Atapuerca - Patrimonio de la humanidad

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Un paseo por la Historia de la Sierra de Atapuerca

Por Juan Luis Arsuaga

ATAPUERCA. Sierra de Atapuerca (Campo de Amapolas) Atapuerca es una isla en el océano del tiempo. Mires hacia donde mires, ves millones de años.

La roca caliza de la Sierra de Atapuerca se formó hace unos 90 millones de años en el fondo del mar durante la Era Secundaria o Mesozoico (la de los grandes reptiles), concretamente en el Periodo Cretácico.

En la siguiente era, el Cenozoico, se levantó la montaña por plegamiento de las calizas marinas. La comarca dejó entonces de ser un mar somero y se convirtió para siempre en tierra firme. Esto ocurrió hace unos 25 millones de años, aunque millones de años más tarde, ya emergida, la sierra sufriera nuevos impulsos hacia arriba que la levantaron un poco más. El Cenozoico, en el que aún nos encontramos, ha visto el gran despliegue de los mamíferos sobre la Tierra, incluido el Hombre, y el declive de los grandes reptiles, aunque todavía queden cocodrilos y aves, estas últimas descendientes directas de los dinosaurios del Mesozoico.

El pliegue que forma la sierra es un anticlinal, como se dice en Geología, de dirección nornoroeste-sursudeste en la parte de las cuevas con yacimientos. No está vertical, es decir, de pie, sino acostado hacia el nordeste, o sea, hacia los pueblos de Agés y Atapuerca.

El techo de la Sierra de Atapuerca, la Rasa como la llaman en la zona, es plano y no forma una crestería. La ausencia de picos se debe a la erosión, que arrasó la parte superior de la montaña y la niveló.

Vista Aerea de las Lagunas de Neila en la Sierra de la Demanda Si miramos más lejos, hacia el horizonte, vemos otras cosas que también tienen millones de años. Para empezar, la interminable llanura castellana, que es el resultado de la acumulación durante de millones de años de los sedimentos finos procedentes de las montañas que rodean la cuenca del Duero. La cercana Sierra de la Demanda, situada al este, en dirección a Logroño, es uno de sus bordes. El más alto de sus picos, el de San Millán, con 2.132 m, domina el paisaje desde la lejanía.

Durante la sedimentación no existía el río Duero, porque la meseta estaba entonces cerrada, como una gigantesca cubeta, y no tenía salida al océano. En su lugar había amplias superficies encharcadas y lagos someros donde también se formaban calizas, pero éstas continentales, de tierra adentro, no marinas como las de la sierra. En la zona de Atapuerca estas calizas, llamadas de los páramos, tienen unos diez millones de años, pero en otros lugares cercanos las hay más modernas, en posiciones más altas, con unos cinco millones de años (todas las cifras que se dan aquí están redondeadas para que sean más fáciles de recordar).

El Hombre llegó a Europa en el Pleistoceno, que es un tiempo geológico del que se hablará mucho en este libro porque los yacimientos más famosos de la sierra son pleistocenos. Empezó hace 1.800.000 años y terminó hace un 13.000 años. El último periodo, en el que vivimos ahora, se conoce como Holoceno.

En el Pleistoceno se produjeron grandes avances del hielo en el Hemisferio Norte, o glaciaciones, sobre todo en el último millón de años, en el que se registraron diez grandes enfriamientos. No sabemos todavía cómo afectaron a la Península Hispánica, que tiene una latitud más bien baja, pero desde luego la última glaciación se dejó notar en los ecosistemas y en la vida humana. En la sierra de la Demanda quedan intactos los moldes, las cajas de piedra vacías, de los glaciares que ocupaban los recuencos de sus cumbres al final del Pleistoceno. No eran grandes ríos de hielo, como las largas lenguas que se ven en los Alpes o en otras gigantescas cadenas montañosas, sino glaciares de circo, semejantes a los últimos que quedan en los Pirineos. De todos modos son testigos de que el frío también llegó hasta las inmediaciones de Atapuerca.

ATAPUERCA. Sierra de Atapuerca nevada Entre cada dos glaciaciones hay una fase menos fría, o interglacial. El Holoceno es la última; también hay yacimientos importantes en la Sierra de Atapuerca de esta etapa cálida final, en la que la agricultura y la ganadería llegaron a occidente.

Más o menos coincidiendo con el comienzo del Pleistoceno empezó a correr el Duero hacia el Atlántico, una vez que pudo abrirse camino, y al hacerlo fue excavando los valles por donde circula hoy el río y sus afluentes.

Tales valles tajan los sedimentos blandos que se fueron acumulando en el periodo anterior, el de cuenca cerrada, y que terminaban en las planas calizas de los páramos.

Todo eso, el resultado de la acción del tiempo, puede ser contemplado desde la sierra de Atapuerca. Esta pequeña montaña de techo raso está rodeada de tres ríos: el Arlanzón, que nace en la ya mencionada sierra de la Demanda y pasa por Ibeas, y sus afluentes el Pico y el Vena; este último discurre por Atapuerca, en la vertiente norte de la sierra del mismo nombre.

Aún cabe observar más cosas, más jirones de tiempo, si se estudia con atención el suelo. Porque en ocasiones es la dura caliza marina, otras veces es una tierra blancuzca y blanda, llamada marga, de origen lacustre, y en muchos lugares de las faldas de Atapuerca, sobre todo las que miran a Ibeas de Juarros, ponemos los pies sobre unos canturrales idénticos a la glera actual del río Arlanzón. Y es que se trata de los antiguos depósitos, colgados, del mismo río, que se fue encajando con el tiempo. Estas gravas dejadas por el agua cuando corría más alta que ahora se llaman terrazas y en ellas se encuentran instrumentos de piedra de las diferentes épocas de la Prehistoria local, es decir, desde que los primeros humanos llegaron.

Galería de las Estatuas (Cueva Mayor, Atapuerca) En la propia sierra la lluvia fue disolviendo la caliza y labrando galerías en su interior, que cada vez estaban más bajas conforme el río al que iban a parar las aguas excavaba su cauce y se hundía en la tierra. Esta red de cuevas, que formaban un karst, se abrían a lo que hoy son el gran valle del Arlanzón y la vaguada del Pico, su afluente por la derecha. En cuanto las grutas dejaron de estar inundadas permanentemente por el agua, sus salidas al exterior, o, dicho de otro modo, sus entradas desde la superficie, fueron ocupadas por los carnívoros y por los hombres. Así fue como se formaron los famosos yacimientos arqueológicos y paleontológicos de la sierra de Atapuerca, que en realidad son rellenos sedimentarios de boca de cueva.

Todas las cavernas de la sierra de Atapuerca estaban conectadas, o sea, formaban parte de una misma red kárstica, aunque no estén comunicadas en la actualidad. Pero se pueden estudiar desde la superficie, con métodos de prospección geofísica, y averiguar por dónde van las galerías y cómo se cruzan.

Dado que el nivel del agua que formó las galerías fue descendiendo con el tiempo, tenemos una superposición de tres pisos en el sistema kárstico de Atapuerca.

El piso más alto es el de la Cueva Mayor, la principal de las entradas de la red. En su boca hay un yacimiento conocido con el nombre de Portalón. Como el acceso no se ha cegado y se puede entrar, hay en él testimonios de ocupaciones humanas recientes, holocenas, del Neolítico, Calcolítico o Eneolítico, Edad del Bronce, de la Protohistoria e incluso de épocas históricas, capas todas ellas superpuestas a las más antiguas del Mesolítico y del Paleolítico, en los niveles más profundos. Del Portalón sale una galería llamada del Sílex, que contiene importantes grabados y pinturas neolíticas y de la Edad del Bronce. En el extremo más al sur y más al este de la Sierra de Atapuerca, la Cueva del Mirador registra ocupaciones humanas contemporáneas de las de la Cueva Mayor.

Atapuerca foto. Vista aerea de la Trinchera del Ferrocarril en la Sierra de Atapuerca Hacia 1.900 se construyó un ferrocarril minero con la intención de transportar carbón y hierro desde la no muy lejana población de Monterrubio de la Demanda (en la sierra de tal nombre) a la estación de Villafría en Burgos. En un punto de su recorrido describe una amplia curva, un semicírculo, que se adentra en la sierra de Atapuerca y corta las calizas marinas.

Por este motivo, fortuitamente, quedaron al descubierto una serie de galerías de cueva que habían pasado desapercibidas, porque sus bocas estaban colmatadas y cubiertas de vegetación. Entres estas cavidades se encuentran tres yacimientos importantes que pertenecen al sector conocido como de la Trinchera del Ferrocarril: la Sima del Elefante, la Galería (que se continúa con la Cueva de los Zarpazos) y la Gran Dolina. Por su cota pertenecen al piso intermedio del complejo de cavidades de la sierra de Atapuerca. Todas ellas fueron entradas utilizadas por los humanos en un lejano día pero que se rellenaron por completo hace muchísimo tiempo, más de 100.000 años, y ya no pudieron ser ocupadas más.

ATAPUERCA foto. La Trinchera del Ferrocarril (Atapuerca).
Archivo Atapuerca Finalmente, hay un nivel más bajo al que pertenecen la misteriosa Sima de los Huesos, en las profundidades de la Cueva Mayor, y la Cueva del Silo, que está conectada con la anterior.

La sierra de Atapuerca es famosa en todo el mundo, y bien merece serlo, por sus fósiles humanos, que proceden sobre todo de los yacimientos de la Gran Dolina y de la Sima de los Huesos.

Los carnívoros que usaron las cuevas de Atapuerca dejaron sus propios restos allí, cuando les llegó su hora, y también los de sus presas, los animales comedores de plantas: los herbívoros. Los humanos hicieron lo mismo, abandonando además las piedras que confeccionaron y los restos de la talla. Hay sin embargo un caso en Atapuerca, el de la Sima de los Huesos, que se sale de esta regla, que es la común en los yacimientos kársticos europeos; no hay en la Sima herbívoros y tan solo se ha encontrado un instrumento de piedra, porque aquel no era un lugar en el que los humanos o los carnívoros hicieran su cubil o su campamento. A lo largo de las páginas de este libro conoceremos muy bien todos esos yacimientos subterráneos de la sierra de Atapuerca, y al hacerlo recorreremos más de un millón de años.

Pero antes de entrar en ese mundo merece la pena que echemos un vistazo, aunque sea rápido, a los seres que pueblan hoy la sierra, aparte de los humanos. Será más fácil, de ese modo, imaginar los antiguos paisajes y a sus moradores.

En la roca de la sierra y sus alrededores, el relieve, la geografía, crea diferentes biotopos. En cada uno de ellos se da una vegetación diferente y los animales cambian más o menos. En otras palabras, al andar por los caminos de Atapuerca nos vamos encontrando con diferentes comunidades de seres vivos, o ecosistemas si les añadimos el medio físico. No están totalmente aislados unos de otras, pero son pequeños mundos hasta cierto punto independientes. El territorio es la superficie sobre la que se desarrolla la vida, la piel de la tierra, y cuanto más se pliega esa cubierta más espacios se abren para la diversidad. En el pasado prehistórico también existían muchos biotopos y los cazadores y recolectores encontrarían en esa variedad de paisajes abundantes presas que cazar y muchas plantas que comer.

Un biotopo, naturalmente, es el río, o mejor los ríos que bordean la sierra. Pero el Arlanzón es el principal y el Pico y el Vena le rinden sus aguas. Tiene el Arlanzón buen caudal en Ibeas de Juarros y en sus avenidas, cuando se desborda, deposita abundantes cantos. Sobre ellos crecen las plantas del soto y los árboles de la ribera, que forman un bosque de galería. Hay juncos, carrizos, espadañas, sauces, álamos, fresnos y olmos. Conviven cangrejos, truchas y nutrias en sus aguas, que sobrevuela el martín pescador. En el pueblo de Atapuerca se está recuperando un importante humedal, con lo que se añade un nuevo biotopo a la lista.

ATAPUERCA. Brazalete de Oro encontrado en Cueva Mayor (Atapuerca) Sabemos por los fósiles de los yacimientos de las grutas de Atapuerca que en el pasado, hasta hace bien poco, hubo castores; se han encontrado sus restos entre materiales de la Edad del Bronce en el Portalón de la Cueva Mayor. Pero hace cientos de miles de años también había hipopótamos, aunque parezca increíble.

Sobre los cantos rodados de las antiguas avenidas del Arlanzón, hoy bastante por encima de su cauce, crecían los bosques de robles melojos o rebollos. Todavía se conservan buenas manchas a un lado y otro de la carretera de Burgos a Logroño. Más arriba del pueblo de Ibeas de Juarros, camino de los yacimientos, hay una dehesa llamada los Corrales, con ejemplares muy añados y corpulentos.

Las margas que van desde los robles hasta la caliza de la sierra están cultivadas, como también una gran parte de las terrazas fluviales, desde época muy antigua, desde que llegaron los primeros agricultores neolíticos. En las cebadas y trigos se ven y se escuchan codornices y perdices, y a ras de las mieses se deslizan silenciosos y cautos los aguiluchos, mientras hacen quiebros las liebres. En otro tiempo pastaron las dehesas y praderas los mamuts, los rinocerontes, los caballos, los uros, los bisontes y diferentes tipos de ciervos. Sus enemigos eran los osos, los lobos, sus parientes los cuones, los linces, los tigres de dientes de sable y los jaguares, a los que sustituyeron en su día los leones y leopardos; y por supuesto, también temerían, y mucho, a los grupos de merodeadores humanos de las diferentes especies (cuatro al menos) que ha conocido la sierra de Atapuerca desde que llegaron los primeros pobladores hasta hoy.

Atapuerca foto.Sierra de Atapuerca La sierra de Atapuerca está cubierta de encinas y de quejigos en las umbrías de las vaguadas; el matorral más visible es la aulaga, que se cuaja de flores amarillas en primavera. Es el reino del corzo, del jabalí, del zorro, la garduña y el gato montés. Ya no se ven cabras en el roquedo, pero las hubo.

Todo este maravilloso patrimonio natural, histórico y científico no alcanzó nombradía hasta el año 1976, cuando Trinidad Torres, un estudioso de los osos fósiles, y los miembros del Grupo de Espeleología Edelweiss que colaboraban con él, encontraron una mandíbula y otros restos humanos fósiles en la Sima de los Huesos. Torres puso el material en manos del profesor Emiliano Aguirre, su director de tesis, quien organizó un proyecto científico que desde 1991 dirigen sus discípulos Juan Luis Arsuaga, Eudald Carbonell y José María Bermúdez de Castro.

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