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Cuaderno de Arsuaga

DOS MUNDOS, DOS HISTORIAS Viernes 14 de Enero, 2011
Por Juan Luis Arsuaga
Publicado en la revista Club Gourmet de El Corte Inglés (Diciembre 2011)

La historia de la Biosfera se puede dividir en dos grandes etapas. La primera, larguísima, de 3.800 millones de años aproximadamente (no hace falta ser demasiado preciso con una cifra tan astronómica). La segunda, cortísima, pero muy importante. Hace diez mil años empezó la agricultura y la ganadería en serio, y los granjeros, andando el tiempo, acabarían por transformar el planeta con sus cultivos y sus pastos. Luego vendrían los metales, las ciudades, la escritura, las civilizaciones, la industria, la contaminación, el calentamiento global y casi siete mil millones de personas alimentándose de cereales, legumbres, verduras, tubérculos, frutos tiernos y secos, animales domésticos y los últimos peces “salvajes”, como dicen en los restaurantes de postín.

En estos diez mil años de modificación de la biosfera por el ser humano han ocurrido cosas buenas y cosas malas. Me refiero a nuestra especie, obviamente, porque a las demás especies del planeta (y son muchas) en general les han ocurrido solo cosas malas. Sentimos nostalgia de la prehistoria, cuando éramos tan libres y tan felices. Y lo que es mejor: guapos, atléticos y muy creativos. Nuestros antepasados de la época de Altamira sabían pintar, qué duda cabe, y dominaban el arte de la escenografía. Aprovechaban las cuevas, los roquedos al aire libre y quién sabe que otros “espacios escénicos” naturales para realizar su portentosa magia, que ha perdurado hasta nosotros y cada día nos asombra más. Seguro que además tenían tiempo para hablar y para contarse historias. Su literatura oral debía de estar a la altura de sus capacidades para las artes plásticas. A cambio, pasaban hambre y frío y pocos llegaban a abuelos. Y lo que es peor, muchos de sus hijos se morían antes de darles nietos. Su alimentación era natural, claro, y variada, además de saludable, es decir, sin demasiadas grasas ni glucosa, porque los animales del bosque son magros y los frutos dulces contienen poco azúcar.

La comida se empobreció luego, porque los granjeros disponían de poca variedad de recursos. Y se hizo menos saludable: demasiada fécula y demasiada grasa (los animales domésticos están muy gordos). Además, necesitaban recipientes de cerámica para poder cocinar los alimentos y hacerlos digeribles: nadie se come los garbanzos, las judías, las patatas, el trigo, el arroz o el maíz crudo. Pero entonces ocurrió algo fantástico. Toda la creatividad que habían demostrado los cazadores y recolectores se aplicó a la alimentación y surgió un arte y una nueva fuente de placer: la gastronomía.

Alegrémonos de ello y disfrutemos de los beneficios de los dos mundos: el de los “salvajes” y el de los granjeros. Comamos rico, pero sano. Caminemos por la naturaleza, pero sin destruirla, conservándola para las futuras generaciones. Gocemos del arte y de la lectura. Y, desde luego, busquemos el tiempo necesario para hablar tranquilamente con los amigos, con los hijos y con los nietos. Salud a todos, buenos alimentos y feliz digestión. Y recuerden, no hay nada más saludable que la risa.


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