Atapuerca - Patrimonio de la humanidad

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Localización

Marco físico y geológico

La Sierra de Atapuerca se encuentra en el Corredor de la Bureba, un corredor estratégico entre las cuencas del Duero y el Ebro En el norte de España, en la Meseta septentrional, se encuentra la Sierra de Atapuerca, un pequeño cerro de 1.085 m de altitud máxima, que se localiza a unos 15 km al Este de la ciudad de Burgos. La Sierra está rodeada por los ríos Pico, Vena y Arlanzón. Esta sierra forma parte de las últimas montañas del Sistema Ibérico, separada del borde meridional de la Cordillera Cantábrica por un corredor tectónico (conocido como el 'Estrecho de Burgos') que enlaza las depresiones terciarias de la Cuenca del Duero y la del Ebro, dos de los mayores ríos de España, constituyéndose en un paso natural de penetración hacia el interior de la Península Ibérica. Asímismo se sitúa en una encrucijada biogeográfica donde confluyen influencias climáticas mediterráneas, atlánticas y continentales, propiciando la coexistencia de una gran variedad de especies de flora y fauna y la presencia de un ecosistema (con gran diversidad de biotopos), que fue aprovechado por diferentes grupos humanos a lo largo del tiempo.

La Sierra de Atapuerca corresponde tectónicamente a un anticlinal tumbado con vergencia NE y de dirección ibérica NNW-SSE que se desarrolla en rocas calizas del Cretácico superior (entre 80 y 100 millones de años) de origen marino. En los bordes de la Sierra, apoyándose sobre las capas inclinadas de este anticlinal, aparecen materiales de edad terciaria (entre 25 y 5 millones de años) de origen continental, formados por conglomerados calizos y arcillas rojas del Oligoceno, sobre los que se superpone, más o menos horizontalmente, una secuencia litológica de margas, arcillas, yesos y paquetes calizos y margosos, propios del ambiente lacustre de la Cuenca del Duero.

A finales del Plioceno e inicios del Pleistoceno el río Arlanzón comienza a excavar su valle fluvial, que presenta un perfil escalonado con 15 niveles de terrazas, fuertemente asimétrico a su paso por la Sierra de Atapuerca, cuya cumbre resaltaría apenas cincuenta metros sobre su terraza superior.

Ecosistemas actuales

La situación geográfica de la Sierra de Atapuerca y su altitud determinan la existencia de un clima continental atenuado por la cuantía de las precipitaciones y por la influencia mediterránea. La combinación del factor climático con el de la naturaleza del sustrato (con un horizonte calcáreo y suelos poco profundos en la Sierra) dan lugar a una cubierta óptima natural que se define como bosque subesclerófilo. Está cubierta no supera por lo general los cuatro metros de altura. Se compone mayoritariamente de encinas ('Quercus ilex') salpicadas por grupos de quejigos ('Quercus faginea'), que proliferan en aquellas zonas en las que aparecen suelos más profundos. El encinar se extiende por las laderas de la vertiente suroeste, dejando ver algunas zonas aclaradas, debidas en la mayoría de los casos a la presencia de la roca caliza en las capas más superficiales del terreno.

El páramo castellano (derecha) y la Sierra de ATapuerca (izquierda) se encuentran aproximadamente a la misma altura Entre las especies de arbustos que crecen en las lindes de los claros o calveros podemos encontrar el espino de tintes ('Ramnus sexatillis'), madreselvas ('Lonicera etrusca' y 'Lonicera splendida'), el majuelo ('Crataegus monogyna'), el escaramujo ('Rosa canina') y en menor medida endrinos ('Prunus spinosa') y jazmínes silvestres ('Jasminum fruticans'). También aquí aparecen plantas herbáceas como: 'Thimus cinereum', 'Heliantemum hirtum', 'Teucrium polium', 'Lavandula latifolia', viuda silvestre ('Knautia arvensis'), alcachofa borriquera ('Onopordon acanthium'), etc. En las cotas superiores de la Sierra las encinas se disponen formando rodales, que van dejando ganar terreno a una vegetación de escaso porte, formada por tomillos ('Thimus szigis'), lavandas ('Lavandula pedunculata') y aulagas.

La Sierra de Atapuerca está rodeada por campos de cereales que permanecen roturados durante el invierno y en los que se plantan mayormente trigo y cebada. Son terrenos ácidos, con un desarrollo profundo, generados por el río Arlanzón. Sobre aquellos terrenos que permanecen en barbecho durante todo el año, proliferan desde la llegada de la primavera algunas especies de herbáceas oportunistas, como 'Bromus' y mostacillas.

La acción del Rio Arlazón ha dado forma a las cuevas y a los depósitos que en ellas se encuentran desde hace más de un millón de años Otro ecosistema cuya presencia marca de manera importante a la Sierra es el que se desarrolla en la ribera de río Arlanzón. A lo largo del mismo encontramos un bosque de galería mixto, formado por povedas y sauzales. Los árboles que lo forman son el alamo negro ('Populus nigra'), el álamo temblón ('Populus tremula') y varias especies de sauces ('Salix neotricha', 'Salix alba' y 'Salix fragilis'). El río forma algunas islas cuyos tamaños y formas cambian dependiendo de las crecidas anuales. En ellas crecen carrizales, formados por varios tipos de espadañas ('Thipha latifolia', 'Thipha dominguensis', y 'Tipha angustifolia') y carrizos ('Phragmites australis'), mezclados con diversas clases de juncos: 'Scirpus lacustris', 'Scirpus maritimus', 'Juncus implexus', 'Juncus conglomeratus'. En la orilla, los chopos y los sauces se mezclan con claros en los que crecen pastizales, helechales y juncales. Aquí podremos encontrar escaramujos ('Rosa canina'), mentas ('Mentha longifolia') y rodales de tréboles ('Trifolium repens'). Estas zonas aclaradas se ven favorecidas por la utilización ganadera que se da sobre todo en los meses de verano, así como por el uso lúdico que los habitantes de Ibeas de Juarros hacen del río Arlanzón al paso por su localidad. En algunos puntos de la ribera aparecen además pequeñas manchas de olmos, muy mermadas debido al virulento ataque de la grafiosis.

Un paseo desde el río Arlanzón hasta la Sierra de Atapuerca

En el río Arlanzón habitan un gran número de especies que frecuentan de forma habitual este ecosistema. En sus aguas podemos ver nadar truchas ('Salmo trutta') que se alimentan de un buen número de invertebrados acuáticos o voladores que se posan sobre la corriente del río. También podemos encontrar a la culebra de agua, o culebra de collar, ('Natrix natrix') que es otro de los depredadores de este ecosistema.

Paseado por la orilla podemos reparar en que saltan algunas ranas comunes ('Rana perezi') a nuestro paso, y podremos ver volar sobre las ramas de los árboles a los zarceros ('Hippolais poliglota'), mosquiteros ('Phylloscopus collybita') y bandadas de gorriones comunes ('Passer domesticus'). Algunos de los pájaros del río son difíciles de ver, pero se hacen escuchar con cantos potentes y continuos. Es el caso del ruiseñor bastardo ('Cettia cetti'), que se esconde entre la densidad de sauces y zarzas, o del trepador azul ('Sitta europaea'), al que se escucha reclamar desde la rama de alguno de los chopos que recorren la ribera del Arlanzón. También es éste el ambiente de las lavanderas ('Motacilla alba'), de las pollas de agua ('Gallinula chloropus'), más fácilmente visibles en las zonas en donde el río pierde fuerza, y de los andarríos chicos ('Actitis hypoleucos'), que recorren las orillas escondidos entre los carrizos.

A poca distancia del río Arlanzón está el pueblo de Ibeas de Juarros. Al atravesar sus calles para iniciar la subida a la sierra de Atapuerca nos encontramos con grupos de gorriones durante todo el año. Pero a partir del mes de marzo el cielo del pueblo se llena de golondrinas ('Hirundo rustica'), vencejos ('Apus apus') y aviones comunes ('Delinchon urbica') que anidan en los tejados de las casas.

Si dejamos las calles de Ibeas, y seguimos el camino hacia la Sierra, entramos en un pequeño bosque adehesado de robles melojos ('Quercus pirenaica'). Durante los meses de invierno este pequeño robledal se llena de zorzales ('Turdus phylomenos'), bandadas de jilgueros ('Fringilla coelebs') y de pardillos ('Carduelis cannabina'), petirrojos ('Erithacus rubecula') y mirlos comunes ('Turdus merula'). Las ramas de los árboles que forman el borde del robledal son las elegidas por las lechuzas ('Tyto alba') para acechar a los pequeños roedores durante la noche, y por los ratoneros comunes ('Buteo buteo') durante el día.

Entramos ahora en los campos que rodean a la Sierra: durante el invierno podemos encontrarnos con bandos de perdices rojas ('Alectoris rufa'), avefrías ('Vanellus vanellus'), chovas piquirrojas ('Pyrrhocorax pyrrhocorax'), grajillas ('Corvus monedula'), cornejas negras ('Corvus corone') y urracas ('Pica pica'). Los pequeños invertebrados y los granos de cereal que han quedado en el terreno, son el alimento de todas estas especies. Durante el invierno los aguiluchos pálidos ('Circus cyaneus') hacen vuelos rasantes en busca de micromamíferos y pajarillos despistados. Luego, en primavera, viajarán hacia el norte de Europa para criar, pero en su lugar podremos observar a una especie hermana, el aguilucho cenizo ('Cyrcus pygargus') que llega desde África para anidar en la protección que le brindan los campos de cereal.

La primavera supone la llegada de otras especies que junto al aguilucho cenizo cruzan el estrecho de Gibraltar. Veremos a la tarabilla norteña ('Saxicola rubetra') , al alcaudón común ('Lanius senator'), o escucharemos el canto de las codornices ('Coturnix coturnix'). Estas especies junto a trigueros ('Miliaria calandra'), verderones ('Carduelis chloris'), calandrias ('Melanocoripha calandra'), alondras ('Alauda arvensis') y cogujadas comunes ('Galerida cristata'), son las habitantes más comunes de las áreas cultivadas. Al atardecer podemos sorprender a algún grupo de corzos ('Capreolus caprerolus'), saliendo de la vegetación espesa que tapiza la Sierra para comer entre los sembrados, o al mochuelo ('Athene noctua') posado sobre las piedras que agrupan los agricultores al roturar los campos.

En primavera, verano y parte del otoño, podremos ver sobrevolando los campos al águila calzada ('Hieratus pennatus') y al águila culebrera ('Circaetus gálicus'). Pero hay otros depredadores que habitan durante todo el año la Sierra y sus alrededores, como son el zorro ('Vulpes vulpes') o el cernícalo vulgar ('Falco tinnunculus').

Tunel en el trazado del ferrocarril minero que recorría la Sierra de Atapuerca El camino nos lleva hasta el antiguo trazado del ferrocarril minero. Siguiéndolo en dirección noroeste vamos acercándonos cada vez más a las laderas de la Sierra, hasta que al encontrarnos con un claro nos adentramos en la roca caliza de la montaña. En este claro se puede escuchar al ruiseñor común ('Luscinia megarynchos'), una de las aves más difíciles de ver, aunque con un canto llamativo y especialmente bello. Si miramos hacia la derecha, encontraremos la entrada de la Cueva del Silo. Aquí ha sido visto en alguna ocasión el búho real ('Bubo bubo'), seguramente habitante habitual de alguna de las paredes calizas que han quedado en la Sierra fruto de la explotación de la piedra. El camino nos conduce al interior de la trinchera del ferrocarril. Los cernícalos vulgares crían dentro de la trinchera, pero no son los únicos, pues grajillas y chovas piquirrojas forman sus nidos en las numerosas grietas y oquedades de las paredes.

Dentro de la trinchera paseamos por un camino jalonado por madreselvas, majuelos, heléboros ('Helleborus viridis'), esparragueras y escaramujos. Entre ellas veremos al petirrojo ('Erithacus rubecula') y al colirrojo tizón ('Phoenicurus ochruros'). Las dos especies permanecen todo el año en la Sierra, y se mueven entre los arbustos que crecen en sus caminos y pequeños claros.

En el interior de la Trinchera del Ferrocarril de la Sierra de Atapuerca (Burgos) Desde la trinchera del ferrocarril sale un camino que, atravesando el bosque de encinas y robles, asciende a lo más alto de la Sierra. Entre la densidad de las encinas son frecuentes los carboneros comunes ('Parus major'), herrerillos comunes ('Parus caeruleus') y el mirlo común ('Turdus merula'). En ocasiones nos sorprenderán las palomas torcaces ('Columba palumbus') al salir desde la espesura o descubriremos al arrendajo común ('Garrulus glandarius'). Entre la vegetación que cubre la Sierra se refugian algunas especies difíciles de observar por sus hábitos nocturnos, como el jabalí ('Sus scrofa'), el zorro ('Vulpes vulpes') o la garduña ('Martes foina'), aunque sus huellas y rastros son fácilmente observables. Algunos claros del encinar están formados por pedregales que provienen de antiguas canteras de roca caliza. Es el lugar en el que se refugian algunas especies de lagartos, como el ocelado ('Lacerta lepida'), y lagartijas como la ibérica ('Podarcis hispanica'). Además podemos encontrarnos con la víbora aspid ('Vipera aspis'), que no suele alejarse mucho de estar zonas de pedregal y matorral bajo. Otras especies de reptiles que podemos encontrar en la sierra son la culebra viperina ('Natrix maura') y la culebra lisa meridional ('Coronela girondica').

El camino nos conduce entre encinas y robles hasta el alto de la Sierra. Allí la vegetación cambia. El encinar pasa a agruparse en rodales, unidos por zonas cada vez más extensas de tomillos, lavandas y aulagas.

IMG_IZQ]135[/IMG_IZQ] Desde las comarcas que rodean a la Sierra llegan algunas especies que pueden observarse a lo largo de nuestro recorrido. Procedentes de los paredones calizos del río Arlanza (al sur), o de los desfiladeros de Pancorbo (al norte) llegan grupos de buitres leonados ('Gips fulvus'). También podemos ver de forma fugaz, el paso de algún ejemplar de halcón peregrino ('Falco peregrinus)' venido desde las zonas antes mencionadas.

LOS ECOSISTEMAS PLEISTOCENOS DE LA SIERRA DE ATAPUERCA

El Pleistoceno: un mundo inestable

El Pleistoceno es el periodo de la historia de la Tierra que va desde hace 1.600.000 años hasta hace unos 10.000 años y se caracteriza fundamentalmente por que en él ocurrieron una serie de cambios climáticos cíclicos que afectaron a todo el planeta, aunque sus efectos fueron mucho más drásticos cuanto más al norte nos encontramos.

Estos ciclos responden a la alternancia de dos tipos de etapas climáticas: las glaciares y las interglaciares. En los periodos interglaciares el clima era muy similar al que tenemos actualmente, pero en los periodos glaciares la temperatura media del planeta descendía varios grados, de tal manera que los casquetes polares incrementaban mucho su extensión, especialmente en el hemisferio norte, y como consecuencia el nivel del mar bajaba, e incluso la distribución de las lluvias se veía afectada. Por ejemplo, en Norteamérica el hielo cubría todo el norte hasta llegar a sobrepasar los Grandes Lagos y los desiertos del sudoeste eran bastante más húmedos que en la actualidad.

El cuaternario: sus periodos temporales y culturales, las variaciones de temperatura y las glaciaciones En Europa los ciclos glaciares dejaron una profunda huella. Cuando comenzaba un periodo glaciar los hielos cubrían durante todo el año buena parte de Gran Bretaña y Escandinavia y también lo que hoy son los Países Bajos y el norte de Alemania. En esas zonas de desierto polar la vida era casi imposible. Más al sur, en Centroeuropa, el hielo desaparecía durante la primavera y el verano, pero el frío eran tan intenso y el clima tan árido que los árboles no podían sobrevivir, y el paisaje quedaba cubierto por inmensas estepas. Aún más al sur, en las penínsulas Ibérica, Itálica y Balcánica el clima era más suave, aunque también diferente del actual. Allí había zonas donde los bosques podían refugiarse del frío, como laderas orientadas al sur, cañones o barrancos, que los protegían de los fuertes y helados vientos. Incluso en zonas más abiertas los árboles más resistentes como los pinos, cipreses, o sabinas podían formar bosquetes o bosques abiertos, auqnue mezclados con vegetación de tipo estepario.

La vegetación

Las oscilaciones climáticas ocurridas durante el Pleistoceno provocaron cambios en el entorno natural, dando lugar a distintos ecosistemas que han podido ir siendo reconstruidos a partir del registro fósil hasta llegar a hacernos una idea bastante aproximada de los distintos paisajes que, a lo largo de este tiempo, se desarrollaron en la Sierra.

El registro fósil que se utiliza para estudiar la vegetación de momentos pasados en la Sierra de Atapuerca es el polen, y los yacimientos que lo proporcionan son Gran Dolina y Galería. Entre ambos cubren un amplio periodo de tiempo que va desde el final del Pleistoceno inferior, hace aproximadamente 900.000 años, hasta el final del Pleistoceno medio, hace unos 200.000 años.
Conviene aclarar que en la Gran Dolina los niveles se numeran de abajo arriba, en contra de lo que suele ser habitual; pero al estar el yacimiento cortado por la trinchera del ferrocarril, la estratigrafía del yacimiento está a la vista y, por lo tanto, no hay que esperar a excavarlo todo para conocerla y numerar sus niveles.

En la parte baja de la secuencia de Gran Dolina, en el nivel TD4, hace unos 900.000 años, encontramos un porcentaje elevado de polen de árboles en el que dominan los robles y las encinas/quejigos (hasta el momento no se ha podido precisar la especie), junto con polen de olivo silvestre. Lo que nos puede dar idea de que se trataba de un medio boscoso con una vegetación de carácter mediterráneo, aunque con características particulares dado que también aparecen especies propias de climas más húmedos como hayas, nogales y abedules. Además se encuentra polen de pinos; pero este dato es más difícil de ponderar, ya que estos árboles polinizan por medio del viento, y esto hace que, aunque se encuentren a muchos kilómetros de distancia, la concentración de su polen en el aire sea siempre alta.

En el siguiente nivel, TD5, el porcentaje de polen de árboles es algo menor, y en él desaparecen las especies propias de climas más húmedos, aumentando la importancia de las encinas/quejigos, lo que nos indica que el clima era probablemente más seco que en el periodo anterior.

El nivel TD6 nos sitúa hace unos 800.000 años, y corresponde a una transición desde una etapa glaciar a un interglaciar. Así, su parte inferior presenta un porcentaje bajo de polen de robles y de encinas/quejigos mientras que abundan las cupresáceas (sabinas y enebros), típicas de ambientes áridos y fríos, pero van disminuyendo según se asciendo por este nivel. En la parte superior de TD6, el estrato Aurora donde aparecieron los restos de 'Homo antecesor', las cupresáceas ya están muy poco representadas, y aparecen especies de clima mediterráneo como el acebuche o el lentisco ('Pistacia').

En el nivel TD7 la proporción de polen de árboles es moderadamente alta, y dominan, como siempre, los robles y las encinas/quejigos. Además aparecen mezcladas especies de clima mediterráneo, como el olivo y la vid silvestres, con otras de clima húmedo como las hayas.

En TD8, hace unos 600.000 años, nos encontramos con un paisaje diferente, marcado por la importancia que adquieren las especies de clima templado y húmedo, como castaños, hayas y abedules.

Por último, en TD10, hace unos 350.000 años, existe una elevada proporción de polen de árboles, pero dominada por los pinos, lo que nos lleva a interpretar que el clima era frío pero más seco que en los niveles inferiores.

Para continuar nuestro recorrido en el tiempo debemos cambiar de yacimiento y pasar a considerar la secuencia de Galería. Las unidades inferiores, GI y GII, no contienen polen suficiente para llegar a ninguna conclusión, pero sí la unidad GIII, datada en unos 340.000 años antes del presente. El paisaje en esta época está una vez más dominado por encinas/quejigos y robles, aunque en la parte inferior hay mayor abundancia de robles. Junto a ellos aparecen, sobre todo en la parte inferior del nivel, otros árboles como hayas, avellanos, castaños, fresnos o sauces. El último periodo del que tenemos información palinológica está representado en la unidad GIV, en torno a 150.000-200.000 años. Aquí desaparecen las especies de bosques más húmedos y aumentan las de carácter mediterráneo, como el acebuche, el lentisco o la madreselva ('Lonicera').

De lo hasta ahora expuesto se podría concluir que el paisaje del entorno de Atapuerca sufrió a lo largo del Pleistoceno inferior y medio cambios correlacionados con las etapas glaciares-interglaciares. La naturaleza de estos cambios está bien representada en TD6, donde se puede observar que, en la Sierra, los cambios de un periodo glaciar a un interglaciar, aunque acusados, no eran tan drásticos como en latitudes más septentrionales. De hecho no se constata que en ningún momento llegue a desaparecer la vegetación, ni siquiera el estrato arbóreo, lo que ocurre es que se instalan especies más resistentes al frío y a la aridez como las cupresáceas (sabinares y enebrales) en detrimento de las mediterráneas, que exigen temperaturas más altas.

El paisaje en general ha estado dominado en esta época, por las encinas/quejigos y los robles, y las variaciones se han manifestado, fundamentalmente, en la proporción y variedad de especies acompañantes. En unos casos eran especies de clima templado y húmedo, como hayas, castaños, o nogales, y en otros momentos el equilibrio se desplazaba a favor de las especies más mediterráneas, menos tolerantes del frío pero más adaptadas a la aridez, sobre todo en verano (acebuche, lentisco). En ocasiones extremas los robles y las encinas/quejigos se veían relegados a zonas de refugio y el paisaje era dominado por estepas arboladas con sabinares y enebrales. Se podría inferir de esto que durante este período las formaciones vegetales que se sucedieron en la Sierra de Atapuerca, tanto en los períodos más fríos como en los más cálidos, probablemente fueran bastante similares a algunas de las que actualmente se distribuyen por la península Ibérica.

El polen

El estudio del polen contenido en los sedimentos ayuda a reconstruir paisajes ya desaparecidos. En el caso de Atapuerca se estudia el polen contenido en el interior de las cuevas. Allí llega arrastrado por el viento, impregnando el pelo, o incluso en el estómago, de algunos animales. Su dura cubierta externa hace que resista todos estos procesos y se incorpore a los sedimentos. Una parte del polen que encontramos en el sedimento procede de egagrópilas, que son bolas de pelos, plumas y huesos que las rapaces forman en su aparato digestivo con los restos indigeribles de sus presas y que luego expulsan por la boca. Estas aves se suelen posar siempre en los mismos sitios; si el lugar elegido es una rama próxima a la abertura de una cueva, el número de egagrópilas que pueden acumularse en el interior de la cavidad en muy poco tiempo es muy elevado.

Desgraciadamente, las cuevas no son el mejor lugar para que se conserve el polen porque el ambiente, demasiado oxidante, acelera su destrucción. Las mejores secuencias estratigráficas con polen se encuentran en sedimentos de lagos o en turberas, que son ambientes reductores, lugares donde no hay oxígeno, pero Atapuerca no cuenta con yacimientos de este tipo. Aún así la información obtenida es suficiente para poder reconstruir las tendencias básicas de la evolución del paisaje a través de los cambios en la vegetación a lo largo del Pleistoceno.

Además, en el caso de algunas plantas, aunque tengamos muy pocos granos de polen, su simple presencia nos proporciona información significativa sobre el clima del momento. Por ejemplo, en el caso del acebuche ('Olea europaea'), nos asegura que el clima no podía ser muy frío, ya que esta especie, típicamente mediterránea no tolera bien las heladas. No obstante, la interpretación de los datos polínicos no consiste simplemente en constatar la presencia de determinadas especies, sino también en comparar las distintas frecuencias de cada una de ellas y su variación a lo largo de una secuencia. En particular es muy indicativa la producción de polen de árboles frente a otras especies, o la presencia de plantas herbáceas propias de medios esteparios, como las chenopodiáceas.

Un problema añadido es que en muchos casos los granos de polen no pueden identificarse a nivel específico, y debemos conformarnos con conocer el género. Por esta razón hablamos de la presencia en un determinado nivel de encinas/quejigos y de robles sin poder llegar a mayor precisión.

La fauna

Como hemos visto, si nos paseáramos por la Sierra de Atapuerca en el Pleistoceno, su paisaje no nos resultaría extraño. Cualquier persona que haya viajado actualmente por la península Ibérica reconocería esa vegetación y recordaría haber visto paisajes similares. Sin embargo, no podríamos decir lo mismo de los animales con los que nos encontraríamos. Leones, jaguares, tigres de dientes de sable, o hienas, competirían con los homínidos para dar caza o carroñear los restos de rinocerontes, bisontes, ciervos gigantes, elefantes, o incluso hipopótamos.

Extensión de los hielos en Europa durante la última glaciación Al igual que el paisaje cambió a lo largo del tiempo, también variaron los animales, los mamíferos en particular, que habitaban la sierra de Atapuerca y su entorno inmediato, pero no de forma cíclica. Esto supone una clara diferencia respecto a lo que ocurre en el resto de Europa, donde puede hablarse de una 'fauna glaciar' y una 'fauna interglaciar' compuesta por especies diferentes y que se suceden paralelamente a los cambios en el clima y la vegetación. Durante los periodos glaciares las especies que no podían sobrevivir en las frías estepas centroeuropeas, como gamos, hipopótamos o jabalíes, desaparecían de esas regiones y aparecían especies adaptadas a condiciones frías, que en los interglaciares viven muy al norte, como zorros árticos, renos, rinocerontes lanudos y mamuts. En Atapuerca sólo podemos hablar de dos conjuntos faunísticos que se suceden en el tiempo, pero que no representan la adaptación a dos climas extremos, sino una variación en las especies presentes debido a cambios evolutivos y migraciones. El fósil guía que marca esta división es una rata de agua que se extinguió hace poco más de medio millón de años, 'Mimomys savini', que fue sustituida por una especie ('Arvicola cantianus') ya muy próxima a las ratas de agua actuales. Por lo tanto, todos los fósiles que aparecen junto a la primera especie son anteriores al medio millón de años y los que aparecen asociados a la segunda, posteriores.

Los tres yacimientos en los que se ha trabajado más hasta la fecha son Gran Dolina, Galería y Sima de los Huesos. Sabemos que hay fósiles más antiguos y más modernos en otras cuevas de la Sierra que se están prospectando en la actualidad, y con las que se espera ampliar el registro: la Sima del Elefante tiene los niveles más antiguos, y las del Mirador y Cueva Mayor en su Portalón de entrada, los niveles más modernos. En la Gran Dolina se encuentra 'Mimomys savini' desde el tercer nivel hasta la parte inferior del octavo, lo que supone unos ocho metros y medio de espesor de sedimento que abarca un lapso temporal que va desde hace casi un millón de años hasta hace algo más de medio millón de años (los dos primeros niveles son estériles).

En colores claros, la distribución máxima del mamut lanudo en Eurasia durante la última glaciación La fauna de grandes mamíferos que habitaba en la época antigua la sierra de Atapuerca era muy variada y espectacular a nuestros ojos. En cuanto a los herbívoros, había entonces grandes rinocerontes de dos cuernos de la especie 'Stephanorhinus etruscus', jabalíes, caballos, bisontes de largas patas, ciervos y gamos. También había megaceros primitivos y mamuts. En TD7 aparecieron las patas traseras de un buey almizclero, pariente de la especie actual; en esta época los almizcleros todavía no se habían adaptado a los ambientes periglaciares, y habitaban en zonas de pastos próximos a bosques. Además habría hipopótamos nadando en el río Arlanzón y sus afluentes, allí donde los castores hacían sus diques.

Además del castor, entre los roedores recuperados en los niveles más antiguos de la Gran Dolina hay otras dos especies de gran tamaño que merecen que nos detengamos un momento en ellas. Empezaremos por el puerco espín ('Hystrix refossa'). Las especies actuales más próximas a él habitan en climas cálidos en África y Asia, aunque fue un taxón frecuente en el Pleistoceno europeo, sobre todo en lugares y momentos cálidos. El tercer gran roedor de Atapuerca es la marmota, que por el contrario vive en ambientes fríos, en los prados alpinos por encima del piso forestal, e hibernan en sus madrigueras. Es posible que vivieran en la Sierra cuando atravesaba un momento más frío, entre hace 600.000 y 900.000 años.

'Homotherium latidens', un tigre de dientes de sable,  fue uno de los grandes depredadores del Pleistoceno Inferior y Medio de Atapuerca Veamos ahora quiénes eran los cazadores en aquellos antiguos ecosistemas. Dejando, por el momento, aparte la discusión del lugar de los homínidos en las redes tróficas, el depredador máximo era un gran félido de dientes de sable, el 'Homotherium latidens'. Este gran gato tenía un tamaño comparable al del león y unos enormes caninos superiores (los colmillos), curvados y con los dos bordes finamente aserrados. Aunque desapareció de las regiones más occidentales de Europa hace poco menos de medio millón de años, sus primos de la especie 'Homotherium serum' sobrevivieron en América hasta el final de la Edad del Hielo. Estos poderosos animales podrían dar muerte a presas mucho mayores que ellos, incluso mamuts jóvenes.

Otro gran félido de la época más antigua de la sierra de Atapuerca era el jaguar europeo, la 'Panthera gombaszoegensis', que se extinguió hace unos 400.000 años. Su talla era inferior a la del homoterio, pero superior a la de un leopardo (es decir, como la de un jaguar americano moderno). Un felino aún más pequeño, cuyos restos también se encuentran en los niveles inferiores de la Gran Dolina, es el lince. Los leones debieron aparecer en Europa por primera vez hace unos 600.000 años, y poco después desaparecieron los homoterios del continente (parece probable que ambos compitieran por el puesto de depredador máximo de los ecosistemas). Parece pues que había felinos de todas las tallas en los ecosistemas de la Sierra de Atapuerca (probablemente tampoco faltaban los gatos monteses). El homoterio representaba la más grande de todas.

Entre los cánidos, se han encontrado restos de dos especies: 'Vulpes praeglacialis', un antepasado del zorro ártico que todavía no estaba adaptado a los ambientes periglaciares, y 'Canis mosbachensis', un lobo de pequeño tamaño, no mucho mayor que el chacal moderno. Este lobo se hizo grande, convirtiéndose en la especie actual de lobo, hará unos 300.000 años.

Cráneo de hiena manchada ('Crocuta crocuta') de TD4 (Atapuerca) Los niveles inferiores de la Gran Dolina han proporcionado los restos más antiguos de Europa de hiena manchada ('Crocuta crocuta'), un carnívoro social y poderoso competidor de los humanos, tanto en la caza como en el aprovechamiento de las carroñas. Con unas piezas dentales especializadas, las hienas manchadas podían acceder al tuétano de los huesos de los grandes herbívoros.

Se han encontrado también en estos niveles bajos de la Gran Dolina numerosos restos de oso, pertenecientes a una especie nueva creada a partir de estos fósiles. Se trata de 'Ursus dolinensis'. Este primitivo úrsido representa al ancestro del oso de las cavernas y se sitúa muy próximo al antepasado del oso pardo.

Los depósitos posteriores al medio millón de años también contienen gran número de fósiles. Entre los herbívoros sigue habiendo caballos, gamos, ciervos, megaceros, bisontes y rinocerontes. Por la escasez de material hay problemas para asignar los fósiles de bisonte a una especie determinada: podrían ser 'Bison schoetensacki', el llamado bisonte de bosque, o 'Bison priscus', el bisonte de estepa, de mayor tamaño. Algunos de los restos de bovinos encontrados podrían pertenecer al uro ('Bos primigenius'), e incluso al búfalo acuático, hoy en día sólo asiático pero que llegó a habitar Europa. Es difícil distinguir entre las diferentes especies de bovinos a partir de huesos sueltos del esqueleto.

En esta época había rinocerontes de la especie 'Stephanorhinus hemitoechus'. Se trataba de un rinoceronte que pastaba en las estepas, y se encuentra en Europa durante mucho tiempo junto con una especie de rinoceronte de mayor tamaño, el rinoceronte de Merck ('Stephanorhinus kirchbergensis'). Este último era realmente impresionante, con una altura de hasta 2'5 m que no alcanzan ninguna de las especies actuales. Ambos rinocerontes estaban adaptados a los climas templados y desaparecieron del centro de Europa al comenzar la última glaciación, es decir, en el tiempo de los neandertales. En los yacimientos de Atapuerca sólo se han encontrado hasta la fecha restos de elefante en la Gran Dolina (uno indeterminado) y en la Sima del Elefante (que recibe por eso tal nombre).

Entre los roedores de gran tamaño, se siguen encontrando marmotas y puerco espines (aunque de otra especie: 'Hystrix vinogradovi').

Atapuerca foto Javier Trueba. Mandíbula de León ('Panthera leo') procedente del nivel TG11 del yacimiento de Galería La asociación de carnívoros de la Sima de los Huesos incluye numerosas especies. La mejor representada es un antepasado del oso de las cavernas ('Ursus deningeri'). Hay también lobos y zorros, así como linces de la línea evolutiva del lince ibérico y gatos monteses. Se encuentran también leones y un enigmático resto de felino, un fragmento de metatarsiano (hueso del pie) que por su tamaño podría corresponder a un leopardo o a un jaguar europeo. Es decir, hay felinos de cuatro tallas diferentes en la Sima. Unos pequeños carnívoros casi siempre olvidados son los mustélidos, que están representados en este yacimiento por cuatro especies: dos grandes, del tipo marta o garduña y tejón, otra pequeña, como la comadreja o el armiño y una mediana, el turón.

En el yacimiento de la Galería se han encontrado además restos de cuón. Sorprende la ausencia de hienas en la Sima de los Huesos, en la Galería y en lo que se lleva excavado hasta la fecha de los niveles superiores de la gran Dolina. Se baraja la idea de que quizás los humanos compitieran con ellas y las ahuyentaran de la Sierra de Atapuerca, o al menos que su presencia fuera muy reducida. Tal vez antes no pudieran con las hienas, y por eso se encuentran en los niveles más viejos de la Gran Dolina, posiblemente porque los humanos eran entonces escasos, peor organizados o permanecían poco tiempo en la comarca. Sin embargo, las hienas son abundantes en la Península Ibérica en épocas posteriores a las de los yacimientos mencionados. Como hipótesis, podría pensarse que los humanos pasaron a ser más cazadores y menos carroñeros, con lo que el nicho ecológico por el que competían humanos y hienas (más carroñeras y menos cazadoras) quedó para estas últimas.

Mandíbula de perro jaro ('Cuon alpinus') del yacimiento de la Galería (Atapuerca) El caso de las aves es significativamente diferente al de los mamíferos. En primer lugar porque las especies que vivían en el Pleistoceno eran prácticamente las mismas que podemos encontrar en Europa hoy en día, y no se puede hablar por tanto de cambios evolutivos o extinciones, como ocurre con los mamíferos. En TD6 abundan las especies propias de espacios abiertos, las que hoy encontramos en páramos o en las estepas cerealísticas de la península Ibérica, como la alondra ('Alauda arvensis'), la cogujada ('Galerida cristata'), o la calandria ('Melanocorypha calandra'). También aparecen especies que hoy no podemos encontrar en la península Ibérica como la alondra cornuda ('Eremophila alpestris'), que habita en Finlandia y el Cáucaso. Junto a estas especies aparecen otras firmemente ligadas a aguas continentales, como la cerceta ('Anas crecca') o la aguja colinegra ('Limosa limosa') que evidencian la existencia en el entorno de lagunas o zonas palustres. Precisamente las anátidas y las limícolas son muy abundantes en la unidad GIII de Galería, donde encontramos ánade real ('Anas plathyrhyncos'), cerceta carretona ('Anas querquedula'), ánade silbón ('Anas penelope'), polluela pintoja ('Porzana pusilla'), agachadiza real ('Gallinago media'), agachadiza común ('Gallinago gallinago') y charrancito ('Sterna albifrons'), entre otros. Esta abundancia de aves ligadas a ríos y lagunas nos indican la existencia hace unos 350.000 años de importantes humedales en el entorno, si bien también encontramos en GIII aves tan típicamente esteparias como la avutarda ('Otis tarda').

De la lista de especies fósiles puede deducirse, por una parte que hubo una extraordinaria diversidad animal y vegetal en la Sierra de Atapuerca en todo el Pleistoceno, y por otra que la alternancia de ciclos climáticos, como ya se apuntaba al principio, no alteró mucho la composición faunística de este entorno. Este último hecho tampoco es demasiado extraño en sí mismo ya que, en general, los mamíferos, y en particular los grandes mamíferos, son especies muy plásticas que pueden adaptarse bien a cambios de la magnitud de los que ocurrieron en la Sierra a lo largo del Pleistoceno.

Asta de ciervo del nivel TD10 de la Gran Dolina (Sierra de Atapuerca) La mejor explicación para la enorme riqueza de especies y la relación entre ellas sería, probablemente, la coexistencia de una gran variedad de hábitats que ofrecerían la Sierra y sus alrededores: las comunidades de la amplias llanuras, las de los cursos de agua, las de las peñas calizas y, muy cerca, las de las altas cumbres ibéricas. Esto conciliaría la coexistencia en el registro fósil de especies típicas de hábitat de bosque, como los ciervos, jabalíes y gamos con otras de espacios abiertos como los megaceros y los caballos.

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