar (como por el ejemplo en las márgenes el río Santa Cruz), FitzRoy encontraba pruebas del diluvio bíblico.

Lo que hizo después Darwin en 1859 con El Origen de las Especies fue seguir la senda de Lyell, explicando la belleza del mundo orgánico de la misma manera que su maestro lo hacía con las rocas: por medio del actualismo; operan hoy causas (sobre todo la selección natural y la selección sexual) que a largo plazo producen maravillas. Por eso se dijo que Darwin era el Lyell de la Biología. Y entre ambos cambiaron la mirada que dirigimos al mundo. Sigue siendo de admiración, pero ya no lo es de reverencia, sino de búsqueda de explicaciones. La mirada del naturalista tiene por fuerza que ser de más asombro que la del profano, porque conoce bien cuánta complejidad alberga un ser vivo, por simple que parezca, pero el pasmo da en seguida paso a las preguntas.

Es interesante estudiar los cambios que fue introduciendo Darwin a lo largo de las sucesivas ediciones de su obra fundamental, en general contestaciones a las críticas que recibía, pero lo dejaremos para los expertos. Podemos, sin embargo prestar ahora atención a un apartado de la sexta y última edición que no figura en la primera. Está en el capítulo VI (“Dificultades de la teoría”) y lleva por encabezamiento lo siguiente: “Doctrina utilitaria, hasta qué punto es verdadera; cómo se adquiere la belleza”. Se trata, claro está, del viejo argumento de la belleza de los seres vivos. Si se demostrara que no tiene utilidad alguna, que no le sirve para nada a un organismo ser hermoso ante nuestros ojos, entonces la selección natural no habría podido producir la belleza y habría que apuntar más alto: hacia el Jardinero Mayor, el Gran Naturalista.

Algunos han dicho, dentro del terreno de la epistemología o filosofía de la ciencia, que la teoría de la evolución no es una teoría propiamente científica (aunque fuera verdadera) porque no puede ser falsada, no cabe enfrentarla a los hechos. Si una afirmación no puede ser refutada, o invalidada, entonces, por la misma lógica, tampoco puede ser probada. Pero en el caso de la belleza tenemos la oportunidad de echar por tierra la teoría de la evolución de Darwin y por lo tanto es científica. Hagámonos la misma pregunta que se hizo él: ¿existe una belleza en la naturaleza que no responde a ninguna razón práctica (la belleza por la belleza, podríamos decir)?

'Charaxes kadenii' o del inglés 'Mariposa Calibre' en: Alfred Russel Wallace 'El Archipielago Malayo' (1886)El apartado en cuestión de El Origen de las Especies se plantea así:
“Las observaciones anteriores nos llevan a decir algunas palabras acerca de la reciente protesta de varios naturalistas contra la doctrina utilitaria, según la cual cada detalle de la estructura ha sido producido para bien de su poseedor. Creen estos naturalistas que muchas conformaciones han sido creadas con un fin de belleza, para el hombre o para el Creador (aunque este último punto está fuera del alcance de la discusión científica), o simplemente por variedad, opinión esta ya discutida. Estas doctrinas, si fueran verdaderas, serían fatales para mi teoría”.

Empieza analizando las estructuras que, aunque carentes de utilidad ahora, son herencia de un pasado en el que tuvieron su función en otro medio. En cuanto a la hermosura, Darwin opina que es del todo subjetiva. “Vemos esto, por ejemplo, en que los hombres de las diversas razas admiran un tipo de belleza por completo diferente en sus mujeres”. A partir de este razonamiento, y por medio del mecanismo de la selección sexual o elección de la pareja, será como Darwin explique en El Origen del Hombre (1871) las diferencias entre las razas humanas actuales. En todas las especies donde existen grandes diferencias entre los sexos podemos decir que ha actuado esta causa: “Por otra parte, admito muy gustoso que un gran número de animales machos, lo mismo que todas nuestras aves más vistosas, muchos peces, reptiles y mamíferos y una multitud de mariposas de colores espléndidos, se han vuelto hermosos por el deseo de hermosura, pero esto se ha efectuado por selección sexual, es decir, porque los machos más hermosos han sido continuamente preferidos por las hembras, y no para deleite del hombre. Lo mismo ocurre con el canto de las aves”.

Las plantas con bellas flores y con néctar son las que atraen a los insectos, mientras que las que son fecundadas a través del viento tienen flores muy discretas. Si los insectos no se hubieran desarrollado, razona Darwin, entonces las plantas no habrían producido flores hermosas.

Otra manera de refutar el principio de utilidad sería demostrar que algunas especies tienen órganos o desarrollan conductas para beneficiar a otras. Nada de eso ocurre, dice Darwin, sino más bien lo contrario. El naturalista no lo expresa con estas palabras, pero hay tanta crueldad en la naturaleza que difícilmente se puede considerar obra de un creador bondadoso: “La selección natural no puede producir ninguna modificación en una especie exclusivamente en el beneficio de otra, aun cuando en la naturaleza, incesantemente unas especies sacan ventaja y se aprovechan de la conformación de otras. Pero la selección natural puede producir, y produce con frecuencia, estructuras para perjuicio directo de otros animales como vemos en los dientes de la víbora y en el oviscapto del icneumónido, mediante el cual deposita los huevos en el cuerpo de otros insectos vivos”.

Las Aves del Paraiso 'Cicinnurus regius' ('Ave del Paraíso Regia') y 'Seleucidis melanoleucus' ('Ave del Paraíso Alambrada') en: Alfred Russel Wallace 'El Archipielago Malayo' (1886) En realidad, para Darwin no hay en la evolución nada más que competencia permanente por los recursos entre los organismos y éxito de los más eficaces, no de los más armoniosos, ni de los que nos parecen “mejores” (más “evolucionados” como dice la gente común) a nosotros. Por eso, la Historia de la Vida no muestra un progreso constante y gradual a través del tiempo hacia la perfección y la belleza. No son esas las palabras que expresan la esencia de los cambios evolutivos, sino otra más ramplona: utilidad.

“La selección natural tiende solamente a hacer a cada ser orgánico tan perfecto como los otros habitantes de la misma región, con los que entre en competencia, o un poco más perfecto que ellos. Y vemos que este es el tipo de perfección al que se llega en estado natural. Las producciones peculiares de Nueva Zelanda, por ejemplo, son perfectas comparadas entre sí, pero ceden rápidamente antes las legiones invasoras de plantas y animales importados de Europa. La selección natural no producirá perfección absoluta, ni, hasta donde podemos juzgar, nos encontraremos siempre en la naturaleza con este tipo superior”.

Se nos acusa a los científicos de secos e insensibles porque buscamos explicaciones a las maravillas de la naturaleza, en vez de extasiarnos ante ellas y respetar sus misterios. Se olvidan dos cosas. Que no dejamos de gozar de las producciones de la mente humana, las cuales, aunque tengan una base biológica, jamás dejarán de ser verdaderas creaciones, imposibles de ser reducidas a números. Y se olvida también que la ignorancia no hace que el mundo sea más bello, sino al revés. Sucede como con la música, la literatura o el arte en general. Cuanto mejor se conoce, más se disfruta.

Y así, en el último párrafo del El origen de las Especies aparecen tres palabras que expresan esta misma idea del placer que proporciona el conocimiento: “grandeza” (o quizás, mejor, “grandiosidad”), “bellas” y “maravillosas”. Naturalmente, se refiere a la vida y a las especies.


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