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Cuaderno de Arsuaga

GORILAS BAJO EL VOLCÁN Jueves 22 de Mayo, 2008 Por Juan Luis Arsuaga
Publicado en El País Semanal, el 3 de noviembre de 2002

¡Muraho! (hola), volcanes Virunga!.

Ruanda, el país de las mil colinas, empieza o termina en las cumbres de los volcanes Virunga, que son su frontera con la República Democrática del Congo y con Uganda. En esta tierra de nadie, o de todos, sobreviven a duras penas unos escasos centenares de gorilas de montaña. Se cumple ahora justamente, en este mismo mes, el centenario de su descubrimiento, y poco ha faltado para que la efemérides coincidiera con la fecha de su extinción.

El día 17 de octubre de 1902, el explorador alemán Oscar von Beringei cazó dos gorilas en el collado situado entre los volcanes Gahinga y Sabinyo. Enviados a Europa, fueron reconocidos como una subespecie nueva, Gorilla gorilla beringei, que perpetúa el nombre del explorador. Aunque el primer contacto con la ciencia y con el hombre blanco fue así de brutal, la salvación de los gorilas de montaña, si se consigue, se deberá en gran parte a la generosidad de una mujer blanca: la norteamericana Dian Fossey.

Esta mujer se entregó durante muchos años de su vida al estudio y la protección de los gorilas de montaña, hasta que cayó asesinada por los furtivos a golpes de machete una noche terrible de la última semana de 1985. Recuerdo que leí al poco un cartel en mi Facultad donde se decía: “Dian Fossey ha muerto” y se contaban los espantosos sucesos. Nunca supe quien lo escribió, pero me sorprendió entonces que hubiera alguien más que se interesase por los grandes monos en nuestro país. Las cosas han cambiado mucho, desde luego, y hoy no habría pasado sin pena ni gloria el trágico final de una persona tan extraordinaria.

Allí, en plena selva y rodeada de montañas y de gorilas, vivos y muertos, reposa su cuerpo. Pero por nada del mundo quisiera presentar a Fossey como la Madre Teresa de los gorilas (en todo caso se parecería, por su ardor guerrero, a Juana de Arco). Tuvo, por lo que me cuentan (yo no llegué a tratarla), un carácter endemoniado, y consideraba, dicen, a los gorilas de montaña como de su propiedad. El mundo académico, en los congresos y “meetings” en los que se discuten fríamente, desapasionadamente, objetivamente, los problemas de la conservación de las especies (teniendo en cuenta todos los intereses en juego, etc., etc.), la acusó de carecer de la necesaria flexibilidad: ya se sabe, a veces hay que hacer ciertas dolorosas concesiones, como cuando tuvo que entregar dos crías de gorila, que los furtivos habían dejado huérfanas, al zoo de Colonia (donde murieron con un mes de diferencia diez años después; ningún gorila de montaña ha llegado a reproducirse en cautividad: la tristeza los mata antes).

Dian Fossey, según algunos engolados catedráticos, habría cometido el error de implicarse emocionalmente en la defensa de los animales objeto de su estudio. Estos reproches me suenan demasiado: ya los he oído y padecido a propósito de la conservación de otras especies y de otros espacios. Siempre hay quien recomienda, desde un despacho, prudencia y distancia respecto del problema. O sea, un planteamiento más “inteligente” y menos pasional.

Tuve la suerte, en el mes de marzo de 2002 de poder entrar en contacto con los gorilas de montaña. A lo largo de unos días inolvidables me vi rodeado por esos colosos, pertenecientes a cuatro grupos distintos. Y ahora entiendo por qué la vida de cada uno de los gorilas era sagrada para Dian Fossey: los conocía personalmente.

Los gorilas habitan el bosque tropical africano, la selva húmeda. Los zoólogos han distinguido tradicionalmente varias poblaciones, o subespecies. Una es la del gorila de llanura occidental, otra es la del gorila de llanura oriental, y la tercera sería la del gorila de montaña. Modernamente se ha propuesto dividir la especie en dos: una para los gorilas de llanura occidental; la otra tendría a su vez dos subespecies: gorilas de llanura oriental y gorilas de montaña. Estos últimos viven en los Virunga (tal vez haya 700 ejemplares) y también en un enclave cercano (unos 300 individuos): el Bosque Impenetrable de Bwindi (bonito nombre, por cierto), que está en Uganda. Algunos autores piensan que la separación física entre ambas poblaciones de montaña (hay un valle que las divide) es tan antigua que ha dado ya lugar a dos subespecies diferentes. Pero no quiero enredarme en las complejidades de las clasificaciones zoológicas; lo importante es que quedan muy pocos gorilas de montaña, y que su pérdida sería irreparable.

El gorila de montaña es de mayor tamaño que los otros, y su pelaje más largo y más negro. Un macho promedio pesa unos 160 kg, y una hembra 100 kg. En un claro del bosque, con un fondo de árboles cubiertos de líquenes que parecen las barbas de una multitud de druidas, envueltos en la niebla, con el pelo reluciente por la lluvia, los gorilas de montaña son uno de los mayores espectáculos que la naturaleza puede depararnos en este planeta. En su libro “Gorilas en la niebla”, Dian Fossey describe a un macho, que observó tranquilamente sentado, como un “buda negro”, y no cabe expresar mejor la sensación de paz y armonía completa con el universo que irradian esas formidables y a la vez tan sosegadas criaturas.

 Un día, Javier Trueba, el creador de la “imagen” de Atapuerca, me dijo: “por fin tendremos la oportunidad de conocer a los gorilas de montaña. Ya no hay guerra y he conseguido permisos para trabajar un buen número de jornadas. Estaremos nosotros solos, sin turistas, con los gorilas”. Filmar, en buenas condiciones de trabajo, los gorilas de montaña era un sueño largamente acariciado por Javier, y que se había frustrado por culpa de la guerra civil que asoló Ruanda después de la monstruosa matanza de tutsis y hutus moderados de 1994 (más de un millón de personas, a machetazo limpio, en tan solo cien días).

La inolvidable experiencia que viví en Ruanda fue también posible, en gran parte, gracias a Juan Pablo Moreiras, fotógrafo y director creativo de “Fauna y Flora International”, una de las tres organizaciones internacionales que participan en el Programa Internacional de Conservación de los Gorilas. Juan Pablo es además el autor de las fotografías de este reportaje. Mi papel en esta pequeña expedición era el de guionista del documental que quería realizar Javier Trueba sobre los gorilas de montaña. Con nosotros venía también la doctora Nuria García, especialista en carnívoros fósiles, que colaboraba en el rodaje.

Los gorilas de los Virunga viven entre los 2.500 y casi los 4.000 metros de altitud, y se mueven entre varios pisos de vegetación. Hasta por encima de los 3.000 metros sube un bosque montano en el que dominan dos especies arbóreas: la “Hagenia”, de gran porte (hasta 20 m de altura) y retorcidas formas, siempre cubiertas de líquenes, musgos y orquídeas; y el “Hypericum”, un árbol menos voluminoso de flor amarilla. En algunas laderas, sobre todo en las cotas más bajas, en lugar del bosque hay una masa de bambúes, tan densa que no permite que la luz llegue al suelo y crezca otra planta. En la temporada en la que salen los brotes del bambú (de mediados de octubre a mediados de enero), los gorilas sienten marcada apetencia por ellos.

Por encima del bosque y de los bambúes crecen dos plantas que alcanzan el porte de arbustos: la “Lobelia”, de tallos desnudos rematados por un penacho de hojas alargadas y estrechas, que florece en forma de una larga espiga; y el “Senecio”, de tronco leñoso y muy ramoso. En los volcanes de más de 3.600 metros se puede ver una vegetación de aspecto alpino, dominada por céspedes y musgos.

En un día libre decidimos ascender al volcán Bisoke, de 3.711 m, cuya cumbre es un cráter con un lago en el centro. Por razones de seguridad, ésta es la única ascensión que se ofrece a los visitantes. Durante toda nuestra estancia en los Virunga nos llovió bastante, pues coincidió con la época húmeda, pero aquel día el cielo se desplomó sobre nuestras cabezas. La subida ya era bastante dura, y encima el suelo se convirtió en un barrizal. En nuestras latitudes, los caminos que ascienden a las montañas suelen tener revueltas, para suavizar la pendiente, pero la subida a este volcán, un verdadero cono, se hizo, para mi desesperación, por la vía directa: ni dos pasos de desplazamiento en horizontal, manteniendo la cota, para recuperar fuerzas como solemos hacer por aquí. En lo alto del Bisoke soplaba un viento helado y había una niebla cerrada que nos impidió ver el cráter y su famoso lago. Pero a pesar de las inhóspitas condiciones ambientales encontramos excrementos de gorila: ellos habían pasado antes por allí.

La dura subida al Monte Bisoke, santuario del gorila de montaña (Ruanda)La alimentación de los grandes monos, en general, es vegetariana e incluye frutos carnosos, aunque solo cuando están maduros, y partes verdes y tiernas de las plantas, como hojas, yemas, capullos, tallos, etc. Pero algunas especies se inclinan más hacia las frutas, como los chimpancés, y se les llama por eso frugívoras, y otras prefieren la “verdura”, y se las conoce como folívoras. Los gorilas son folívoros, y dentro de los gorilas los de montaña son el caso extremo, porque en sus ecosistemas no hay apenas frutos.

Los gorilas de montaña viven literalmente sumergidos en comida, sobre todo cuando se instalan en un calvero del bosque, que la lluvia y el sol convierten en un mar de clorofila. Como tienen todo el alimento al alcance de la mano, los grupos de gorilas se desplazan muy poco para procurarse el sustento: entre medio kilómetro y un kilómetro en promedio al día. El número de especies vegetales consumidas es muy amplio, en torno a las cuarenta, pero no todas son igualmente importantes en la dieta, porque hay tres que representan las tres cuartas partes de la biomasa total. La más importante, con diferencia, es una liana pegajosa, llamada científicamente “Galium” (se trata de un género que tiene muchas especies, algunas de las cuales, por cierto, viven en España); en algún grupo de gorilas puede representar más de la mitad de la dieta. Los gorilas separan estas lianas con mucho cuidado y luego las enrollan con gran delicadeza antes de llevárselas a la boca.

La vida de los gorilas discurre en grupo; se trata de animales muy sociables, pero con un tipo de organización particular, que no es la nuestra. Las hembras suelen tener su primera cría sobre los diez años, y los intervalos entre nacimientos son de algo menos de cuatro años. Durante los tres años de lactancia, las hembras no ovulan. Cuando los jóvenes de sexo masculino se convierten en plenamente adultos, y su dorso empieza a platearse, cosa que sucede sobre los 14 años, suelen abandonar el grupo para intentar hacerse con hembras propias; en uno o dos años ya tendrán la espalda completamente cana. La alternativa es permanecer en el grupo familiar como macho subordinado y tratar de copular con alguna hembra sin que lo advierta el macho dominante que, desde luego, no lo toleraría. Si el grupo es muy amplio, esta opción oportunista es mayor.

El vínculo de unión entre los diferentes miembros del grupo, el cemento que los mantiene juntos, es el macho de espalda plateada, que es además quien toma la iniciativa en los desplazamientos. Los lazos entre las hembras son mucho más débiles, de modo que cuando un grupo pierde a su líder se desorienta y se dispersa. El macho dominante garantiza además la supervivencia de las crías lactantes frente a otros machos. Por cruel que pueda parecernos, la sustitución de un macho de espalda plateada por otro comporta el infanticidio de las crías habidas con el primer macho. Este comportamiento favorece a los genes del segundo macho, ya que las hembras, una vez privadas de su lactante, reanudan inmediatamente su ciclo ovárico y vuelven a estar en condiciones de reproducirse con el nuevo jefe del grupo.

Es una lógica terrible, sin duda, pero es la única que permite explicar el infanticidio en ésta y en otras muchas especies sociales. La conclusión es que, en contra de lo que se había dicho tantas veces, el comportamiento de los animales no se orienta al “bien de la especie”. ¿A quién favorece entonces? En el caso de los gorilas, los machos han invertido mucha energía y mucho tiempo en hacerse muy grandes y fuertes, y tienen generalmente su primer hijo más tarde que las hembras; no lo harán hasta después (a veces mucho después) de convertirse en machos de espalda plateada. Por eso no pueden perder el tiempo esperando que una hembra que ha dado a luz hace poco vuelva a ovular, y acaban con la vida del hijo de otro macho. No se trata de un comportamiento excepcional, sino que, de hecho, el infanticidio representa el 37% de la mortalidad infantil en la población de gorilas de los Virunga. La situación de la hembra es otra muy diferente: ella ha invertido mucha energía y tiempo en la gestación y lactancia de la cría, y su muerte representaría una oportunidad perdida de tener un hijo, o mejor, de transmitir sus genes. En cada hijo, el padre y la madre contribuyen cada uno con la mitad de los genes.

Aquí se puede ver que, en ciertas situaciones, los “intereses” de los machos y de las hembras no coinciden, ya que a la hembra le conviene, obviamente, que su hijo siga con vida, pero al nuevo jefe del grupo no. El razonamiento nos podría llevar más lejos, por caminos interesantes pero tortuosos, porque hay científicos que piensan que la conducta está manejada totalmente por los genes, que solo “buscan” perpetuarse, y tienen sus propios “intereses”. En todo caso, una vez que el nuevo líder tiene hijos con las hembras del grupo, los intereses genéticos de ambos sexos coinciden y desaparece el infanticidio. Vuelve entonces a convenir a los intereses de las hembras con lactantes la permanencia en su puesto del nuevo macho reproductor.

Pero toda descripción de la conducta de los gorilas, como sucede con los chimpancés, y (por qué no) también con los humanos, peca siempre de un exceso de rigidez. Unos animales tan inteligentes como los grandes monos (y como nosotros) son mucho más flexibles, y por lo tanto más imprevisibles. Y además, cada individuo tiene su propia forma de hacer las cosas; es lo que, en nuestro caso, llamamos personalidad.

El primer científico que estudió, en profundidad, a los gorilas de montaña ha sido George Schaller, quien llegó a acercarse mucho hasta ellos. Pero fue Dian Fossey quien verdaderamente estableció contacto con los gorilas, descubriendo, echándole mucho valor al asunto desde luego, que las espectaculares cargas de los machos de espalda plateada son puras exhibiciones sin verdadero propósito de hacer daño. Si uno se somete a la autoridad del gran macho, y no lo reta ni huye, no se pasa verdadero peligro. ¡Pero ay si se le da la espalda y se corre!

Gorila macho de espalda plateada en los Montes Virunga (Ruanda) Así le fue posible a Dian Fossey habituar a los gorilas a su presencia, y de este modo llegó a conocerlos uno por uno, estableciendo, inevitablemente, lazos afectivos con los animales. De la misma manera, aguantando al principio las cargas de los machos de espalda plateada, es como guardas arrojados como François Birigimana han habituado en Ruanda a cuatro grupos de gorilas al turismo: Sabinyo (11 individuos), Amahoro (18 individuos), Susa (37 individuos) y Grupo 13 (9 individuos). El de Susa es un grupo extraordinariamente grande, con cuatro machos de espalda plateada y cuatro machos de espalda negra (en esta última categoría se suele incluir a los que tienen entre 8 y 12 años). En el grupo Sabinyo hay dos espaldas plateadas. En Amahoro hay dos espaldas plateadas y dos espaldas negras, y en el Grupo 13 uno de cada. Nosotros tuvimos la oportunidad de frecuentar los cuatro grupos, y de conocer a los gorilas a nivel individual.

Estos gorilas han llegado a ser verdaderamente populares entre los guardas que se ocupan de su protección y que acompañan a los turistas, e incluso entre la población de las aldeas circundantes. En el grupo de Amahoro, por ejemplo, que recibe ese nombre por ser el del macho dominante, todos admiran la fuerza y la corpulencia del joven macho Charles, que está a punto de convertirse en un completo espalda plateada. Nos dicen los guías que ya ha copulado con alguna hembra en las mismas narices del jefe, sin que éste se atreviera a importunarle. Se esperan grandes cosas de Charles en el futuro, y ojalá no le pase nada y lo veamos. Y es que la vida de los gorilas es lo bastante larga (puede con suerte acercarse a los cincuenta años), como para que sus vidas se entrelacen con las nuestras.

En el libro de Fossey “Gorilas en la niebla” hay una foto de Poppy, de cuando contaba solo nueve meses de edad, saltando sobre la espalda de su madre Effie, de quien era el quinto hijo. Nosotros hemos podido ver a Poppy, formando parte del grupo Susa, convertida en una espléndida hembra de 26 años, que ha tenido cuatro crías. Estaba muy pendiente de la última, nacida en noviembre de 2001. Una hembra puede llegar a tener, con suerte, ocho crías a lo largo de su vida.

El inquieto Pablo, a quien vio nacer en agosto de 1974 Dian Fossey, es hoy el jefe de una familia. Según Fossey, “para Pablo, las normas existían para quebrantarlas”; como nos ha sucedido a muchos humanos, ahora es un padre responsable celoso del buen comportamiento de sus hijos.

¿Cómo no desvivirse por la suerte de los gorilas que uno ha visto crecer, superando tantas dificultades? ¿Cómo no sentir simpatía por el macho Kajoliti., del grupo Susa, que perdió su mano izquierda en una trampa para búfalos (como las que nos encontramos nosotros, porque desgraciadamente se siguen poniendo)? Ahora tiene ocho años y medio, y empieza su edad adulta, aunque todavía está lejos de alcanzar la categoría de espalda plateada. ¿Qué será de Kajoliti el día de mañana? ¿Llegará a formar su propio grupo? Quizás tenga suerte, pensábamos en Ruanda, porque Impanga, una hembra de 11 años del grupo Susa, con el pie izquierdo amputado y la mano derecha paralizada, había sobrevivido y ya tenía una cría macho de dos años, Bibisi. Pero tal vez Kajoliti esté en inferioridad de condiciones cuando tenga que luchar con otros machos. El tiempo lo dirá, porque entre los gorilas no solo cuenta la fuerza para imponerse, sino también la iniciativa y el coraje.

¿Cuantos más gorilas caerán en trampas, o les ocurrirán cosas aún peores? El 9 de mayo de 2002, es decir, al poco de marcharnos nosotros, dos hembras que conocimos en el grupo Susa fueron asesinadas para hacerse con sus crías. Una era Muraha, de 26 años, a quien Fossey había puesto ese nombre, que es el de un volcán que hizo erupción el día de su nacimiento. Un acontecimiento tan señalado auguraba un gran destino para Muraha, pero lo truncó el hombre. A su lado se encontró, viva, su cría de 13 meses Ubuzima, que pudo ser rescatada. La otra hembra muerta era la pobre inválida Impanga, una presa fácil, pero su cría Bibisi había desaparecido, se supone que raptado.

Los últimos refugios de gorilas de las montañas, en los volcanes Virunga, están cercados por los cultivos de patatas y de pelitre (una margarita de cuyas flores se saca un polvo que se usa como insecticida). La única oportunidad que les queda a los gorilas para preservar su hábitat y salvar su existencia es que produzcan beneficios económicos al país en forma de turismo. En este mundo de hoy en día, hasta los gorilas tienen que trabajar para ganarse el derecho a vivir.

 Amahoro, el nombre de un gorila dorsicano y de su grupo, significa “la paz”, y de verdad que se necesita que se firme por fin paz entre los hombres y la naturaleza, en Ruanda y en el resto del planeta. Los gorilas cumplen, en el campo de la protección de la vida, el papel de buque insignia, como lo hacen otras especies cuya conservación, por diversas razones, le preocupa al ser humano. Mientras ellas sigan existiendo, su hábitat permanecerá poco alterado y tendrán un lugar bajo el sol formas de vida menos atractivas para nosotros, los señores (o mejor los tiranos) de la naturaleza. De alguna manera son el paraguas que protege a todo un complejo mundo. Y sin necesidad de irse a Ruanda, tenemos en nuestro país algunas de esas especies buque insignia.

Cierta jornada de las que pasamos en los Virunga, vino uno de los guías a preguntarme si había montañas como las suyas en mi lejano país. Le respondí orgulloso que las teníamos espléndidas, cubiertas las cumbres de nieve en el invierno, de pastos verdes en el verano. Quiso entonces saber si albergaban gorilas. Le contesté que no, pero que teníamos osos. Y él, rápido, me preguntó: “¿y están ya habituados al turismo?”. “Me temo que no”, le contesté. “¿Quién cuidará entonces de ellos?”, me interrogó preocupado.

¡Murabeho! (adiós), volcanes Virunga! Ojalá sigáis siendo por siempre jamás el hogar de los budas negros.


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