Atapuerca - Patrimonio de la humanidad

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Cuaderno de Arsuaga

LÁGRIMAS EN LA LLUVIA (1/2) Jueves 10 de Julio, 2008
Por Juan Luis Arsuaga
Prólogo del libro "La Danza del Tigre" de Björn Kurtén (2001)


El sueño de una noche de invierno

El hombre-bisonte está de pie rodeado de jóvenes adolescentes que lo miran con los ojos abiertos de par en par. La llama de la hoguera que ilumina la escena exagera los perfiles de esa extraña criatura con cabeza, cuernos y cuerpo de bisonte que se yergue sobre unos pies humanos. Es la encarnación de la figura de piedra que preside la gran sala por la que han pasado los chicos en su recorrido desde la boca de la cueva, donde vive al grupo, hasta el lugar donde se encuentran ahora, y al que nunca llega la luz. Y menos que nunca aquel día de invierno, que es el más corto del año.

El bisonte de piedra es una gigantesca escultura policromada que aprovecha los relieves naturales de una gran columna estalagmítica, que ha sido grabada y pulida en algunos puntos clave, y además está pintada en gran parte de su superficie. La columna-bisonte termina en un cuerno y está de pie, como el ser híbrido que los chicos tienen delante. La llama vacilante de la lámpara de tuétano de caballo, al pasar junto al bisonte petrificado, proyecta una sombra gigantesca sobre la pared de la cueva, un fantasma que parece moverse amenazadoramente. Los adolescentes nunca habían estado allí, pero rápidamente deducen de quién se trata: saben desde niños que el Gran Bisonte es el tótem de la tribu.

El hombre-bisonte, artista parietalEn un nicho de la pared de la cueva, no lejos de donde se proyecta la sombra del fabuloso animal, están pintadas en rojo muchas manos. La combinación no es casual. El bisonte es el padre y protector sagrado del clan y las manos son las de los más antiguos antepasados, los Primeros Hombres, que tuvieron que enfrentarse a formidables peligros. En aquellos tiempos remotos los uros eran más grandes, los leones más numerosos, más fieros y más hambrientos, los osos ocupaban todas las cavernas en las que intentaban refugiarse los hombres en el invierno, que era más largo, más frío y con más nieve. Todo era más peligroso y más terrible en los tiempos de los Primeros Hombres, que desde luego no hubieran sobrevivido sin la ayuda del dios-bisonte.

Y, sobre todo, esa parte del mundo estaba habitada por Los Otros. Se cuenta que eran seres formidables, más fuertes que los mamuts y que los rinocerontes lanudos, y que eran numerosísimos y estaban muy bien organizados. Los Primeros Hombres nunca habían visto a unos seres como Los Otros, y tuvieron miedo cuando ellos les hablaron. No entendían su extraño idioma, mucho más lento y menos flexible que el suyo, pero por sus gestos y su tono comprendieron bien su significado: “Esta tierra pertenece a nuestro pueblo, volveros al país donde nace el sol”.

No, nunca habrían vencido los Primeros Hombres a Los Otros sin la ayuda de la magia. Los espíritus los habían guiado a la tierra donde se pone el sol, y una vez allí no los abandonaron.

El lugar donde están sentados los chicos es una pequeña sala de techo bajo, que forma un cubo casi perfecto. La entrada está cerrada por una piel de bisonte. En las paredes de la cámara hay un bisonte pintado y muchos más bisontes y otros animales y signos grabados. En el exterior de la cueva nieva y hace frío, pero aquel profundo lugar está caliente y seco gracias al fuego. El hombre-bisonte toma un cuerno y emite por él un largo y profundo mugido.

A continuación empieza a hablar: “Hace mucho, mucho tiempo, cuando el mundo era joven...”


Cuando el mundo era joven

¿Hasta cuándo se hablaría de los neandertales en los fuegos de campamento cromañones? ¿Cuánto tarda la memoria colectiva en difuminar los perfiles de las cosas y convertir los hechos concretos en vagas leyendas? ¿Cuándo desaparecieron los neandertales del mundo de los mitos? Mi respuesta es que probablemente pocos siglos después de abandonar el mundo real. Y si no hubiera sido por los prehistoriadores, su recuerdo se habría perdido para siempre.

Encuentro entre dos humanidades: los 'Homo sapiens' (izquierda), y los Neandertales (derecha)Gracias a los yacimientos hemos conocido una historia increíble, que no ha sido superada por la ciencia-ficción. Esos encuentros fantásticos que los novelistas imaginan en lejanos sistemas estelares, ocurrieron de veras en el nuestro. Y se produjeron en un tiempo lo suficientemente cercano al presente como para que nos hayan llegado numerosos testimonios.

El pasado convive con nosotros: la montaña, la cueva, la pintura del oso de las cavernas, el útil de piedra, la defensa del mamut, el propio fósil humano pertenecen tanto al pasado como al presente, y nos seguirán acompañando mientras la tierra siga dando vueltas alrededor del sol. El mamut en acción, el gigantesco oso y el neandertal de carne y hueso pertenecen, en cambio, sólo al pasado y los prehistoriadores somos los únicos que podemos, de alguna manera, devolverlos a la vida.

Pero durante el largo tiempo en el que neandertales y cromañones compartieron las tierras de Europa, los primeros ocuparon un lugar preferente en las preocupaciones y en los mitos de nuestros antepasados. Seguro que se contaban entonces muchas historias, porque la experiencia de un contacto directo, aunque fuera fugaz, con los neandertales no sería demasiado rara en determinadas regiones y épocas.

Sabiendo como sabemos que los cromañones que conocieron a los neandertales eran humanos como nosotros, podemos imaginarlos animados por las mismas pasiones, anhelos y miedos que agitan a cualquier hombre de ahora. Y por eso es posible adoptar el punto de vista del cromañón en esta apasionante historia. Ponerse en la piel del neandertal ya es más difícil, porque ellos no eran totalmente iguales a nosotros. Aunque como también los neandertales habían domesticado el fuego, tal vez contasen su propia versión de los hechos en las largas noches invernales, cuando fuera de la cueva aullaban el viento y el lobo.

Como los datos que poseemos los científicos son relativamente escasos, a pesar de los cientos de yacimientos excavados, nuestra reconstrucción de los hechos es imprecisa y nuestra imagen del pasado borrosa, un poco a la manera de las narraciones transmitidas entre generaciones al amor de la lumbre.

No cabe ninguna duda de que los neandertales eran “los que estaban” y los cromañones “los que vinieron”. ¿De dónde vinieron? En último término de África, que es donde parece que se originó nuestra especie más o menos a la vez que surgían los neandertales en Europa. Unos y otros ya eran hace 130.000 años básicamente iguales (aunque no totalmente) a los protagonistas del encuentro europeo. Por este motivo me resisto a utilizar la denominación de “humanos modernos” para referirme a nuestra especie. Los neandertales y los llamados “humanos modernos” aparecieron por evolución independiente en la misma época, y por eso unos son tan modernos como los otros. Es un error considerar a los neandertales como humanos “arcaicos”, formas “primitivas” y muy antiguas, o como nuestros antepasados extinguidos. La expresión “humanos modernos” también podría significar “humanos actuales”, pero me opongo a ella por dos razones. Una es que nuestros antepasados del paleolítico no son actuales, sino fósiles. La segunda razón es que los neandertales se extinguieron hace tan poco tiempo (en términos geológicos) que se les puede considerar, a todos los efectos, actuales. Por eso, cuando no se utilizan los nombres científicos en latín, prefiero rescatar el viejo y sonoro nombre de “cromañón” (castellanización de Cro-Magnon, el nombre de un yacimiento francés) para invocar a mis tatarabuelos de Altamira.

¿Por dónde vinieron los cromañones a Europa? Una vía posible es directamente desde África. No se cree que el Estrecho de Gibraltar estuviera cerrado, por lo que tendrían que haber pasado navegando. En aquella época el nivel del mar estaba mucho más bajo que el actual, y el Estrecho era más estrecho, pero así y todo había dos orillas. Una navegación como ésa no era una proeza fuera del alcance de nuestros antepasados de entonces, ya que por aquellos mismos tiempos, o incluso antes, fueron capaces de salvar distancias de mar mucho mayores para llegar a Australia. Y lo que todavía impresiona más, cuando se subieron a las balsas rumbo a las costas australianas sólo veían mar en el horizonte: no conocían el destino de tan largo viaje.

Pero el que pudieran navegar no quiere decir que lo hicieran en este caso. Que los africanos vieran las montañas de Cádiz tan cercanas tampoco es un argumento definitivo. Desde la costa levantina se ve bien Ibiza, como desde la costa atlántica de África se ve Formentera, y nunca navegó hasta esas islas el hombre paleolítico. De hecho, la arqueología del norte de África parece indicar que era un mundo independiente del europeo.

La otra ruta para poblar Europa occidental es a través del Oriente Próximo. Los cromañones ya habían estado por allí hace unos 100.000 años, pero desaparecieron y fueron sustituidos por los neandertales (es decir, justo al revés de lo que pasó luego, pero ésa es otra historia).

Talla en marfil de un león erguido procedente de la cueva de Hohlenstein-Stadel (Alemania)El caso es que hace 35.000 años, para redondear un cifra, ya había cromañones en toda Europa, y también neandertales. Casi por estas fechas se encuentran pequeñas figurillas talladas en marfil, hueso y piedra en varios yacimientos del centro de Europa, y nadie cree que las hicieran los neandertales. Entre las esculturas de hace más de 30.000 años hay una de marfil muy sugestiva, la de un león puesto de pie procedente de la cueva Hohlenstein-Stadel, en Alemania. Por la misma época que un grupo talló el hombre-león de Alemania (es decir, “alguien” lo talló, pero “el grupo” lo usó), otros cromañones llenaron de maravillosas pinturas una caverna de Francia, llamada la Cueva Chauvet en honor de su descubridor. Las pinturas de las paredes de esa cueva representan muchos animales, pero los protagonistas son los más fieros o poderosos de todos: mamuts, rinocerontes lanudos, leones, osos. Algunos investigadores tienen la impresión de que hay un cambio en los motivos de las representaciones de animales en el arte paleolítico. Hace más de 30.000 años, es decir, cuando “el mundo era joven”, los Primeros Hombres figuraron animales terribles, los que más les impresionaban por su fuerza o por su peligro. Más tarde, esos grandes depredadores o enormes herbívoros dieron paso en el bestiario paleolítico a las piezas más habituales de caza: el caballo, el bisonte, el ciervo, el reno, la cabra. Es como si se pasara de una fase de terror a una época de dominio sobre la naturaleza.

Las interpretaciones de esta clase son muy especulativas, y es difícil saber a ciencia cierta qué hay de verdad en generalizaciones tan amplias que intentan explicar todo el arte paleolítico, pero a nosotros nos vale para recrear la atmósfera psicológica en la que vivieron los Primeros Hombres (los primeros europeos de nuestra especie). Y en relación con ese clima psicológico se puede poner también la distribución geográfica del arte paleolítico. Si se marcan sobre un mapa las estaciones con arte se observa que la mancha que forman los puntos coincide muy exactamente con el área que ocupaban los neandertales (Europa y parte de Asia). En las demás regiones por donde se extendieron nuestros antepasados no hay nada parecido a Chauvet o Hohlenstein-Stadel (aunque hay pinturas australianas que podrían ser muy antiguas, realmente no se pueden fechar con exactitud). Y por eso algunos autores creen que lo que estimuló la explosión de creatividad del Paleolítico europeo fue la necesidad de afirmarse frente a Los Otros.

Azagayas, las primeras máquinas tecnológicasEl arte, en las paredes o portátil, y el adorno personal, en forma de collares y colgantes, es característico del Paleolítico superior, un gran ciclo cultural definido por los arqueólogos. Además de esos objetos simbólicos, se encuentra en el Paleolítico superior una forma nueva de tallar la piedra, que consiste en preparar núcleos prismáticos y extraer de ellos láminas alargadas con las que luego se confeccionan los instrumentos. Las láminas no son exclusivas del Paleolítico superior, pero sin duda ésta es su época de esplendor. Otra novedad del Paleolítico superior es que se preparan puntas para las azagayas de hueso, asta o marfil, y también se fabrican punzones en esos materiales orgánicos. Con los punzones se puede perforar la piel para hacer mejores vestidos.

El primer tecnocomplejo del Paleolítico superior se llama Auriñaciense. Esos primeros cromañones de hace más de 30.000 años que pintaban y tallaban figurillas eran “auriñacienses”. Se ha descubierto en varios yacimientos del norte de España que el Auriñaciense apareció aquí hace 40.000 años, y si no fuera por la obligada prudencia científica diríamos que los cromañones lo trajeron consigo. Pero como no tenemos fósiles humanos en esos primeros niveles auriñacienses, no sabemos en realidad quién fue el autor. Los niveles situados por debajo del Auriñaciense de hace 40.000 años son del Paleolítico medio o Musteriense. Todos los fósiles europeos asociados con el Musteriense son neandertales, del mismo modo que todos los fósiles europeos asociados con el Auriñaciense son cromañones, pero eso no quiere decir que los cromañones no pudieran fabricar utensilios al modo musteriense. De hecho lo hicieron en Israel cuando estuvieron allí hace unos 100.000 años. Tampoco es imposible que los neandertales fabricasen utensilios del tipo auriñaciense, o incluso objetos de adorno personal. Lo que ningún especialista se atreve a decir en voz alta es que los neandertales fueran los autores del “gran arte”: las estatuillas y las pinturas y grabados parietales.

Periodos culturales del Pleistoceno Superior y sus variaciones de temperaturaLa cosa se complica aún más con un tecnocomplejo del Paleolítico superior inicial del que aún no hemos hablado. Se trata del Chatelperroniense, que se encuentra en algunos yacimientos cantábricos y franceses. La relación del Chatelperroniense con el Musteriense y el Auriñaciense no está clara, y por el contrario hay muchas discusiones, pero sabemos que pertenece a la época crítica de la coexistencia de neandertales y cromañones en esa región de Europa, entre hace algo menos de 40.000 años y hace algo más de 30.000 años (además, en Italia y centro de Europa hay industrias similares al Chatelperroniense). Hay dos yacimientos franceses, Saint Césaire y la Cueva del Reno en Arcy-sur-Cure, donde aparecen restos humanos en los niveles chatelperronienses, y esos humanos son neandertales.

Volveremos sobre esta peliaguda cuestión de los tecnocomplejos y sus autores más adelante, pero ahora vamos a trasladarnos a otra región europea donde las cosas están más claras: el sur de Iberia.


El último neandertal

La vida humana en el mediterráneo ibérico por debajo del Ebro, en Andalucía, y en Portugal al sur del Duero, transcurría con los sobresaltos inevitables de una existencia azarosa, sometida a los riesgos de los accidentes en la caza, la amenaza de los grandes depredadores y los ciclos periódicos de escasez de la naturaleza.

Durante decenas de miles de años ocuparon la región los neandertales y fabricaron sus utensilios musterienses. Las excavaciones en sus cuevas han permitido recuperar muchísimos de esos útiles y algunos fósiles humanos. Jamás, en todo ese largo tiempo, perforaron la raíz de un canino de lince para hacer un colgante, ni ensartaron una concha en un collar. El adorno, por lo menos con materiales no perecederos, les era completamente ajeno. Tampoco fabricaron nunca un punzón o una azagaya de hueso.

Súbitamente, hace 30.000 años o menos, irrumpieron los cromañones desde el norte, y los neandertales desaparecieron para siempre. Lo mismo que ocurrió aquí pasó, en las mismas fechas, en Italia, los Balcanes, Crimea y el Caúcaso. El contraste en los yacimientos no puede ser mayor: una larga secuencia musteriense y, por encima, un nivel del Paleolítico superior con colgantes y azagayas. Ese nivel del Paleolítico superior no corresponde al Auriñaciense antiguo fechado en el norte hace 40.000 años, sino a un momento mucho más avanzado. No hay niveles intermedios, de transición, entre los musterienses y los del Paleolítico superior. Todo encaja: hubo reemplazamiento completo del elemento autóctono por gentes venidas de fuera, y no se dio evolución local.

Por eso sabemos seguro que en la Península Ibérica existió realmente un último neandertal, o mejor dicho, hubo muchos “últimos neandertales”, cada uno en su respectiva región: Valencia, Andalucía, Portugal. Seguramente, la llegada de los cromañones fragmentó las poblaciones neandertales y las redujo a bolsas desconectadas que ocupaban las peores regiones, como modernamente ha sucedido con los bosquimanos, hasta que uno por uno desaparecieron todos los grupos.

En todos y cada uno de esos lugares, alguien pensó: “Soy el último de mi raza. Es tiempo de morir”.

Pero antes de que nos despidamos de los neandertales disfrutemos un poco más de su compañía.


Ellos y nosotros

De donde venimos: la filogenia de los hominidosLos neandertales eran unos humanos que habían evolucionado mucho, pero que conservaban una estructura general antigua. En cierto sentido, los neandertales representan una adaptación de un modelo anterior que experimenta ciertos cambios pero que no se transforma radicalmente. Por supuesto que todas las especies aparecen como resultado de retoques operados sobre la base de la especie antepasada, y nosotros seguimos teniendo cuatro extremidades, dos riñones y dos ojos como un anfibio cualquiera. El propio Darwin describía la evolución como “descendencia con modificación”. Pero cuando se comparan los neandertales y los cromañones con el antepasado común a ambos, se aprecia que nosotros hemos cambiado más.

Ese antepasado común (el último antepasado común, quiero decir, porque hay una larga cadena de antepasados comunes desde que apareció la vida hace cerca de 3500 millones de años) vivió hace algo más de medio millón de años; esta última es, más o menos, la fecha en que nuestros antepasados y los de los neandertales se separaron. No tenemos mucha información acerca de ese último antepasado común, pero los todavía escasos fósiles encontrados en el yacimiento de la Gran Dolina en la Sierra de Atapuerca, y algún otro fósil como el cráneo muy fragmentario de Ceprano en Italia, nos permiten hacernos una vaga idea.

A partir de una escisión, la evolución toma en las dos ramas resultantes caminos que se separan cada vez más. Esa divergencia se puede representar como una “V”: los dos extremos superiores de las ramas son muy diferentes, pero conforme descendemos hacia el vértice los fósiles se hacen más parecidos. Eso es lo que pasa en este caso. Nosotros somos claramente diferentes de los neandertales, pero nuestros antepasados de hace 300.000 años, por ejemplo, apenas se distinguían de los de los neandertales. Quiero decir con esto que posiblemente ni siquiera se distinguieran entre ellos, o que por lo menos no se encontrarían del todo extraños. Hace 300.000 años posiblemente los antepasados de los neandertales y los nuestros eran todavía la misma especie.

Mujer Neandertal (izquierda) vs. Mujer 'Homo sapiens' (derecha): dos modelos corporales distintos¿Dónde vivían los antepasados de los neandertales? La respuesta es ésta: en Europa. El yacimiento de la Sima de los Huesos, también en la Sierra de Atapuerca, es el que más fósiles contiene, una treintena de esqueletos completos. Los fósiles europeos como los de la Sima de los Huesos no son aún neandertales, ni mucho menos, pero muestran algunos esbozos de las características propias de sus descendientes los neandertales. Por el contrario, sus contemporáneos africanos son muy parecidos, pero no muestran esos caracteres neandertales incipientes, que, por otro lado, con músculos, piel y pelos seguro que no se apreciarían en el individuo vivo. Lo curioso es que los fósiles africanos no exhiben, ni siquiera de manera incipiente, los caracteres distintivos de los cromañones del mismo modo que los antepasados de los neandertales presentan esbozados los rasgos típicamente neandertales. La explicación de esta curiosa diferencia entre los pre-neandertales y los pre-cromañones es que los modos de evolución fueron diferentes en las dos ramas. Mientras que en Europa la evolución era más o menos gradual y los caracteres neandertales se fueron acumulando y acentuando, la aparición de nuestras características fue un fenómeno mucho más drástico y revolucionario, que ocurrió en menos tiempo. Por cierto que hace 300.000 años había en el Lejano Oriente (en Java y posiblemente también en China) un tercer tipo humano que ya tenía una larga historia a sus espaldas: el Homo erectus.

Antes de los descubrimientos de la Sima de los Huesos y otros yacimientos había dificultades para establecer quién había cambiado más, si neandertales o cromañones, respecto del antepasado común. Los neandertales eran muy anchos, por ejemplo, y nosotros tenemos las caderas y el tronco estrecho. Algunos autores pensaban que los antepasados comunes eran estrechos y los neandertales se habían hecho anchos, mientras que nosotros habíamos permanecido estrechos. Tal suposición se basaba, entre otras cosas, en el esqueleto de un fósil aún más antiguo, el Niño del Lago Turkana en Kenia. Éste es un esqueleto excepcionalmente bien conservado de hace algo más de un millón y medio de años, aunque el muchacho tenía unos diez u once años cuando murió (por lo que seguro que no es antepasado de ninguno de nosotros). A esa edad de muerte los huesos de la cadera aún no están soldados, pese a lo cual los investigadores que trabajaron con ella ensayaron una reconstrucción y la supusieron muy estrecha.

La Pelvis 1 ('Elvis') de la Sima de los Huesos (Burgos, Atapuerca). Es la más completa del registro fósil mundial y pertenece a un individuo masculino de la especie 'H. heidelbergensis'En la Sima de los Huesos hemos encontrado una cadera completa de un individuo masculino al que decidimos apodar “Elvis”, y era mucho más ancha que cualquiera de las actuales (incluyendo los jugadores de baloncesto; es la altura del cilindro corporal la que cambia de unas personas y poblaciones a otras, su anchura lo hace en menor medida). Otras caderas menos completas del mismo yacimiento nos indican que este Elvis era un varón promedio, y restos más fragmentarios procedentes de yacimientos africanos contemporáneos del Niño del Lago Turkana y posteriores coinciden en señalar que los adultos africanos también tenían troncos anchos, como lo habría tenido el Niño del Lago Turkana si se hubiera hecho mayor y no hubiera muerto tan joven.

Estas caderas anchas debían facilitar el parto, aunque, bien mirado, habría que expresarlo al revés: las caderas estrechas de las mujeres de nuestra especie vuelven el parto muy complicado. Sin embargo, las pelvis estrechas tienen sus ventajas, ya que hacen el caminar más económico en términos de gasto energético. Aunque ya sé que no podré consolar a las mujeres por sus sufrimientos en el parto, el tener caderas estrechas tiene una ventaja para ellas: los cuellos de los fémures se hicieron también más cortos. La compensación está en que después de la menopausia viene la osteoporosis y los cuellos largos se fracturan más fácilmente que los cortos.

La Pelvis 1 ('Elvis') de la Sima de los Huesos frente a una pelvis masculina actual, ambas en vista superiorDe los neandertales se tenían pocos restos fósiles de la cadera, pero se habían conservado algunos huesos púbicos, que resultan ser muy largos. Cierto autor supuso que eso se debería a que el canal del parto debía de ser enorme, de lo que deducía que embarazos de los neandertales durarían más de nueve meses y que los niños nacerían más maduros. Pero también los pubis de la Sima de los Huesos son muy largos, y los neandertales simplemente heredaron la forma de la cadera de sus antepasados. Los neandertales no eran originales en esto, y nadie cree hoy que sus embarazos durasen más que los nuestros.

La única cadera fósil más o menos completa que se conoce de edad posterior a Elvis es la de un neandertal masculino que apareció en la cueva de Kebara, en Israel. Los estudios que se hicieron de la cadera indicaban que era muy robusta (aunque menos que Elvis), pero su forma era distinta: la anchura máxima de la pelvis era considerable. La entrada a la cavidad pélvica también era ancha; la cavidad pélvica es lo que en las mujeres constituye las paredes óseas del canal del parto. Pero, sorprendentemente, la salida inferior de la cavidad pélvica era muy estrecha. Algún autor (como en el caso del embarazo prolongado, no citaré nombres por delicadeza, todos cometemos errores) concluyó que las mujeres neandertales no podían parir y que por eso se extinguió la especie.

Como nadie había desmentido esta peregrina teoría decidí viajar a Israel para estudiar el curioso fenómeno con mi colega Carlos Lorenzo. Estábamos entonces preparando en el laboratorio de paleoantropología de la Universidad Complutense de Madrid un artículo sobre Elvis y no conseguíamos entender cómo se había estrechado la salida de la cavidad pélvica en los neandertales. La de Elvis era tan ancha que podría haber “dado a luz” sin dificultad. Cuando observamos el fósil de Kebara llegamos a una conclusión: había sufrido deformación “post-mortem” en el yacimiento y eso lo explicaba todo; la salida se había reducido en el fósil por la presión del sedimento.

Características del esqueleto neandertalLos neandertales se hicieron más bajos con respecto a sus antepasados comunes con nosotros, y también en relación con sus ancestros propios de la Sima de los Huesos, que es la única colección de preneandertales (y de “pre-cualquier-otra-cosa”) en la que se pueden estudiar las proporciones corporales. Las tibias de los neandertales se acortaron, y también sus antebrazos, pero conservaron toda su fuerza física. ¡El cúbito y el radio están a menudo tan curvados que el antebrazo debía de ser como el de Popeye! Las falanges distales de las manos tienen también una gran robustez en su ápice (que más o menos corresponde a la uña). ¡Vaya manazas! Lo que no quiere decir que no fueran hábiles tallando piedras: sus producciones líticas son muy refinadas (“sofisticadas” se dice ahora, pero los neandertales eran cualquier cosa menos sofisticados en la verdadera acepción castellana del adjetivo).

No se sabe por qué los neandertales se volvieron bajos, pero hay autores que relacionan el acortamiento de antebrazos y tibias con el clima en general frío de Europa. Este concepto es relativo, y hay colegas que dicen que el clima mediterráneo es cálido. ¡A ésos me gustaría verlos pasar una noche al raso en cualquier lugar de la Península en pleno mes de enero! Y por supuesto el clima era muy frío (atrozmente frío para un primate) en todas partes durante las glaciaciones. La relación entre la estatura y el frío se expresa en una regla biogeográfica llamada de Allen, que dice que en una especie dada las extremidades se acortan en las poblaciones más cercanas a los polos y se alargan conforme nos aproximamos al Ecuador. Eso también sucede en nuestra especie: compárese un esquimal con un etíope o un sudanés. Es una explicación, desde luego, pero no totalmente convincente, entre otras cosas porque los neandertales y los cromañones africanos podrían no ser dos poblaciones de la misma especie, sino dos especies diferentes. De todos modos, los autores partidarios de la aplicación de la regla de Allen a los neandertales dicen de ellos que tenían proporciones “polares”, mientras que los cromañones que llegaron a Europa para competir con los neandertales tenían proporciones “africanas”. Se ha postulado también que los neandertales cumplen otra regla biogeográfica, llamada regla de Bergmann, según la cual las poblaciones más cercanas a los polos se caracterizan por sus cuerpos más esféricos, más voluminosos. Sin embargo, los neandertales no tenían su cuerpo más estrecho que sus antepasados o los nuestros, como vimos, así que ellos no cambiaron, pero tal vez sí que lo hiciéramos nosotros para adaptarnos al clima africano. Tanto la regla de Allen como la de Bergmann se basan en que al aumentar el volumen corporal y reducirse la longitud de las extremidades (incluyendo las orejas), disminuye la relación entre la superficie de la piel y el volumen corporal y, en consecuencia, es menor la cantidad de calor que se pierde por radiación a través de la piel por cada kilo de peso.

Relación altura-anchura corporal y su relación con el área del cuerpo expuesta Al final de los dos procesos evolutivos que condujeron a los neandertales y a los cromañones se alcanzaron dos somatotipos muy diferentes, pero con pesos parecidos. Los neandertales eran bajos y anchos y los cromañones estilizados y altos. Un varón neandertal de 170 cm (más o menos el promedio) podía pesar entre 85 y 90 kg de puro músculo (grasas de reserva aparte); un varón de hoy tiene que ser muy alto y muy fuerte para pesar eso mismo. En términos deportivos los cromañones tenían largas piernas, por lo que daban (damos) grandes zancadas, que les resultaban además muy económicas porque se había estrechado la pelvis. Ésta es una explicación no climática para el mismo fenómeno, pero que es compatible con el origen africano de los cromañones. Aunque no siempre los cambios evolutivos son adaptaciones, es decir, no necesariamente tienen alguna utilidad, en este caso el estrechamiento del cilindro corporal podría proporcionar una ventaja doble: mejor termorregulación y menos gasto energético. Pero volviendo al símil del deporte los cromañones serían, gracias a sus largas piernas, buenos corredores, y también, dada la longitud de sus brazos, buenos lanzadores.

Los neandertales eran muy fuertes, y tenían su centro de gravedad bajo, por lo que sin duda habrían hecho un gran papel como judokas. Aparte de que serían buenos pilieres en un equipo de rugby y difíciles de placar en movimiento con el balón en las manos: ¡cualquiera para a un jabalí a la carrera!

Me queda un detalle para completar la descripción de neandertales y cromañones, que Kurtén supo expresar muy bien en este libro que tienes en las manos. Los neandertales habrían de ser necesariamente blancos porque en las latitudes altas se necesita toda la luz que pueda llegar hasta la dermis para producir vitamina D. De otro modo se padece el raquitismo, y los fósiles de los neandertales, o los de la Sima de los Huesos, no tienen precisamente escasez de calcio: todo lo contrario, sus paredes son mucho más gruesas que las de nuestros huesos de la cabeza o del cuerpo. Por eso Kurtén llama “los Blancos” a los neandertales.

En cambio, si hacía poco tiempo que habían llegado de África, los cromañones europeos serían negros, “los Negros” como los llama Kurtén, ya que en el Ecuador el peligro es el exceso de radiación solar, que puede producir cáncer de piel, y no su carencia. Pero pronto la selección natural aclararía la piel de los cromañones al eliminar a los individuos con problemas en el desarrollo (aparte de debilidad, el raquitismo complica mucha el parto de las mujeres al deformar la pelvis).


La lengua de los pájaros

Neandertales: planificando el ataque, acechando a la presaEn la comparación entre Los Otros y Nosotros me he dejado a propósito un cabo por atar, y ése es precisamente el más peliagudo: ¿cómo pensaban los neandertales? Naturalmente que no tenemos los paleontólogos modo alguno de mantener un diálogo con los fósiles, y la única forma posible de saber qué piensa y cómo piensa alguien (si es que piensa algo) es preguntándoselo directamente y analizando su respuesta. El lenguaje es el único modo conocido de penetrar en la mente de otro, y, de hecho, muchos neurocientíficos sostienen que sin lenguaje no hay “mente humana” posible. En otras palabras, los animales no tienen “mente humana” precisamente “porque no tienen palabras.” Jamás sabremos cómo piensa un perro porque no piensa como nosotros, es decir, utilizando conceptos. Teóricamente sería posible imaginar una “mente humana” no parlante, que sería desde luego muy autista, pero no es probable que hayamos tenido antepasados de esos. Quede claro que por lenguaje se entiende comunicación por medio de símbolos. Los símbolos son por naturaleza arbitrarios, lo mismo da que se trate de un sonido, de un gesto o de una palabra escrita. La razón por la que los perros no han creado ladridos arbitrarios (que naturalmente serían distintos en cada país) para expresar conceptos es que no tienen ideas en la cabeza.

En el mundo de la Prehistoria hay quien sostiene que los neandertales no eran conscientes, y que los únicos seres conscientes que ha producido la evolución en este planeta somos nosotros. La palabra consciencia, como la palabra mente (con la que a veces se asocia en la expresión mente consciente), es muy difícil de acotar. Pero a mí me sorprende la riqueza de modos de referirse al “comportamiento consciente” que existen en español: la consciencia es más un conjunto de comportamientos que una entidad. El comportamiento consciente es, por supuesto, voluntario, y por lo tanto puede ser objeto de juicio moral. He aquí algunas de esas expresiones, que se refieren todas a hacer algo: “a propósito, aposta, queriendo, deliberadamente, intencionadamente o con intención, adrede, a sabiendas, conscientemente”. Los niños antes de hablar y los animales domésticos no tienen comportamientos conscientes (o no nos lo parece), y si los castigamos por hacer alguna trastada lo hacemos para desacostumbrarlos y no porque creamos que orinar en la cocina sea una maldad; por eso nos cuesta ser severos: ¡pobrecillos, no saben lo que hacen (el perro y el niño)!

'Australopitecus garhi', quizás el primero de los homininos en consumir alimentos de origen animalPero ¿cómo podrían los neandertales cazar, organizarse, encender fuego o tallar utensilios inconscientemente? Bueno, responden los que no les atribuyen “mente humana”, todos los mamíferos sociales, como los lobos, los chimpancés y los delfines, pueden tener biologías sociales muy complejas sin ser conscientes de sus actos. Esos animales no tienen psicología sino etología y su comportamiento es instintivo o innato: es decir, programado por los genes y hereditario; se nace con un repertorio de pautas de conducta que se van activando a lo largo de la vida, de la misma manera que va cambiando el cuerpo. Incluso los insectos sociales como las abejas, las hormigas y las termitas tienen un comportamiento social muy elaborado y desde luego no piensan.

Y por otro lado, respecto de la cultura, los chimpancés y otros primates también la tienen, si por cultura se entiende la transmisión de hábitos entre generaciones por una vía diferente de los genes, la vía del aprendizaje. Los chimpancés han llegado a utilizar instrumentos para capturar insectos o incluso para partir nueces. Desde luego que tallar una piedra con tanta habilidad como lo hacían los neandertales es mucho más complicado que cascar una nuez usando una piedra plana como yunque y otra como martillo, pero romper una piedra golpeándola con otra no es algo tan diferente. Sólo se requiere un poco más de habilidad, pero no más sustancia gris. Por este procedimiento un homínido primitivo obtuvo hace unos dos millones y medio de años los primeros filos de piedra que le sirvieron para cortar la piel, la carne y los tendones de animales muertos, seguramente las últimas piltrafas de la carroña abandonada por carnívoros más poderosos. Si ese comportamiento de partir piedras entrechocándolas que produjo los primeros y toscos útiles pudo no ser consciente, ¿no sería también posible que los refinados instrumentos de los neandertales sólo fueran la máxima expresión del mismo tipo de comportamiento inconsciente? A fin de cuentas ¿existen saltos cualitativos o sólo pasos entre el chimpancé que parte un coco con una piedra, el homínido primitivo que fractura un hueso con una piedra similar para extraer el tuétano, y el neandertal que produce instrumentos en serie?

Espero haber actuado como un buen abogado del diablo, porque lo que yo creo no es eso, sino que los neandertales planificaban conscientemente la caza y la recolección, entendían el funcionamiento de los ecosistemas y eso les permitía anticiparse a los cambios estacionales, tallaban intencionadamente la piedra y enseñaban a hacerlo a sus hijos, y, sin duda, encendían fuego a sabiendas de lo que hacían. Muchos de sus actos eran, me parece, deliberados (naturalmente que algunos serían automáticos, pero es que tampoco nosotros tenemos que pensar para andar, tragar o respirar).

Pero aparte de los medios indirectos que proporciona la arqueología para investigar el comportamiento de los humanos fósiles, sean de nuestra especie o de otra, ¿qué puede hacer la paleoantropología en este terreno? La respuesta es que hay dos órganos implicados en el lenguaje, y de los dos quedan fósiles: uno es el cerebro y el otro el aparato fonador.

El cerebro es un órgano que como tal no se conserva nunca porque se pudre. Pero de él queda la impronta en el interior del cráneo. Ese hueco se llama endocráneo y reproduce, en negativo, la forma de los lóbulos cerebrales de los dos hemisferios, los vasos arteriales y venosos de las meninges, e incluso las circunvoluciones cerebrales. La cavidad endocraneal es un hueco, un no-fósil en realidad, pero se puede rellenar de alguna resina sintética y ¡voilà! reaparece el cerebro con el cerebelo (o mejor, su “espectro”).

Lo primero que podemos hacer con el encéfalo recuperado es calcular su volumen. En la evolución que nos ha llevado desde el primer homínido de hace unos seis millones de años hasta hoy se ha más que triplicado el tamaño del encéfalo. Claro que también nuestro cuerpo ha crecido mucho, porque empezamos no siendo más grandes que un chimpancé. Podemos elaborar de todos modos un cociente que relacione el tamaño del cerebro con el del cuerpo. Cuando una especie crece, unas partes lo hacen más deprisa que otras y en los mamíferos el cuerpo crece más deprisa que el cerebro: un ratón tiene un cerebro proporcionalmente mayor que un elefante. La materia gris es muy “cara” en términos de coste energético (es decir, gasto metabólico para producirla y mantenerla), y la naturaleza es muy avara. Por eso el elefante tiene exactamente el cerebro que necesita para resolver sus problemas y poner en movimiento su enorme corpachón, y ni un gramo más. Ahora que sabemos que el cerebro crece más despacio que el cuerpo, podemos eliminar matemáticamente este efecto y elaborar un coeficiente de encefalización que valga para cualquier especie de mamífero, no importa su tamaño.

Reconstrucción de la cavidad endocraneal del Cráneo 5 de la Sima de los HuesosAsí podemos ver cómo ha crecido el cerebro. En los primeros homínidos (todos ellos africanos) el coeficiente de encefalización no era mucho mayor que el del chimpancé actual (o el del delfín). Hubo un cambio pequeño al principio de la evolución del género Homo, y seguramente los primeros pobladores europeos eran ya bastante más inteligentes que los chimpancés. O, bien mirado, gracias a que ya estaban muy encefalizados fueron capaces de colonizar Europa y el Asia templada (el Asia tropical fue conquistada antes). Pero donde se aprecia una clara expansión del cerebro es en los antepasados de los neandertales, como los de la Sima, de hace 300.000 años, y en sus contemporáneos africanos antepasados nuestros. La encefalización creció luego en las dos líneas alcanzando valores muy parecidos, ya muy altos, en neandertales y cromañones. El promedio de capacidad craneal es en realidad mayor en los neandertales (¡sí!, tenían cerebros de tamaños superiores a los nuestros), pero como su peso corporal era también mayor la diferencia se compensa.

Algunos autores piensan que el crecimiento del cerebro en las dos ramas de la “V” indica que hubo flujo de genes entre las poblaciones europeas y africanas. Yo no lo creo así, porque el paralelismo es tan sólo aparente. Como dije antes, el modelo neandertal no es otra cosa que la “actualización” de un plan corporal antiguo para que realice mayores prestaciones. Por eso el cráneo seguía siendo bajo, y para acomodar un cerebro mayor tuvo que alargarse y ensancharse: exagerando mucho adoptó la forma de un balón de rugby. En cambio, el crecimiento cerebral de nuestra rama de la “V” se produjo también en altura y el cráneo se hizo esférico como un balón de fútbol: los neandertales y los cromañones “jugaban a diferentes deportes”. Por eso sabemos que se trata de dos evoluciones independientes, y sólo aparentemente paralelas.

Si el tamaño del cerebro no nos diferencia de los neandertales tal vez sí lo haga la forma. Visto desde fuera, el cráneo de cualquiera de nosotros debería sorprendernos por la altura de la frente si no estuviéramos tan acostumbrados a vernos las caras, y si no careciéramos de términos de comparación. Pero al lado de los otros homínidos que ha habido, incluidos los neandertales, nuestra frente vertical es una anomalía que nos da un aspecto infantil, como no dejó de observar Kurtén en la novela. Las crías de los mamíferos, y en especial las de nuestros “primos” los chimpancés, se caracterizan por tener una frente elevada y una cara acortada, mientras que en los adultos la frente se inclina hacia atrás, aparecen los refuerzos óseos sobre las órbitas y se proyecta hacia adelante la cara en un morro. Por eso el embriólogo Louis Bolk propuso en 1926 la original y desconcertante teoría de que el “Homo sapiens” no es otra cosa que un feto que ha crecido mucho y ha alcanzado la madurez sexual sin cambiar de aspecto. La teoría no se mantiene hoy en esos términos tan exagerados, pero no deja de ser muy sugestiva la idea de que hay algo de infantil en nosotros. Konrad Lorenz, el famoso etólogo y Premio Nobel, también encontraba rasgos infantiles en nuestro comportamiento adulto. El hombre sería un ser inacabado, que mantiene su curiosidad mucho más allá de la fase infantil de los juegos. Es esa curiosidad insaciable la que nos mueve a hacernos preguntas continuamente a los científicos, y a mí, particularmente, no me disgustaría ser un niño toda la vida.

Detrás de la pared ósea de la frente está el lóbulo frontal, que es muy importante en las funciones mentales más altas entre las superiores. Las lesiones que se producen en el lóbulo frontal no impiden el normal funcionamiento del cuerpo, pero afectan a algo muy impreciso que podríamos expresar como la personalidad. El sujeto que sufre daños en el lóbulo frontal o al que se le extrae quirúrgicamente una parte pierde iniciativa, motivación y capacidad de desarrollar proyectos. Por eso se practicaba antes la lobotomía frontal con criminales muy agresivos y peligrosos o pacientes con deseos irrefrenables de suicidio. Después de la operación no les quedaban, a unos y a otros, ganas de hacer nada.

La frente tan alta que tenemos, en comparación con la de los neandertales, nos podría hacer pensar que nuestro lóbulo frontal estaba también más desarrollado, y esa sería una bonita explicación para las diferencias que creemos advertir entre su comportamiento y el nuestro. Afortunadamente, la forma y el volumen de los lóbulos cerebrales se puede estudiar bien en los moldes endocraneales. Si la capacidad de soñar despiertos era inferior en los neandertales, a causa de su lóbulo frontal menos desarrollado, podríamos entender por qué nunca hicieron arte. Sin embargo, el misterio de los neandertales se resiste a ser desvelado, y los estudios modernos que se han hecho sobre el lóbulo frontal no demuestran ninguna diferencia importante, ni en tamaño ni en forma, entre ellos y nosotros. El contraste está en el lado externo de la frente, no en el interno.

El aparato fonador humanoSi en el cerebro no se encuentra ningún rubicón que separe a neandertales y cromañones, tal vez haya que buscar la diferencia en el lenguaje. De los sonidos que pronunciaban unos y otros no queda nada, pero algo fosiliza del aparato fonador, la “máquina” fisiológica que produce el habla. Lo que queda es, en pocas palabras, el “techo” del aparato fonador, que está formado por el paladar y la base del cráneo situada entre el paladar y el “foramen mágnum”, que es etimológicamente el “agujero grande” por donde pasa la médula espinal del interior del cráneo a la columna vertebral. Con el “techo” del aparato fonador se puede conocer la longitud de la cavidad oral, de la cavidad nasal y de la faringe. El otro elemento que fosiliza es el hueso hioides, que está relacionado anatómicamente con la laringe. Este hueso no articula con ningún otro, sino que está literalmente “colgado” de ligamentos y músculos. La laringe está más baja en los adultos de nuestra especie que en los de cualquier otro mamífero. De hecho nuestros niños, cuando son lactantes, tienen la laringe alta como la de los demás mamíferos, lactantes o adultos. El tener la laringe baja no es una ventaja para nada, excepto para hablar. Impide que podamos respirar mientras bebemos, y hace que sea más fácil atragantarse.

Hay pocas bases del cráneo completas en el registro fósil, y apenas ningún hioides, por lo que hasta ahora se ha especulado mucho sobre el tema, pero con poca “base” (nunca mejor dicho). En la Sima de los Huesos hemos encontrado un cráneo con una base del cráneo intacta, y dos huesos hioides, por lo que me puse, con mi colega Ignacio Martínez, a investigar el problema. Algunos autores decían que los neandertales no podían hablar como nosotros porque el “techo” del aparato fonador era muy largo. La razón de que fuera tan largo era, según ciertos autores, que la laringe estaba arriba, “pegada” a la base del cráneo por detrás del paladar. En realidad el “techo” del aparato fonador no es más largo en los neandertales que en los otros homínidos, exceptuando nuestra especie, en la que la cara se ha acortado (de delante a atrás), y también lo ha hecho, en consecuencia, el “techo” del aparato fonador.

Pero el esqueleto neandertal de Kebara, antes aludido, conserva el hueso hioides, y como su aspecto es moderno, aunque robusto, otros autores dijeron que la laringe estaba baja y que los neandertales sí podían hablar. Es verdad que el hioides moderno es muy diferente del de los chimpancés, y el hioides de Kebara, como los de Atapuerca, es plenamente humano.

Dos huesos hioides recuperados en la Sima de los Huesos (Atapuerca, España)Para no aburrir al lector con tecnicismos, le adelantaré las conclusiones a las que hemos llegado. Los neandertales, y la población de la Sima de los Huesos, tenían la laringe baja, y no es verdad que estuviera “pegada” a la base del cráneo. Pero por otro lado, el largo “techo” del aparato fonador impediría que pudieran articular los sonidos con tanta eficacia y rapidez con que lo hacemos nosotros. Pero es que nosotros tenemos una asombrosa capacidad para producir fonemas muy audibles y a gran velocidad. No encuentro mejor forma de describir nuestras habilidades fonéticas que como lo hace Kurtén en “La danza del tigre”. Los neandertales, que sí hablan en la novela, se sorprenden por la forma de hacerlo de los cromañones, y llaman a su habla “la lengua de los pájaros”, que ellos son incapaces de reproducir.

De todos modos, debo admitir que nuestras conclusiones sobre las capacidades fonatorias de los neandertales no son verdades absolutas, dada la dificultad del problema, aunque creemos que nuestras opiniones son más compatibles con las pruebas (aunque sean pocas e indirectas) que las de otros. Lo que es totalmente seguro, a nuestro juicio, es que el aparato fonador no podía ser totalmente como el nuestro, ni funcionar igual, porque la gran longitud del “techo” del aparato fonador no tiene discusión posible. La posición baja de la laringe que nosotros atribuimos a los neandertales (y a la gente de la Sima de los Huesos), ya es más discutible; pero si, como pensamos, la laringe ya había descendido, no se nos ocurre otra explicación para que lo hiciera que la de facilitar el lenguaje. Esa sería la ventaja adaptativa que compensaría los graves inconvenientes.

Tal vez en el lenguaje haya alguna forma de diferenciar las mentes de los neandertales de la de los cromañones. La nuestra es la única especie que se comunica por medio de símbolos; aunque se discute si los chimpancés tienen capacidad para manejar símbolos en el laboratorio, lo cierto es que nunca los usan en la naturaleza (lo que es muy significativo). Por eso los chimpancés tienen tradiciones, como vimos, y si se quiere se puede hablar de cultura de los chimpancés (y de otras especies animales) en un sentido muy amplio, pero sólo los humanos tenemos en la actualidad cultura en el sentido mucho más restringido de la transmisión de ideas y creencias entre generaciones. Para eso hace falta lenguaje.

Por medio de los símbolos se puede transmitir información pura, y el lenguaje matemático es el mejor ejemplo. Pero el lenguaje también vehicula emociones, lo que no hace el lenguaje matemático (por lo menos yo pertenezco a la categoría de los que no se emocionan con las integrales). Posiblemente no sea necesaria tanta habilidad como tenemos los humanos actuales para canalizar simplemente datos, y creo que manejamos con destreza la voz sobre todo para contagiar estados de ánimo, para seducir, para evocar, para sugerir, para convencer, para animar, para excitar, para amenazar, para compadecer, etc. ¿Cuánta información pura intercambiamos al día y cuánta información emocional? Somos maestros de la palabra, y en mayor o menor medida actores, y muchas veces es menos importante lo que se dice que cómo se dice. No es que los neandertales carecieran absolutamente de esta facultad, pero es concebible que no la tuvieran tan desarrollada, que no fueran tan buenos “vendedores”.

Si hubiera que definir de alguna manera nuestra mente, yo diría que es simbólico-emocional. Eso quiere decir que manejamos símbolos, que esos símbolos pueden ser palabras, canciones u objetos, y que asociamos emociones a los símbolos. Los símbolos encarnan de tal modo nuestros ideales, que verdaderamente llegan a suplantarlos.

Arte LevantinoEs posible que los neandertales no tuvieran el mismo tipo de mente, y que no utilizaran los símbolos para expresar emociones en la misma medida que nosotros lo hacemos. Por eso tal vez no desarrollaron el arte, aunque no se puede descartar que lo hicieran en soportes que no se conservan, como su propia piel. Pienso que los neandertales enterraban a sus muertos, pero dudo que formaran grupos étnicos. Imagino sus grupos más basados en la biología y en el parentesco que en las creencias compartidas y en los mitos comunes. Nuestra capacidad de transcender lo biológico a la hora de asociarnos es insólita en el mundo animal, y podría ser una peculiaridad exclusivamente “cromañona”. Que el cemento de unión entre individuos pertenezca al terreno de lo irreal, de lo imaginario, es, si se mira bien, delirante. ¿Pero qué son los grupos étnicos sino delirios, a veces buenos y en ocasiones malos, basados en el mundo mágico de lo que no puede experimentarse, de lo que es completamente inmaterial? Y así se da el caso de que nos unen más los mitos que los genes.


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