Atapuerca - Patrimonio de la humanidad

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Cuaderno de Arsuaga

HUESOS, TUMBAS Y REYES Jueves 29 de Mayo, 2008
Por Juan Luis Arsuaga
Publicado en El País Semanal

En una ocasión, pude estudiar al padre de Alejandro Magno, el también famoso rey Filipo II. No lo hice por dos razones: la primera porque los yacimientos de Atapuerca exigen toda la dedicación, todo el tiempo y todas las energías; la segunda razón, y la decisiva, es que aquel esqueleto finalmente resultó no ser el del padre de Alejandro Magno (o al menos eso sostiene un buen amigo mío). Pero estuve mirando en silencio largo rato los huesos quemados y sentí el vértigo y la fascinación de la Historia Clásica. Como le pasaría a cualquiera, me emocioné al pensar que podía estar delante del progenitor del gran hombre, a su vez otro gran hombre. Y esa emoción, después de todo, estaba justificada, porque aunque no eran los despojos del padre, eran los del hermanastro de Alejandro, Filipo III Arrideo, el último rey de la estirpe de los árgidas (el nombre y destino de esta casa real y más aún la de los atridas de las tragedias griegas de Edipo siempre me traen a la memoria el linaje de los atreides de la espléndida novela futurista Dune, de Frank Herbert). La historia, nuestra historia, fue así.

Antes del descubrimiento del Cráneo 5 de la Sima de los Huesos en Atapuerca, el cráneo más completo que existía de un fósil humano europeo de época anterior a los neandertales procedía de una cueva griega llamada Petralona, en la península de Calcídica. Esta región forma parte de Macedonia, y el nombre del país nos lleva directamente a Alejandro Magno. Filipo II (383-336 a.C.) era rey de Macedonia, y su hijo Alejandro (356-323 a.C.) también lo fue, aunque luego su reino se le quedase pequeño y conquistara un gran imperio antes de morir en Babilonia a los 32 años. No se sabe cuál fue la causa de su fallecimiento, si la malaria, la neumonía, algunas otras fiebres, el arsénico o una sucesión de orgías. Lo que es seguro es que no murió decrépito, ni aburrido, ni vencido por un enemigo humano. Pero volvamos al fósil.

El cráneo de Petralona no apareció en una excavación, sino que lo encontró un aficionado en 1960. Estaba englobado en una estalagmita y completamente solo, aunque hay quien dice que por la posición en la que se hallaba el cráneo, prácticamente “en el aire”, debió de haber yacido en el lugar un esqueleto entero, que los procesos geológicos antiguos destruyeron en la cueva, quedando el cráneo a salvo por estar protegido de la erosión por la formación calcárea. La cueva se estudió más adelante y se recuperaron fósiles de animales muy antiguos de varias épocas, tanto carnívoros como herbívoros. Sin embargo no hay forma de asociar el cráneo humano con los animales, y por eso la edad del fósil no puede establecerse con precisión en base a la fauna. Se ha intentado datar directamente por métodos físicos basados en isótopos radioactivos el resto humano, pero las dataciones sobre fósiles antiguos son siempre dudosas, sobre todo si se dispone exclusivamente de un individuo. Podemos, no obstante, intentar situar el ejemplar en el tiempo por los datos que el propio fósil aporta, es decir, por su morfología.

En un primer momento el fósil griego fue considerado un neandertal porque tiene una cara apuntada como en éstos. Pero luego resultaron evidentes sus rasgos arcaicos, sobre todo en la región del occipital, que proporciona mucha información sobre la evolución de los neandertales, y se le supuso pre-neandertal. En mi opinión pertenece al grupo arcaico del Pleistoceno medio europeo, en el que los rasgos neandertales están empezando a aparecer. A este grupo se le da el nombre científico de Homo heidelbergensis e incluye a los fósiles de la Sima de los Huesos en Atapuerca, que tienen unos 400.000 años. En el año 1992 encontramos el Cráneo 5 en la Sima, que desde entonces es el más completo de todos los cráneos de homínidos fósiles.

El fósil macedonio se custodia en la Universidad Aristóteles de Salónica, y allí me dirigí en 1996 con dos paleontólogas del equipo: Ana Gracia y Nuria García. Estudiamos el cráneo y lo comparamos con el de Atapuerca, o mejor, con los de Atapuerca, porque se han rescatado restos bastante completos de una docena de cráneos en la Sima. El profesor George D. Koufos nos enseñó también otro importante cráneo fósil macedonio, hallado cerca de Salónica, el del Ouranopithecus macedoniensis (o Graecopithecus freibergy como prefieren llamarlo otros). Éste es bastante más antiguo, de 9 a 9,5 millones de años. Para muchos especialistas se trata de un simio próximo al grupo que formamos los humanos con chimpancés y gorilas, pero que ocuparía una posición evolutiva anterior a que se separaran los linajes de chimpancés y humanos, y por lo tanto no puede ser considerado antepasado exclusivo de nuestra especie. Sin embargo, el investigador francés Louis de Bonis y el propio Koufos piensan que su posición en la genealogía de especies es posterior a la bifurcación chimpancés/humanos y que ya es un homínido, es decir un antepasado nuestro anterior a los más antiguos fósiles africanos de la línea evolutiva humana, como los australopitecos. De ser así nuestra cuna estaría en Europa en lugar de en África, y tendríamos quizás unos diez millones de años de historia geológica en lugar de seis o siete. No es mal sitio Grecia para tener la cuna, pero yo no estoy convencido.

Para ver los fósiles quedamos en Salónica con un colega y viejo amigo griego, Antonis Bartsiokas, a quien habíamos conocido durante su larga estancia en Londres. Tony es un experto en cuevas, y lo invitamos a acompañarnos en el campo varias campañas; hemos bailado con él sirtakis en los lugares más insospechados. La verdad es que nos ayudó mucho a entender la formación del yacimiento de la Sima de los Huesos y la geología de las cavidades aledañas dentro de la Cueva Mayor. Suya fue la idea de que los osos de la Sima, más de 170, que se acumularon sobre una treintena de cadáveres humanos se habían caído por accidente, como en otras muchas cuevas pasó con sus descendientes los osos de las cavernas. La Sima habría sido una trampa natural para los osos que hibernaban y merodeaban por ese sector de la Cueva Mayor, pero el origen de la acumulación de cuerpos humanos tendría que haber sido otro. Finalmente nos decidimos a postular que los cadáveres humanos habían sido depositados o dejados caer por otros humanos.

Después de terminar con el trabajo en la Universidad de Salónica visitamos la cueva de Petralona, que es una red kárstica espectacular que muchos turistas recorren. Como aún nos quedaba algún tiempo en Grecia, Tony nos propuso que nos acercáramos al Museo Arqueológico de Salónica, y allí, delante de los restos óseos del supuesto padre de Alejandro Magno, nos propuso que pidiéramos permiso para investigarlos. Como nosotros nos enfrascamos a la vuelta en nuestros estudios de fósiles, Tony llevó a cabo él solo el trabajo. Pero aquel día estábamos excitados y convencidos de que participaríamos en el proyecto. Por ello nos encaminamos muy ilusionados a la Tumba Real de donde procedían los huesos, situada en el término de Vergina.

Vergina es población de construcción moderna y está edificada en un lugar fuertemente vinculado al reino clásico de Macedonia. Por un lado, en la llanura, se encuentra el Cementerio de los Túmulos. Más arriba, en la colina, los arqueólogos han desenterrado las ruinas de la antigua ciudad de Egas, que había sido capital de Macedonia hasta que el rey Arquelao la trasladó a otro lugar llamado Pela en los primeros años del siglo IV antes de Cristo.

Visitamos las ruinas de Egas en primer lugar. Se conservan columnas y muros del antiguo palacio real y me habría gustado pensar que por aquellas losas que pisábamos corrió Alejandro Magno cuando era niño, bajo la atenta mirada de su madre Olimpia (375-315 a.C.), pero seguramente el palacio es algo más moderno, de finales del siglo IV, aunque es probable que hubiera un palacio anterior en el mismo sitio.

Como estábamos interesados en el padre especialmente, nos impresionó pisar las gradas, la orquesta y el escenario del cercano teatro. Podría ser exactamente el mismo de los tiempos de Filipo II y Alejandro, pero de no serlo por lo menos estaba en el mismo emplazamiento. Aquí, en una de sus dos entradas, fue asesinado Filipo II a la edad de 47 años por un capitán de su guardia llamado Pausanias, que estaba enojado con el rey porque éste no había reparado a su entera satisfacción una ofensa que había recibido de un general macedonio de nombre Atalo.

Se celebraban aquel infausto día los esponsales entre una hija de Filipo II y de Olimpia (llamada Cleopatra) y el rey de Epiro, Alejandro (hermano de Olimpia y por lo tanto tío de la novia). El historiador romano Quinto Curcio, en su “Vida de Alejandro Magno” (escrita en el siglo I de nuestra Era), cuenta que Pausanias vio a Filipo II solo y confiado a la entrada del teatro; había hecho pasar delante a sus acompañantes (entre los que se encontrarían los dos Alejandros, su hijo y su yerno) mientras que la guardia iba por detrás. Pausanias aprovechó la oportunidad para clavarle un puñal en el corazón al rey macedonio, antes de ser apresado. La instigadora del asesinato de Filipo II bien pudo haber sido su “ex” Olimpia, todo un carácter cuya biografía da para llenar kilómetros de estanterías de libros. En aquel entonces, a sus 39 años, estaba exiliada (por voluntad propia) en Epiro, su patria, después de haber perdido un año antes el rango de primera esposa, sustituida por una sobrina de Atalo de 15 o 16 años (llamada Cleopatra como su propia hija). Con esta boda la repudiada Olimpia ya no era reina, sino solo la madre del heredero al trono.

A la muerte de Filipo II, Alejandro fue proclamado rey de Macedonia. Se dice que mandó ejecutar a Pausanias sin interrogarlo previamente; tal vez tenía buenos motivos para no entrar en averiguaciones, por su bien o por el de su madre (aunque otras fuentes afirman que fue juzgado y condenado por un tribunal). También podría ser que la inteligencia que movió la mano de Pausanias fuera persa, porque Filipo II se proponía invadir ese imperio. Su asesinato lo impidió, pero Alejandro dejó claro muy poco después que el final de una era mundial había llegado y que otra comenzaba. Los persas se alegrarían sin duda de la muerte de Filipo II, pero difícilmente el padre habría resultado peor para sus intereses de lo que salió el hijo.

No muy lejos del palacio y del teatro se ha excavado en Egas un templo dedicado a la diosa Euclea en el que sin duda oraron Filipo II y Alejandro, porque su construcción es anterior a la muerte de los dos. Lo deja bien claro el pedestal de mármol de una estatua (desaparecida) que estaba situada junto al templo, estatua que fue ofrecida a Euclea por Eurídice Sirra, la madre de Filipo II. Es posible que la ofrenda a la diosa fuera hecha como agradecimiento por la victoria de Queronea, en Beocia, donde en el año 338 a.C. los macedonios, con Filipo II al frente, derrotaron a los atenienses y a los tebanos. La participación en la batalla de un joven Alejandro, con 18 años, fue decisiva comandando la caballería que arrolló a los tebanos. La ofrenda real del templo de Euclea, junto con la importancia del teatro y del palacio, son los argumentos más fuertes para identificar Vergina con la antigua Egas, que antes se situaba en Edesa.

Junto a la actual villa de Vergina, en la llanura, se elevan centenares de montículos de tierra, que forman el Cementerio de los Túmulos. Su estudio demostró que eran túmulos funerarios de la aristocracia y realeza macedonia. Cerca del palacio real de Egas visitamos una tumba macedonia muy bella (subterránea, pero curiosamente sin túmulo) de la primera mitad del siglo III a.C., que excavó en 1938 el arqueólogo griego K.A. Rhomaios. Desgraciadamente había sido expoliada, pero en 1977 el arqueólogo Manolis Andronicos excavó el túmulo más grande de todos, situado un poco al margen de los demás en el borde occidental del Cementerio, al otro lado de una carretera, y encontró una espléndida tumba que permanecía intacta. Poco antes Andronicos había descubierto en el mismo túmulo una tumba violada, llamada de Perséfone por la escena que representan las pinturas de su interior, y más tarde, en 1978, apareció otra tumba intacta, llamada del Príncipe, con un muerto en su interior.

En el Gran Túmulo hay dos monumentos más (excavados en 1980): una tumba semidestruida y las ruinas de un Heroon, un lugar para honrar a los muertos, quizás en particular al misterioso ocupante principal de la magnífica tumba encontrada intacta en 1977, un personaje a quien Andronicos identificó como Filipo II. Esta Tumba Real es muy hermosa, del tipo de tumba macedonia abovedada, con dos medias columnas dóricas y un espléndido friso pintado con escenas de caza en la fachada. Su contenido no desmerecía de la construcción porque era muy rico y de un gran valor arqueológico. Desde el exterior se llegaba a la puerta de la Tumba Real por un pasillo inclinado o dromos, excavado en trinchera. En los frescos de la fachada, con escenas de caza, Andronicos creyó identificar a Filipo II y al propio Alejandro Magno. La tumba presenta dos estancias, con un muerto en cada una de ellas. El esqueleto de la antecámara pertenecía a una mujer; el de la cámara principal, el que nos proponíamos estudiar nosotros, era de un hombre. Los huesos de cada uno de los muertos estaban dentro de un sarcófago de mármol, en una caja (o lárnax) de oro con el símbolo de Macedonia, el sol radiante, en la tapa.

El año de la construcción de la Tumba Real, crucial para la identificación del cuerpo, fue establecido arqueológicamente por Andronicos hacia el 336 a.C., fecha de la muerte de Filipo II. Además, y aquí interviene por primera vez la antropología, la edad de muerte probable del esqueleto (no hay ningún método seguro con individuos adultos y menos aún si han sido quemados) era compatible con la conocida para el padre de Alejandro Magno, y la edad deducida de la mujer de la antecámara también coincidía más o menos con la de Cleopatra, última mujer de Filipo II. A la muerte del monarca macedonio Cleopatra fue víctima del rencor de su rival Olimpia (recordemos, la anterior primera esposa de Filipo II y madre de Alejandro Magno), quien la mandó asesinar junto con su vástago Europe, una criatura de muy corta edad.

Otros arqueólogos, sin embargo, apuntaron hacia una fecha algo posterior y a un rey distinto para la Tumba Real: Filipo III Arrideo, hijo de Filipo II con una de sus siete parejas, la tesalia Filina. El problema para el antropólogo es que la edad de muerte de Filipo III no era muy diferente de la de Filipo II (aunque el hijo murió algo más joven que el padre), ni la edad de su esposa Eurídice de la de Cleopatra (si bien la primera también era más joven). A la muerte de Alejandro Magno, en el 323 a.C., Filipo III se convertía en rey de Macedonia, pero solo lo fue nominalmente. Y cómo no, detrás del asesinato de Filipo III en el otoño del año 317 a.C. y del suicidio forzado de su esposa Eurídice también estaba la ambiciosa Olimpia, la madre de Alejandro Magno. Con esta tremenda mujer, que tenía entonces 60 años, acabó Casandro (354-397 a.C.) en la primavera del año siguiente (316 a.C.). Conviene retener esta diferencia de fechas, de otoño a primavera, porque es importante para el desenlace de nuestra historia.

Filipo II fue un rey guerrero, muy bravo, que sufrió heridas verdaderamente graves en varias batallas, mientras que su hijo con Filina (Filipo III Arrideo), a diferencia del que tuvo con Olimpia (Alejandro Magno), no amaba el combate, o mejor dicho, se le describe como un “ingenuo” incapaz de grandes empresas (además de epiléptico), y no tendría en consecuencia marcas en el cuerpo. Por ahí se podía buscar la forma de identificar los huesos del ocupante de la cámara principal de la Tumba Real, y eso fue lo que hizo nuestro amigo Tony Bartsiokas.

La arqueología y la antropología son disciplinas a menudo entrelazadas, como en este caso. Resulta que en la cámara de la Tumba Real se encontró una serie de pequeñas esculturas de marfil representando cabezas humanas de poco más de 3 cm. Posiblemente formaban parte de la decoración de un mueble (un banco tal vez) que arruinó por completo el tiempo. Una de las cabezas parece ser la de Alejandro Magno, con su característico dinamismo, el cuello inclinado hacia la izquierda mientra la mirada se dirige un poco hacia la derecha, tal como aparece habitualmente representado. Otra de estas minúsculas cabezas fue identificada por Andronicos, según él sin margen alguno para la duda, como un retrato de Filipo II. Representa a un hombre maduro, con barba y la nariz algo torcida. El ojo derecho está más abierto que el izquierdo, y en la ceja derecha se aprecia un profundo tajo. Esa herida tendría que ser la que le causó una flecha en el asedio de Metone, donde Filipo II perdió la visión del ojo derecho (en el 354 a.C., o sea, 18 años antes de su asesinato).

En el cráneo del ocupante de la cámara principal de la Tumba Real algunos investigadores habían creído reconocer evidencias de una lesión traumática, en forma de un surco y de un callo óseo en el borde superior de la órbita derecha, herida que se correspondería con el flechazo de Metone y con la marca de la escultura. Pero nuestro amigo Tony Bartsiokas, por el contrario, identifica el surco con una estructura anatómica normal, llamada escotadura frontal. Más aún, en un abultamiento del reborde supraorbitario que había sido interpretado como signo de regeneración ósea después de un golpe, Bartsiokas reconoce un tubérculo no patológico habitualmente situado junto a la escotadura supraorbitaria (por donde pasa el nervio del mismo nombre).

El surco que Bartsiokas identifica como la escotadura frontal y que otros habían considerado traumático, corre de izquierda a derecha; o sea, que mirado el cráneo de frente se vería así: (/). Sin embargo el tajo de la escultura va de derecha a izquierda (\), ¡por lo que no puede ser el mismo!

También se había dicho que el cráneo presentaba asimetría facial como consecuencia de la alteración que la flecha habría producido en el lado derecho, pero no hay nada de esto. La deformación es producto del fuego y de una mala reconstrucción y no hay signos de actividad osteogénica, como respuesta a un trauma o a una infección, en parte alguna.

Filipo II también había sufrido lesiones importantes en otras partes del cuerpo, gajes del oficio de rey guerrero. Su clavícula derecha fue destrozada por una lanza en el año 345 o 344 a.C. y los últimos tres años de su vida cojeaba como consecuencia de una herida casi fatal que recibió en su fémur derecho (también sufrió otra grave en un brazo, no se sabe en cuál de los dos). Sin embargo el esqueleto post-craneal de Vergina no muestra traumatismos visibles.

Finalmente, podría argumentarse que todas las lesiones que afectaron a Filipo II, pese a su gravedad, no llegaron a tocar el hueso, y que por eso no se aprecian huellas en el esqueleto. Y aquí es donde hay que volver atrás para recordar un hecho importante. Mientras que Alejandro Magno ordenaría, como hijo y heredero al trono, quemar ritualmente el cuerpo de Filipo II al poco de morir éste asesinado, no es probable que Olimpia le rindiera tales honores a su víctima Filipo III, que sería enterrado sin gran ceremonia en el otoño del 317 a.C. Y bajo tierra permanecería hasta la muerte de Olimpia en la primavera siguiente a manos de Casandro. Por ello Filipo III sólo pudo haber sido quemado unos seis meses después de su asesinato.

Sin entrar en muchos detalles técnicos, hay formas de saber si un hueso largo (es decir, un hueso de las extremidades) ha sido quemado rodeado de carne, o una vez seco. En este último caso la alteración es mucho menor, y no se presentan las abundantes fracturas y retorcimientos que el fuego produce en el hueso fresco (debido a que éste aún conserva las fibras de colágeno). Y el estudio de las modificaciones originadas por la cremación en el esqueleto masculino de la Tumba Real lleva a Bartsiokas a la conclusión de que aquellos restos llevaban algún tiempo enterrados antes de que los quemaran, ya que el estado de conservación de los huesos largos es excelente, algo que jamás podría ocurrir si el cadáver hubiera sido quemado poco después del fallecimiento. Y por lo tanto, los restos tienen que ser de Filipo III.

Pero, a pesar de las pruebas antropológicas, es difícil admitir que a un rey tan desastroso e irrelevante históricamente como Filipo III le construyeran una tumba tan espléndida, y hay que reconocer que éste es un argumento poderoso a favor de que pertenezca al gran rey macedonio que fue Filipo II. Pero a veces la política produce comportamientos insólitos, y tal vez Casandro (que era de otra familia, la antipátrida) quisiera honrar con gran pompa al último de los reyes árgidas, el desgraciado Filipo III Arrideo, para legitimar así su propia ocupación del trono macedonio (primero como regente y luego como soberano).

Además, si es Filipo III el ocupante de la Tumba Real, los arqueólogos, y todos los que nos confesamos admiradores (a pesar de muchas cosas) de Alejandro Magno, podríamos recibir un inesperado premio: es posible que algunos de los objetos de la tumba hubieran pertenecido al propio Alejandro, y que su hermanastro los heredara después de la muerte del semidiós en Babilonia. Un consuelo hasta que la tumba de Alejandro, construida en Alejandría, Egipto, pueda ser localizada, si es que eso ocurre algún día.


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En fechas recientes, el estudio de los restos arqueológicos hallados en la tumba ha confirmado que podrían pertenecer a Filipo III. Más detalles sobre esta investigación puede encontrarse en el siguiente enlace: http://news.nationalgeographic.com/news/2008/04/080423-alexander-great.html


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