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Cuaderno de Arsuaga

LÁGRIMAS EN LA LLUVIA (2/2) Jueves 10 de Julio, 2008
Por Juan Luis Arsuaga
Prólogo del libro "La Danza del Tigre" de Björn Kurtén (2001)


La tundra-estepa del mamut lanudo

Cuando se cuenta la historia de la extinción de los neandertales y de su sustitución por seres humanos como nosotros, es decir, por los hombres de Cro-Magnon, los actores principales de este drama ocupan todo el escenario, de modo que el decorado pasa inadvertido. Nos preguntamos en qué eran diferentes unos y otros humanos, y cuál fue la clave de la superioridad de nuestros antepasados, aquello que les hizo prevalecer finalmente sobre los neandertales. La pregunta no carece de importancia, porque esa diferencia, cualquiera que fuese, nos hace únicos, distintos de cualquier otra especie que haya existido jamás. Y podemos pensar que también nos hace mejores.

En Biología sin embargo, no hay una especie mejor que otra, así en abstracto. El éxito en la competencia entre dos o más especies lo da, por definición, el resultado final: supervivencia o extinción. O dicho de otro modo, sólo hay dos formas de estar en la Biosfera, vivo o muerto. Desde el punto de vista de la evolución, es mejor ser una hormiga viviente que un mamut fósil.

Este relativismo de la Biología se resume en que una especie es “mejor” que otra, es decir, prolifera en lugar de desaparecer, “sólo” en determinados ambientes. Un oso blanco es “mejor” que un león en el ártico, pero no en la sabana. La importancia de la ecología en la vida de las especies sitúa el decorado del drama de los neandertales y cromañones en primer plano, y le confiere la categoría de protagonista. La pregunta debería ahora plantearse en estos términos: ¿en qué circunstancias medioambientales se desenvolvían mejor los cromañones que los neandertales? Puede que en todas, si realmente eran muy adaptables, pero puede que los cromañones sólo se impusieran en algunas.

Los cromañones llegaron al norte de la Península Ibérica quizás hace 40.000 años, que es la edad de las primerísimas industrias auriñacienses (en la Península y en otras partes de Europa). Ya se ha dicho que algunos autores discuten que esas industrias del Auriñaciense inicial las hicieran los cromañones (y no los neandertales), pero en cualquier caso todo el mundo acepta que nuestros antepasados ya vivían en Europa hace 35.000 años, entre otras cosas porque hay fósiles humanos como nosotros y manifestaciones artísticas (sin duda producidas por ellos), entre hace 35.000 años y hace 30.000 años. Los últimos neandertales, sin embargo, no se extinguen en la Europa mediterránea hasta hace unos 28.000 años. ¿Qué pasó en el clima y en los ecosistemas europeos entre hace 40.000 años y hace 28.000 años?

Distribución geográfica del antílope saigaUna manera de conocer los paleoecosistemas es estudiar las faunas que formaban parte de las comunidades del pasado. Durante las dos últimas glaciaciones se extendieron por gran parte de Europa una serie de especies que indican ambientes de estepa o de tundra: el mamut lanudo, el rinoceronte lanudo, el reno, el antílope saiga, el buey almizclero, el zorro ártico; podríamos incluir en esta lista a los glotones (unos parientes de gran tamaño de los tejones, garduñas y martas, que hoy viven en las taigas y tundras de Europa, Asia y América). También los caballos, que pastan en grandes manadas en las praderas, fueron entonces muy abundantes. Es un poco sorprendente que se juntaran en esas épocas especies que hoy en día viven en regiones muy separadas, como los renos y bueyes almizcleros, que son especies árticas, y el saiga y el caballo, más propios de las grandes estepas de Europa oriental y de Asia. A nadie se le ocurriría hoy en día reintroducir antílopes saiga en Alaska o en Laponia, ni tampoco renos y bueyes almizcleros en Ucrania o en Mongolia.

El ambiente de gran parte de Europa durante las dos últimas glaciaciones debía de ser por lo tanto algo así como “una estepa muy fría”, lo que se ha llamado “la tundra-estepa del mamut lanudo”. Cuando se derritió el hielo de la última glaciación, algunas de las especies que vivían reunidas se fueron hacia el norte y otras hacia el este. El mamut y el rinoceronte lanudos simplemente desaparecieron poco a poco (junto con otras especies no árticas, como el oso de las cavernas y el megaceros, un ciervo gigante a veces mal llamado “alce irlandés”).

Todas las especies citadas de “la tundra-estepa del mamut lanudo” vivieron en la Península Ibérica, aunque nunca fueron muy abundantes. La Península está muy al sur, por un lado, y su relieve es muy accidentado, por otro. Los mamíferos gregarios y migradores de la tundra-estepa se encontrarían en la Península en el límite de su rango ecológico. Así y todo los mamuts llegaron hasta Granada, Galicia y Portugal, y los rinocerontes lanudos se pasearon por lo que hoy es Madrid.

'Tundra-estepa del mamut lanudo'Tenemos sin embargo problemas para establecer en qué momentos hay presencia de estas especies frías en la Península. Por medio de representaciones artísticas, o de fósiles en los yacimientos, sabemos que después de la desaparición de los neandertales hubo mamuts, rinocerontes lanudos, glotones y renos en la cornisa cantábrica y en la Meseta (entendida en el sentido más amplio de las tierras del interior peninsular). La costa cantábrica estaba entonces varios kilómetros más allá de la actual línea de costa, y es posiblemente por la llanura litoral, hoy sumergida, por donde se moverían hasta Galicia las grandes manadas de renos, mamuts y caballos. Otras especies menos móviles, como los uros (toros salvajes), ciervos, cabras y rebecos, permanecerían más estables en las tierras bajas. No está claro qué comportamiento tendría el bisonte de entonces (el que aparece pintado en Altamira, por ejemplo), si sería de estepa y migrador como algunas poblaciones de la especie americana actual, o de bosque y sedentario, como otras poblaciones de bisonte americano y como el bisonte europeo. En Cataluña hubo penetraciones de especies frías, mamut, reno y buey almizclero, que no llegaron a pasar el Ebro. Y en Navarra se han encontrado unos huesos de saiga.

Los neandertales del Cantábrico también conocieron el reno, y los de Cataluña además el rinoceronte lanudo, pero hay una serie de fósiles, como los citados rinocerontes de Madrid, cuya edad no conocemos. Pero, en cambio, recientemente se han datado los mamuts lanudos de la turbera del Padul, en Granada, y según me informa la paleontóloga Elvira Martín tienen 35.000 años. En esa época todavía vivían los neandertales en la cueva de la Carihuela, en Granada. Parece sin embargo, que hubo persistencias de especies templadas en la Península, como el rinoceronte de estepa y el de Merck, el elefante de defensas rectas, el hipopótamo, el puercoespín y el macaco, hasta muy tarde. La regla parece ser general en todo el mediterráneo y podríamos incluir a los neandertales en ese grupo de especies que perviven en el sur cuando ya han desparecido del resto de Europa.


Los glaciares

Otra fuente de información sobre el clima y los ecosistemas del pasado nos la dan las huellas dejadas por el hielo. Sabemos que hubo glaciares en las más altas cadenas montañosas ibéricas, pero es difícil establecer su historia. Para empezar, se desconoce cuál fue la extensión de los hielos ibéricos en la penúltima glaciación, llamada glaciación Riss, en realidad un ciclo con dos fases frías o máximos glaciares y una fase menos fría intermedia. En la última glaciación, llamada Würm, también hubo dos momentos especialmente fríos y secos (dos máximos glaciares). El último de ellos alcanzó su apogeo hace 20.000-17.000 años. Las marcas dejadas por los hielos en las diferentes épocas se superponen y las últimas borran a las anteriores. Por eso son más fáciles de reconstruir los últimos glaciares. Hay muchas huellas de glaciares en las montañas ibéricas que parecen muy frescas, como si los hielos se hubieran derretido hace poco tiempo. Son sin duda glaciares de la última glaciación, pero ¿cuándo descendieron hasta su altitud más baja sobre el nivel del mar?

Glaciares en IberiaUna manera de fechar el retroceso de los glaciares es datando las lagunas que se forman en los valles y circos glaciares cuando se retira el hielo y los depósitos de rocas arrastrados por los glaciares (las morrenas) actúan como presas que impiden el drenaje del agua. La materia orgánica que se acumula entonces en estas pequeñas cuencas permite su datación por el método del radiocarbono (y además contiene granos de polen que nos informan de la vegetación de los alrededores). Por este procedimiento se ha podido descubrir que ya existían lagunas de origen glaciar hace más de 25.000 años en los Pirineos y en la cordillera Cantábrica. Parece que estos glaciares alcanzaron su cota más baja hace 50.000 años, estabilizándose luego hasta que hace 30.000 años empezó a reducirse sensiblemente la superficie de las montañas cubierta por los hielos.

El intervalo de fechas de -20.000 a -17.000 años se ha establecido como el del último gran máximo glaciar a nivel de todo el hemisferio norte. Eso quiere decir que la temperatura del mar alcanzó entonces valores muy bajos, y que descendió el nivel del mar por la gran acumulación de agua en forma de hielo que se produjo en el planeta. Sin embargo sus efectos no fueron los mismos en todas partes. Ya hemos visto que los glaciares del norte de la Península retrocedieron en lugar de avanzar. ¿Cuál es la explicación?

Para que se desarrollen los glaciares hace falta que se cumplan dos condiciones: que nieve durante el invierno, y que no haga demasiado calor durante el verano. Como ahora, la precipitación era mayor en el oeste que en el este de la Península, y en el norte mayor que en el sur. Este gradiente de precipitaciones, unido al gradiente de temperatura, explica que la cota inferior de las nieves perpetuas ascendiera de este a oeste y de norte a sur. Así, en la Iberia medional sólo las altísimas montañas de Sierra Nevada albergaron glaciares.

Es posible que hace 50.000 años hiciera menos frío que hace 20.000 años, pero sin embargo hacía el suficiente en los meses de verano como para que no se derritiera el hielo; si además la precipitación era mayor, los glaciares tendrían una mayor extensión. Tal vez que lo que caracterizó al máximo glaciar de hace 20.000 a17.000 años en la Península fue un frío terrible unido a una gran aridez.


El fin de los ecosistemas mediterráneos

En la Iberia mediterránea el factor limitante para el desarrollo del bosque es el agua. Durante el prolongado periodo veraniego, prácticamente no cae una gota. Los árboles de hoja caduca no pueden resistir la sequía estival, salvo los que crecen en las orillas de los cursos de agua permanente. En las altas montañas, en cambio, el factor limitante es la temperatura. A grandes alturas el suelo se hiela una parte del año y los árboles no pueden hundir sus raíces en él. Los dos factores, frío y aridez, se aliaban durante las glaciaciones para favorecer la “tundra-estepa del mamut lanudo”.

Extensión de los hielos en Europa durante la última glaciaciónEn la Península Ibérica hay dos regiones donde se da un tipo de clima mediterráneo árido con pocos árboles (sólo pinos de Alepo y sabinas). Se trata del sudeste peninsular y del centro de la cuenca del Ebro, con la diferencia de que mientras que en el cabo de Gata la media de las temperaturas mínimas del mes más frío se sitúa sobre los 7º-9º, en los Monegros baja hasta los 1º-2º; esta última podía ser la tónica climática de la mayor parte de la Península durante el último máximo glaciar.

Todo parece indicar que fue sobre todo la aridez lo que acabó con los ecosistemas mediterráneos. La sequía podría haber empezado hace 30.000 años, es decir, justo el momento en el que desaparecen los últimos neandertales. En los estudios paleobotánicos, se detecta en las fechas cruciales del cambio de especie humana en el mediterráneo una sustitución del polen fósil de encinas y de quejigos por el de plantas herbáceas del tipo de las gramíneas y el de las matas de artemisas.

Pero los neandertales, como especie, habían pasado ya en toda Europa por otras fases frías (como la del anterior máximo glaciar), así que ¿por qué tuvieron que desaparecer en ésta? Una respuesta a la pregunta es la que ofrecen unos colegas portugueses que consideran a los neandertales mediterráneos como una variedad que se había adaptado a los ecosistemas meridionales. Así que al desaparecer los encinares y los alcornocales y las especies animales de climas cálidos, como el elefante de defensas rectas, los rinocerontes de estepa y de Merck, el hipopótamo, el macaco y el puercoespín, ellos lo hicieron también. Aunque algunos paleoantropólogos han creído reconocer características diferenciales en los neandertales del ámbito Mediterráneo frente a los del centro de Europa, es difícil admitir la hipótesis, porque las diferencias son mínimas si es que existen.

Ecosistemas ibéricosCuando los bosques de la Península desaparecieron la vida se hizo dura para todos los humanos, fueran neandertales o cromañones. Además, las poblaciones de cromañones posiblemente se vieron empujadas hacia el sur por el intenso frío de la Europa central (y no digamos de la boreal). Y es posible que fuera en ese tipo de ambiente (exclusivamente) donde los cromañones eran superiores. Tal vez por eso sustituyeron a los neandertales antes en el mundo eurosiberiano que en el mediterráneo, y en éste último sólo lo pudieron lograr cuando se modificó drásticamente. Otra cosa diferente es por qué a los cromañones se les podía aplicar en su competencia con los neandertales el lema de “cuanto peor, mejor”. A nadie le gusta vivir en condiciones extremas, y es probable que la densidad de población humana bajase cuando los ecosistemas mediterráneos dieron paso a las estepas de gramíneas y de artemisas. Sin embargo, la mente hipersimbólica de los cromañones les permitía formar alianzas entre grupos muy dispersos por un territorio inmenso, que compartían identidades que se basaban en creencias y costumbres comunes (ritos y mitos, en definitiva) y que se expresaban por medio de objetos simbólicos.


¿Se cruzaron?

Las personas con las que hablo de evolución humana no pueden evitar el pronunciarse sobre la extinción de los neandertales. Adoptan para ello el punto de vista subjetivo del cromañón: “Conociendo como conocemos a los humanos actuales, ¿cómo no iban a practicar el sexo los cromañones con las “neandertalas”, de buen grado o por la fuerza?” Si entre la gente de campo no es inverosímil el bestialismo, piensan muchos, ¿no sería mucho más humana y más atractiva una “neandertala” que una oveja? (Casi nunca se habla, en cambio, de los deseos de las “cromañonas”). Por otro lado, también suele salir a relucir el instinto sanguinario que nosotros mismos nos atribuimos: “Conociendo como conocemos a los humanos actuales, ¿cómo no iban a masacrar los cromañones a todos los neandertales que se les pusieran por delante? Seguro que practicaban la “limpieza étnica”. Pero, si bien se mira, estas dos suposiciones juntas harían imposible la existencia de mestizos o híbridos entre neandertales y cromañones: si primero las violábamos y luego las matábamos, ¿cómo íbamos (nuestros antepasados quiero decir) a tener descendientes con las “neandertalas”? Lo cierto es que para que tales mestizos fueran posibles y viables haría falta que se formaran parejas mixtas estables, que se ocupasen de los hijos comunes. Haría falta, en resumen, un poco de amor.

No me cuesta trabajo creer que se formaran esas parejas en las soledades de las tundras (una idea que resulta hoy “políticamente correcta”), pero no tendrían descendientes, o éstos no serían fértiles, si neandertales y cromañones fueran dos especies diferentes. El argumento es en realidad una tautología, porque dos organismos pertenecen, por definición, a dos especies diferentes cuando no pueden tener descendientes fértiles. Es el llamado criterio genético de especie. Pero ¿cómo saber si neandertales y cromañones eran dos especies o una sola?

Unos y otros eran, desde luego, muy diferentes entre sí. La evolución divergente que habían mantenido durante cientos de miles de años, con escaso o nulo intercambio de genes, convirtió a neandertales y cromañones en humanos bien distintos. Sus esqueletos eran bastante menos parecidos entre sí que los de un tigre y un león, un jaguar y un leopardo, un oso polar y un oso pardo, un lobo y un coyote, una marta y una garduña, un lince boreal y un lince ibérico, una cebra y un caballo, un bisonte y un toro, un chimpancé común y un bonobo (o chimpancé pigmeo). Como mínimo eran subespecies o semiespecies diferentes. En los últimos tiempos se han podido secuenciar algunos pequeños fragmentos de ADN mitocondrial procedentes de tres fósiles neandertales, y las diferencias encontradas con nuestro ADN confirman lo que es evidente a partir del esqueleto: neandertales y cromañones evolucionaron mucho tiempo por separado.

Pero muchas de las parejas de especies que hemos asociado arriba pueden cruzarse en el laboratorio y producir descendientes fértiles, aunque no lo hagan habitualmente en la naturaleza. A veces no tienen ocasión, porque habitan en regiones diferentes, pero otras veces no lo hacen porque es una mala opción. Cada especie está adaptada a su nicho ecológico, y los individuos intermedios pierden esa ventaja. Además de estar peor adaptados, los híbridos son a menudo también menos fértiles (aunque no sean estériles del todo). La mayor parte de las especies que se reconocen científicamente no cumplirían estrictamente el criterio genético del aislamiento total, pero sí lo harían en este otro sentido más amplio. Eso no impide que ocasionalmente pueda darse un cruzamiento entre individuos de dos especies animales reconocidas “oficialmente” por los zoólogos. Y es en ese mismo sentido vago en el que yo creo que neandertales y cromañones eran dos especies diferentes.

Por otro lado, los estudios sobre los genes de los europeos actuales no han detectado ningún gen “raro” que pudiese hacer pensar que procede de las poblaciones que había en el continente cuando llegaron los cromañones. Eso no hace imposible que hubiera alguna incorporación de genes neandertales durante la coexistencia, pero de haber ocurrido se dio en tan pequeña escala que ninguno de ellos ha llegado hasta nosotros.

Si el intercambio génico fue muy pequeño será difícil que encontremos fósiles de los resultados de los cruces. ¡Es tan raro encontrar un resto de un individuo normal y típico de una especie de homínido, que dar con los muy excepcionales es prácticamente imposible!

No hay muchos fósiles de cromañones de más de 30.000 años en Europa, pero los que hay no son en modo alguno intermedios con los neandertales. Los más antiguos quizás sean los de Mladec procedentes de Moravia, en la República Checa, que podrían tener 32.000 años o incluso más. Es decir, vivieron varios miles de años antes de que se extinguieran en el sur de Europa los últimos neandertales. He tenido la ocasión de estudiar dos cráneos conservados en Viena (los únicos que sobrevivieron a la Segunda Guerra Mundial) y no veo en ellos características neandertales. Se ha mencionado, sin embargo, que el hueso occipital muestra un abultamiento o proyección posterior que recuerda a la morfología de los neandertales (lo que se conoce como “chignon” o moño occipital). A mí me parece una cosa diferente, pero reconozco que ahí tienen un clavo al que agarrarse los partidarios de la continuidad entre neandertales y cromañones.

En un yacimiento portugués, el de Lagar Velho, ha aparecido un esqueleto de un niño de unos seis años que se quiere hacer pasar por miembro de una población descendiente de neandertales y de cromañones. Es decir, el niño no sería de padre neandertal y madre cromañona, o al revés, sino que varios miles de años antes de que naciera se habría producido una fusión entre las dos poblaciones. A mí, particularmente, la morfología del niño en cuestión no me parece que de pie a una hipótesis tan atrevida. En buena ciencia las teorías extraordinarias necesitan de pruebas extraordinarias, y no me parece que sea éste el caso.

¿Quiere todo esto decir que los neandertales y los cromañones vivieron en mundos completamente aparte? En modo alguno; estoy seguro de que sus mundos coincidieron y se solaparon muchas veces y en muchos lugares, y por eso historias como la de Kurtén tienen sentido. La mejor prueba de esas relaciones, más culturales que biológicas, están en el campo de la arqueología. Me he referido al principio al tecnocomplejo Chatelperroniense, que se conoce en España y Francia (pero hay industrias parecidas en Italia y centro de Europa). Se trata de una industria del Paleolítico superior con elementos de adorno personal (es decir, con objetos simbólicos), que en dos yacimientos se asocia a fósiles neandertales. Y aquí caben todas las hipótesis de relación entre los neandertales y los cromañones. Es posible que los neandertales imitaran a los cromañones, lo que no tiene, por supuesto, nada de malo ni hace inferiores a los neandertales. Todas las culturas se difunden por imitación, y nosotros los occidentales no hemos inventado la pólvora ni el papel (¡y acaso tampoco los espaguetis!). La cuestión es si los neandertales entendían el significado de los objetos simbólicos que aprendieron a fabricar. ¿O tal vez sólo los intercambiaron? Hay hasta quien dice que fueron los neandertales los que iniciaron el Paleolítico superior, y que los cromañones les copiaron a ellos. Esta hipótesis es un poco atrevida y, desde luego, lo que no inventaron y jamás practicaron los neandertales es el arte figurativo (que se sepa, siempre hay que ser prudentes en ciencia).


Las palabras de un hombre muerto

La historia de los neandertales y la de los cromañones ha hecho correr ríos de tinta, como no podía ser menos, dado que reúne todos los ingredientes necesarios para mantener en vilo al lector. Cuando no son enemigos humanos, de la misma especie o “de la otra”, son los mamuts o los osos de las cavernas los que amenazan al protagonista. Para los amantes del realismo mágico, ésta es la época en la que los hombres no distinguían entre el mundo real y el de los espíritus. Las nieblas del Pleistoceno lo envolvían todo, y de ellas podía esperarse que surgiera en cualquier momento cualquier cosa. La de chamán es la profesión más antigua del mundo.

Hay buenas novelas de neandertales y de cromañones, que han conseguido una gran fama. Los autores modernos del género procuran documentarse bien, y recurren al asesoramiento de prehistoriadores profesionales, como en el caso de la celebérrima Jean Auel, la de “El clan del oso cavernario”. Pero yo creo que importa más una buena historia que la exactitud científica: para rigor ya están los libros de texto. William Golding, el autor de “El Señor de las moscas”, escribió una poco conocida historia de neandertales: “Los herederos”. Y por fin tenemos una muy bien narrada versión española de los hechos en el libro “Nublares” de Antonio Pérez Henares. Seguro que hay muchísimas más novelas del “género prehistórico”, pero en eso reconozco que no soy ningún experto. Por lo general, los historiadores (o prehistoriadores) profesionales no leemos novela histórica (o prehistórica), porque solemos encontrar que la realidad supera a la ficción. Pero no pretendo por eso que el pasado nos pertenezca en exclusiva a los investigadores, y reconozco que cualquiera tiene el derecho de soñar.

Sí que reconozco que tengo una deuda, como tantos otros, con Joseph-Henri Boëx, alias Rosny Aîné, que me impresionó mucho de joven con su obra “La guerra del fuego”. Disfruté tanto del libro que ya no me atrevo a releerlo, por miedo de que me decepcione. Prefiero conservar un vago eco de sus historias, como si me hubieran sido transmitidas en mi niñez, al modo de un cuento, por algún venerable anciano de mi familia. Y eso que, por lo que yo recuerdo, no se corresponde muy bien con la idea que hoy en día tenemos de la Prehistoria, y del tiempo en el que coexistieron y se encontraron los neandertales y los fundadores de “nuestra tribu”. Pero es que eso es lógico, porque en los años en los que escribía “La guerra del fuego” se tenía una idea de los neandertales muy negativa. Se los imaginaba muy simples de mente, cuando no brutales, e incapaces de erguirse completamente. Ésa fue la reconstrucción de la postura de los neandertales que hizo a principios de los años diez del siglo XX el paleontólogo Marcellin Boule a partir del esqueleto del “viejo” de La Chapelle-aux-Saints. Y no se les reconoció a los neandertales una actitud erguida, un porte completamente humano, hasta finales de los años cincuenta. De unos pobres “paleoantropinos” que caminaban penosamente doblados no podía esperarse tampoco un comportamiento noble.

Más tarde Jean-Jacques Annaud llevó al cine la novela de Rosny Aîné, con el título español de “En busca del fuego”. Es una película llena de humor, y admito que me divertí mucho con ella, pero vuelven a parecer hombres prehistóricos arrastrando los pies. En cierto modo la película de Annaud es más fiel al tiempo en el que se escribió la novela, que a lo que sabemos ahora.

Nuestra imagen de los neandertales ha cambiado mucho, desde luego, y hoy nos parecen dignos de figurar entre nuestros antepasados, aunque probablemente no lo sean (al menos en un sentido biológico).

Entre los que tuvieron la intuición suficiente para amar a los neandertales, y los imaginaron inteligentes como nosotros, pero más sensibles y por ello más cultos, se encontraba mi admirado Bjorn Kurtén. Como paleontólogo fue un maestro, pero nos supera a todos en su capacidad de fabular historias y de invocar el pasado. Creo que la clave de su habilidad narrativa fue el sentido del humor del que hacía gala en la divulgación científica, como por ejemplo en su delicioso libro “Cómo congelar un mamut”. Es muy raro, desgraciadamente, encontrar a un académico con sentido del humor.

De “La danza del tigre” saca uno la conclusión de que todo habría ido mejor si hubieran ganado los neandertales. La realidad, en cambio, es que su historia terminó en tragedia. Pero es que nuestra especie tenía una magia que la hacía muy poderosa: la magia de las palabras. ¿O no es misterioso que podamos escuchar hoy, con los ojos, las palabras de un hombre muerto? ¡Y cómo dominaba Kurtén, como apreciará enseguida el lector, la magia de las palabras!

Nada podrá consolarnos de la pérdida de los neandertales, que eran un irreemplazable producto de tantos milenios de evolución. Nada podrá devolverlos ya a la vida, porque las primeras especies que “nosotros” extinguimos fueron “los otros humanos” (y no hemos parado desde entonces).

Pero los paleontólogos sentimos que gracias a nuestros trabajos su memoria se ha recuperado, y que sus experiencias, a veces buenas, en ocasiones malas, sus risas y sus miedos, sus vidas y sus muertes, ya no se perderán en el tiempo como lágrimas en la lluvia.


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